2014.12.28- Sagrada Familia

Homilía en la Fiesta de la Sagrada Familia

Jornada de la Familia y la Vida
Basílica del Lledó, Castellón – 28 de diciembre de 2014

(Si 3,2-6.12.14; Sal 127; Col 3,12-21; Lc 2.41-52)

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¡Amados todos en el Señor!

 

  1. Prontos a la llamada de la Madre hemos acudido a su Santuario para clausurar este II Año Mariano de Lledó en la Fiesta de la Sagrada Familia de Nazaret, en la Jornada de la familia. A lo largo de este año de gracia, que ahora toca a su fin, hemos sentido más cerca, si cabe, la presencia y la protección de María entre nosotros. Por su intercesión hemos recibido innumerables gracias, fruto de la bondad divina. Hoy queremos dar gracias a Dios por tantos dones recibidos a lo largo de este Año Mariano: sea en la Basílica o en nuestras casas, sea en la peregrinación de la Mare de Déu por las parroquias de la ciudad o en los días de su presencia en la Concatedral hemos experimentado una y otra vez la misericordia de Dios y la ternura de la Mare de Déu. Dios mismo ha venido a nuestro encuentro de manos de María; ella vela por nosotros; ella nos ama con verdadero amor de Madre, ella nos da y nos lleva a su Hijo: la suprema manifestación del Amor de Dios. Cada uno de nosotros, nuestros matrimonios y nuestras familias, nuestras parroquias y nuestra ciudad entera estamos en su corazón.

 

  1. Hoy, domingo dentro de la octava de Navidad, celebramos con toda la Iglesia la Fiesta de la Sagrada Familia. La Navidad es no es solo la Fiesta de Dios que se hace hombre. Es también la fiesta de la familia. Porque es el seno de una familia, la Sagrada Familia, donde es acogido con gozo, nace y crece el Hijo de Dios, hecho hombre. Por ello, también la Iglesia en España celebra la Jornada por la familia.

 

La Iglesia nos presenta hoy como modelo a la Sagrada Familia de Nazaret. Una familia integrada por José, María y Jesús. Un padre carpintero, que inició al  hijo en las artes de su oficio para servir a la comunidad. Una madre generosa, capaz de guardar en el corazón los tesoros silenciosos de su experiencia de vida. Un hijo que crecía en amor y sabiduría delante de los ojos de Dios y de todos los hombres, escuchando a sus padres y siguiendo las tradiciones de su pueblo.

 

En el Evangelio de este día (Lc 2,22-40) hemos contemplado a María y José que acu­den al templo para cumplir con el mandato de presentar al Niño a Dios y ofrecer un rescate por él. Este dato nos invita a comprender que toda familia ha de vivir siempre anclada en Dios y referenciada a Dios. Cada vez que contemplamos a la Sagrada Familia encontramos esa obediencia pronta a la voluntad de Dios; nunca hay excusas para retrasar el cumplimiento de cualquier llamada de Dios. Jesús, María y José vivieron la aventura humana de la familia teniendo a Dios en el centro.

 

La Familia Sagrada es un hogar en que cada uno de sus integrantes vive la propia vocación recibida de Dios: José la de esposo y padre, Maria la de esposa y madre y Jesús la de hijo. En este hogar, Jesús es acogido con gratitud y alegría; en este hogar, Jesús aprende a prepararse para la misión que el Padre le ha confiado; en este hogar Jesús se desarrolla humana y espiritualmente, crece en estatura, sabiduría y gracia. La Sagrada Familia es una escuela de amor, de acogida, de respeto, de diálogo y de comprensión mutuos, es una escuela de oración. Un modelo donde todos los cristianos podemos encontrar un ejemplo: es posible vivir de acuerdo con la voluntad de Dios, acogiendo y siguiendo la propia vocación recibida, porque Dios lo ama y bendice.

 

La familia de Nazaret es dichosa porque ha puesto a Dios en el centro. “Dichosos los que temen al Señor y siguen sus caminos” (Sal 127). Poner a Dios en el centro de la familia, nunca va en detrimento de la misma ni de sus componentes. Cuanto más abrimos nuestro corazón a Dios-Amor, más y mejor amamos y podemos amar a nuestros seres queridos; más fuerte se hace el amor y la unión entre los esposos, más verdadero y fuerte es el amor de los padres a los hijos y de los hijos a los padres. Dios siempre bendice a la familia y quiere que los hijos se adentren en su amor a través de ella.

 

Para Pablo el amor que ha de darse en la familia es un amor recíproco, entregado, respetuoso, e incluye necesariamente el perdón: “Sobrellevaos mutuamente y perdonaos” (Col 3, 13). Este amor es el vínculo que mantiene unido a los esposos y a la familia más allá de todas las tensiones y dificultades, en la salud y en la enfermedad, en las alegría y en las penas; este amor busca siempre el bien del otro, este amor es el antídoto de todo falso amor, de los egoísmos, del aislamiento, de la soledad; este amor es fuente alegría para todos y el verdadero alimento de la familia, de los esposos y de los hijos; este amor preserva a la familia de la desintegración.

 

  1. En Navidad, el Hijo de Dios, hecho hombre, nos muestra a Dios y su rostro amoroso; y, a la vez, nos muestra al hombre, su verdadero rostro, nuestro verdadero origen y destino, según el proyecto de Dios. En Jesús queda renovada la creación entera; el ser humano, hombre y la mujer, y todas las dimensiones de la vida humana han sido desveladas e iluminadas en su sentido más profundo por el Hijo de Dios, y, a la vez, han quedado sanadas y elevadas. En el Hijo de Dios han adquirido también su verdadero sentido el matrimonio y la familia, y el valor inalienable toda vida humana, que es don y criatura de Dios, llamada a participar sin fin de su amor.

 

Dios no quita nada al hombre sino que se lo da todo, nos ha dicho Benedicto XVI. En nuestra sociedad posmoderna, secularizada y con problemas de identidad, las encuestas siguen señalando que la institución más valorada por los jóvenes es la familia. Sin embargo, la familia se enfrenta a múltiples peligros y amenazas. Desde su inte­rior, se hace evidente la dificultad de muchos esposos para crecer juntos en el camino que emprendieron en el matrimonio; dificultad para crecer en el amor y en la fidelidad; dificultad para que su amor conyugal esté siempre abierto a una nueva vida; desde el exterior, existen presiones cultura­les y sociales, así como leyes que ponen a prueba su identidad matrimonial y familiar.

 

Fiel al Evangelio del matrimonio y de la familia, la Iglesia proclama que la familia se funda, según el querer de Dios, sobre la unión indisoluble entre un hombre y una mujer, quienes, en su mutua entrega, se abren responsablemente a la fecundidad y asumen la tarea de educar a los hijos que les son dados. Aunque para muchos esto no sea así, nosotros debemos profundizar en esa insti­tución establecida y santificada por Dios. Para quien se abre a Dios y a su gracia, es posible vivir el Evangelio del matrimonio y de la familia. Como nos dijo Benedicto XVI, “la revelación bíblica es ante todo expresión de una historia de amor, la historia de la alianza de Dios con los hombres: por este motivo, la historia del amor y de la unión de un hombre y de una mujer en la alianza del matrimonio ha podido ser asumida por Dios como símbolo de la historia de la salvación”.

 

La familia, basada en el matrimonio entre un hombre y una mujer, sigue siendo insustituible para el verdadero desarrollo de los esposos y de los hijos, para la vertebración de la sociedad y para el futuro de la humanidad. Cuando el matrimonio y la familia entran en crisis, es la misma sociedad la que enferma. Los matrimonios y las familias cristianas podéis ofrecer un ejemplo convincente de que es posible vivir un matrimonio de manera plenamente conforme con el proyecto de Dios y las verdaderas exigencias de los cónyuges y de los hijos. Éste es el mejor modo de anunciar la Buena nueva del matrimonio y de la familia.

 

  1. María y José acogieron con gratitud y gozo al Hijo de Dios, donde Dios y fruto de la concepción virginal de María por obra de Espíritu Santo. Como ellos, nosotros hemos de acoger con alegría el don de toda nueva vida. Ante la llamada “cultura de la muerte”, que cuestiona la buena nueva de toda vida humana, hemos de proclamar con fuerza la cultura de la vida, en la que cada ser humano desde su concepción hasta su ocaso natural posee una dignidad inalienable por ser criatura de Dios; ningún humano es dueño de la vida humana concebida, como tampoco lo es de una vida humana debilitada por la edad o por la enfermedad. Todo ser humano es un don de Dios que ha de ser acogido, respetado y defendido por todos. Hoy, 28 de diciembre, fiesta de los niños inocentes, recordamos a tantos y tantos “niños asesinados antes de nacer”, como nos ha dicho recientemente el Papa Francisco y tantos ancianos descartados porque no son ‘útiles’ a esta sociedad mercantilista.

 

Ante la realidad del número creciente de abortos, ante la inacción interesada de los legisladores, ante la propaganda de la eutanasia activa y ante los innumerables embriones matados en aras de la ciencia, los católicos no podemos mirar hacia otro lado. No podemos callar. Es urgente nuestro compromiso efectivo en la promoción y la defensa de toda vida humana, en la acogida y en el respeto de la vida de cada ser humano: esta es la base de una sociedad verdaderamente humana y de un progreso verdaderamente humano. No se trata de imponer una perspectiva de fe, sino de defender los valores propios e inalienables de todo ser humano. Este compromiso ha de ser personal, de nuestras familias, de nuestras comunidades, de toda nuestra Iglesia diocesana. Hay que despertar para ponerse manos a la obra con renovada intensidad y esperanza.

 

Nos urge formar a nuestros niños y adolescentes, sobre todo y en primer lugar en la familia, en una cultura del verdadero amor humano, de la sexualidad y del don de toda vida humana, del matrimonio y de la familia. Nos urge ofrecer a los jóvenes la belleza y la alegría del Evangelio del matrimonio, de la familia y de la vida, para que no tengan miedo a unirse en matrimonio, de fundar una familia y de estar siempre abiertos a la vida. De lo contrario, nuestros niños y nuestros jóvenes quedarán indefensos ante los slogans, que reducen la sexualidad a genitalidad y promueven la anticoncepción y el aborto, o a la tentación de unir sus vidas sin matrimonio.

 

Todos necesitamos además una seria formación en la doctrina moral de la Iglesia para formar rectamente nuestra conciencia. La doctrina moral de la Iglesia no ha pasado de moda. La Iglesia es y sigue siendo experta en humanidad también en el ámbito del amor, de la sexualidad y de la vida, aunque tenga que nadar contra corriente. La situación nos urge, a todos y especialmente a los pastores, a exponer con total integridad la alegría del Evangelio de la familia, del matrimonio y de la vida.

 

  1. La Fiesta de la Sagrada Familia nos urge a los cristianos a acoger, vivir y proclamar la verdad y la belleza de la familia, según el plan de Dios. Esta buena Noticia hemos de vivirla y proponerla sin miedos ni complejos en un contexto social, político y legislativo contrario al matrimonio, a la familia y a la vida humana. Pidamos que la familia, célula básica de la sociedad, tenga el respeto y el apoyo económico, social, político y mediático que en justicia se merece, en especial en las políticas de vivienda, de conciliación entre vida laboral y familiar, o de educación.

 

Acojamos, vivamos y anunciemos esta Buena nueva. A la protección de la Sagrada Familia a los pies de la Mare de Déu de Lledó encomendamos a nuestros matrimonios, a nuestras familias y a toda vida humana. Que Ella proteja a los concebidos no nacidos para que puedan ver la luz de este mundo, que proteja a los niños para que sean educados en el amor verdadero, que proteja a los jóvenes y no tengan miedo a fundar una familia, basada en el matrimonio, y que proteja a nuestros matrimonios para que vivan la alegría del Evangelio de la familia. Que la Mare de Déu nos bendiga a todos hoy y siempre. Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

 

 

2014.11.01 - Solemnidad de todos los santos

Homilía en la Solemnidad de Todos los Santos

Cementerios de Segorbe y de Castellón, 1 de noviembre de 2014

(Ap 7,2-4.9-14; Sal 23; 1 Jn 3,1-3;Mt 5, 1-12a)

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Amados todos en el Señor Jesús

  1. La solemnidad de Todos los Santos, en el día de hoy, y la conmemoración de Todos los Fieles difuntos mañana suscitan cada año en nosotros, cristianos católicos, un clima de alegría y de gratitud, y de recuerdo y de oración. Unidos por el Señor en torno a su altar, entonamos un canto de gozosa acción de gracias por todos los santos y, a la vez, recordamos con nuestra oración, llena de esperanza, a familiares y amigos que ya han concluido su peregrinaje terrenal.
  2. Hoy recordamos ante todo y en primer lugar a todos los santos. Con el autor del Apocalipsis cantamos: “La alabanza y la gloria, la sabiduría y la acción de gracias, el honor y el poder y la fuerza son de nuestro Señor, por los siglos de los siglos” (Ap 7, 12). Unidos a todos los santos, que celebran ya la liturgia celestial, cantamos la acción de gracias a nuestro Dios por las maravillas que ha realizado en la historia de la salvación.

 

Alabanza y acción de gracias sean dadas a Dios por haber suscitado en la Iglesia una multitud inmensa de santos, una multitud que nadie puede contar (cf. Ap 7, 9). Impresiona escuchar en este día la frase del Apocalipsis: “Y ví una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas…”. Esta inmensa muchedumbre son los santos; santos desconocidos en su mayoría, santos de todas las razas, de todos los países y pueblos, de todos los tiempos. Los santos conocidos, y también los santos anónimos, a quienes sólo Dios conoce. Son las madres y los padres de familia que han vivido con fidelidad mutua y amor entregado su matrimonio, que han acogido las nuevas vidas que Dios les ha ido dando, que han criado con esfuerzo a sus hijos y los han educado con su dedicación diaria, y que han contribuido eficazmente al crecimiento de la Iglesia y al bien de la sociedad; son los trabajadores, profesionales, autónomos y empresarios que con su esfuerzo diario, su profesionalidad y su honradez han contribuido a la construcción de una sociedad más justa; son los periodistas defensores de la dignidad humana, amantes de la verdad y transmisores de la realidad sin manipulación; son los políticos entregados al servicio del bien común y la dignidad de todo ser humano, sumisos a su propia conciencia, insobornados e insobornables; son los sacerdotes, religiosos y laicos que, como velas encendidas ante el altar del Señor, se han consumido en el servicio al prójimo necesitado de ayuda material y espiritual; misioneros y misioneras, que lo han dejado todo por llevar el anuncio del Evangelio a todo el mundo. Y la lista podría continuar.

3. Toda la liturgia de hoy habla de santidad. Los santos nos recuerdan que la fuerza del Espíritu Santo, el Espíritu del Señor Resucitado, actúa en todas partes; es una semilla de vida, de verdad, de justicia, de amor y de paz, capaz de arraigar en todas partes, que no necesita especiales condiciones de raza, de cultura o de clase social. Por eso esta fiesta es una fiesta de gozo para la que no necesitamos las máscaras que veíamos estos días, evocadoras de un mundo pagano, de un mundo sin Dios: el Espíritu de Jesús ha dado, da y seguirá dando fruto, y lo hará en todas partes.

 

Todos esos hombres y mujeres de todo tiempo y lugar tienen algo en común. Todos ellos “han lavado y blanqueado sus mantos en la sangre del Cordero” (Ao 7,14). Todos ellos han sido pobres de espíritu, hambrientos y sedientos de justicia, limpios de corazón, amantes de la verdad y trabajadores de la paz, hombres y mujeres de Dios. Porque hoy no celebramos una fiesta superficial, que nos evada de la realidad por unas horas, a que nos quiere empujar la propaganda difusora de esa costumbre pagana celta; hoy celebramos la victoria alcanzada por tantos hombres y mujeres en el seguimiento de Jesús por el camino de las Bienaventuranzas. A todos les une la búsqueda y la lucha por una vida más fiel y entregada a Dios, y una vida más dedicada al servicio de los hermanos y del mundo nuevo que Dios quiere. Hoy celebramos a hombres y mujeres concretos; no son fantasmas como los de la fiesta pagana celta que se nos quiere imponer; hombres y mujeres de todo tiempo y lugar que viven ya con Dios, porque han luchado esforzadamente en el camino del amor, que es el camino de Dios.

 

Con frecuencia pensamos que la santidad es una heroicidad propia sólo de algunos pocos. A ella estamos llamados todos. La santidad la unión con Dios por el seguimiento fiel y esforzado de Jesucristo; y esto vale también para nosotros: todo cristiano esta llamado e invitado a la santidad. Es algo exigente, sin duda, pero es posible y algo que merece la pena. Es algo para cristianos que toman en serio su condición de bautizados, de Hijos de Dios, de discípulos del Señor y de miembros de la Iglesia; y esto no es algo superficial, ni puntual ni se limita a ir tirando. Como cristianos cada uno de nosotros estamos llamados a la santidad, al seguimiento de Cristo.

 

  1. Para saber cuál es el camino de este seguimiento, el camino de la santidad, debemos subir con los Apóstoles al monte de las Bienaventuranzas, acercarnos a Jesús y ponernos a la escucha de las palabras de vida que salen de sus labios. También Él hoy nos dice: Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos. El Maestro proclama bienaventurados y, podríamos decir, “canoniza” ante todo a los pobres de espíritu, es decir, a quienes tienen el corazón libre de todo aquello que no da espacio a Dios, a quienes, así, están dispuestos a acoger a Dios en su vida y a cumplir en todo su voluntad. La adhesión total y confiada a Dios supone desprenderse de todo aquello a lo que está apegado nuestro corazón y que no da cabida a Dios, incluido el apego a sí mismo.

 

Los santos se tomaron en serio estas palabras de Jesús. Creyeron que su felicidad vendría de traducirlas y vivirlas en el día a día de su existencia. Y comprobaron su verdad en la confrontación diaria: a pesar de las pruebas, de las sombras y de los fracasos gozaron ya en la tierra de la alegría profunda de la comunión con Cristo. En Él descubrieron, presente en el tiempo, el germen inicial de la gloria futura del Reino de Dios.

5. En esta Eucaristía recordamos de forma anticipada también a nuestros familiares y amigos difuntos. Les recordamos con cariño y con dolor, pero ante todo con la esperanza del reencuentro y de la futura resurrección. Dios Padre, “por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva” (1 Pt, 3). Sostenidos por estas palabras del apóstol san Pedro recordemos con esperanza a nuestros difuntos. Ellos han vivido ya su jornada terrena; y ahora duermen el sueño de la paz en espera de la resurrección final.

 

Sobre el muro de sombra de la muerte, nuestra fe proyecta la luz resplandeciente del Resucitado, primicia de los que han pasado a través de la fragilidad de la condición humana y ahora participan en Dios del don de la vida sin fin. Cristo, mediante la Cruz, ha dado un significado nuevo también a la muerte. En Cristo, la muerte se ha convertido en un sublime gesto de amor obediente al Padre y en supremo testimonio de amor solidario a los hombres. Por eso, considerada a la luz del misterio pascual, también la salida de la existencia humana ya no es una condena sin apelación, sino el paso a la vida plena y definitiva, a la perfecta comunión con Dios.

 

La Palabra de Dios abre nuestro corazón a una “esperanza viva”: ante la disolución de la escena de este mundo, promete una “herencia incorruptible, pura e imperecedera”. Reunidos en torno al altar, dirigimos nuestro pensamiento a nuestros hermanos que han vuelto a la casa del Padre. “Venid a mí todos. (…) Cargad con mi yugo y aprended de mí; (…) y encontraréis vuestro descanso” (Mt 11, 28-29). Estas palabras de Jesús a sus discípulos nos sostienen y confortan al conmemorar a nuestros queridos difuntos. Aunque nos sintamos apenados por su muerte, nos consuelan las palabras de Cristo, que nos dice: “Que no tiemble vuestro corazón: creed en Dios y creed también en mí” (Jn 14, 1). El corazón humano, siempre inquieto hasta que encuentra un puerto seguro en su peregrinación, halla aquí finalmente la roca firme donde detenerse y descansar. Quien se fía de Jesús, pone su confianza en Dios mismo.

 

Pese al dolor dejemos que nuestro corazón se ensanche con el asombro de la esperanza, a la que estamos llamados. El apóstol san Juan, en su primera carta, la expresa comunicándonos la certeza de haber llegado a ser hijos de Dios y, al mismo tiempo, la esperanza de la manifestación plena de esta realidad: “Ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. (…) Cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es” (1 Jn 3, 2).

  1. Invocamos la intercesión de la bienaventurada Virgen María, para que los acoja en la casa del Padre, con la esperanza confiada de poder unirnos a ellos un día para gozar la plenitud de la vida y de la paz. Amén.

 

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

2014.10.12 - Ordenación de un presbítero y siete diáconos

Homilía en la ordenación de un presbítero y siete diáconos

S.I. CATEDRAL-BASÍLICA DE SEGORBE, 12 de octubre de 2014

(1 Cr 15,3-4. 15-16, 16,1-2; Sal 26, 1-5: Hech 1,12-16; Lc 11, 27-28)

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Queridos hermanos en el sacerdocio, diácono asistente y seminaristas.

Queridos Cabildos Catedral y Concatedral, Vicarios y Rectores.
Queridos Alipio, Fran, Pedro, Alex, Samuel, Andrea, Isaac y Manuel.
Hermanas y hermanos amados todos en el Señor,

 

Acción de gracias y oración

  1. Festejad a Jerusalén, gozad con ella todos los que la amáis, alegraos de su alegría, porque la mano del Señor se nos ha manifestado en su Hijo Jesucristo. Hoy se manifiesta de manera especialmente grande en la ordenación de este nuevo sacerdote y de estos siete nuevos diáconos. Maestro en parábolas, Jesús contempla la humanidad como un inmenso sembradío de Gracia. La mies es abundante e ilimitada la disponibilidad del mundo al Evangelio; pero el terreno está yermo en gran parte por ser tan pocos los que se dan al trabajo de colaborar decididamente con Cristo en la salvación de los hombres. Jesús nos dice ante este mundo que él contempla: Rogad al Señor de la mies… La ordenación de presbítero y diáconos, que el Señor nos concede, nos llena de consuelo porque a la llamada permanente del Señor estos ocho jóvenes le han dicho: “Aquí estoy”. Pero siguen faltando vocaciones a continuar con la misión apostólica; su escasez, ¿no podría acusar una falta de fe o una crisis de oración? A los jóvenes aquí presentes os digo: no tengáis miedo de responder también vosotros: “Aquí estoy”. ¿Qué mejor y mayor servicio se puede hacer en favor de los hombres que entregarles a Jesucristo?

 

Por vuestro sí al Señor, os saludo de corazón especialmente a vosotros, queridos ordenandos. Hoy estáis en el centro de la atención de esta porción del pueblo de Dios, que es nuestra Diócesis: un pueblo que está representado aquí por cuantos hoy llenamos esta Catedral para participar en vuestra ordenación. Os acompañamos con nuestra oración y con nuestros cantos, con nuestro afecto sincero y con nuestra alegría humana y espiritual. Ocupan un lugar especial vuestros padres y familiares, vuestros amigos y compañeros, vuestros formadores y profesores del seminario y las comunidades parroquiales de las que procedéis y las comunidades neocatumenales con las que camináis, a quienes saludo con especial afecto. Saludo en particular a la parroquia de Ntra. Sra. del Niño Perdido de Alquerías que te ha acompañado a ti, Alipio, en la última etapa de tu camino, y a la que tú mismo has servido pastoralmente como diácono. No olvidamos la singular cercanía en espíritu de numerosas personas, humildes y sencillas pero grandes ante Dios, como son las monjas de clausura y los enfermos, que oran y ofrecen su sufrimiento por vosotros.

 

Nuestra Iglesia diocesana no cesa de dar gracias a Dios por el don de vuestra ordenación; esta tarde reza especialmente por vosotros, reunida en oración en torno a Maria, como los Apóstoles en el Cenáculo a la espera del Espíritu Santo (cfr. Hech 1,12-16). Dios y nuestra Iglesia confían en vosotros y espera de vuestro ministerio presbiteral y diaconal frutos abundantes de santidad y de buenas obras. Sí: Dios os llama a través de su Iglesia y cuenta con vosotros. La Iglesia os necesita a cada uno; somos conscientes del gran don que Dios os ofrece y, al mismo tiempo, de la imperiosa necesidad de que abráis vuestro corazón a Dios y os encontréis con Cristo para recibir de Él la gracia de la ordenación, que es fuente de libertad, felicidad y alegría. Todos nos sentimos invitados a la oración y a entrar en el ‘misterio’ de vuestra ordenación, en el acontecimiento de gracia que se realiza en vuestro corazón con la ordenación, dejándonos iluminar por la Palabra de Dios que ha sido proclamada.

 

Consagrados en signos de Cristo Siervo y Pastor.

  1. La primera lectura centra nuestra atención en el Arca de la Alianza. En el Antiguo Testamento, el Arca de la Alianza era el lugar por excelencia de la presencia de Dios en medio del pueblo de Israel en su peregrinar por el desierto (1 Cr 15,3-4.16; 16,1-2). En la Fiesta de Nuestra Señora del Pilar, que hoy celebramos, la Iglesia lo aplica a María: ella es el Arca de la Nueva Alianza por ser la Madre de Dios; ella llevó en su seno al mismo Dios; ella es así y para siempre signo elocuente de la presencia de Dios en nuestro mundo. María, el Arca de la nueva Alianza, nos da a Dios, ella nos ofrece a Cristo, el Hijo de Dios, la Palabra de Dios, hecha carne, el Salvador del mundo, la Buena Noticia de Dios para la humanidad, para cada persona, en especial para los más pobres y desfavorecidos.

 

También vuestra ordenación, queridos ordenandos, tiene mucho que ver con el Arca de la Nueva Alianza. Habéis sido elegidos y vais a ser ordenados y enviados para ser presencia de Cristo en la Iglesia y en el mundo. Mediante la imposición de mis manos y la oración consagratoria, el Señor resucitado, presente en medio de nosotros, derramará sobre  vosotros su Espíritu Santo y os consagrará diáconos y presbítero. Los diáconos quedaréis consagrados para ser en la Iglesia y en el mundo, signo e instrumento de Cristo, siervo, que no vino “para ser servido sino para servir”. Esta impronta del diaconado perdurará para siempre en vosotros incluso cuando recibáis un grado superior del Orden, como esta tarde nuestro hermano Alipio. Habréis de ser por ello con vuestra palabra y con vuestra vida signo nítido de Cristo Siervo, obediente hasta la muerte y muerte de Cruz para la salvación de todos. Todas las funciones del diácono se sintetizan en una palabra: “servicio”; servicio en “el ministerio de la liturgia, de la palabra y de la caridad” (LG 29). Seréis en todo momento servidores de Cristo Jesús, de su Iglesia y todos los hombres, para que todos puedan encontrar en Cristo el amor misericordioso de Dios para participar de su misma vida.  Nuestro hermano Alipio, por su parte, será consagrado presbítero para ser pastor en nombre de Jesucristo, Cabeza, Siervo y buen Pastor de su Iglesia. Mediante el gesto sacramental de la imposición de las manos y la plegaria de consagración, quedará transformado y convertido en ‘otro Cristo’. Vuestras personas mismas, queridos ordenandos, serán así como un Arca de la nueva Alianza. Por el don de la ordenación, Cristo Jesús os ‘atrae’ del tal modo hacía sí que todo vuestro ser será suyo, y vuestros labios y vuestras manos serán los suyos. Vuestra persona será prolongación de su presencia, de su misericordia y de su gracia entre los hombres.

 

No lo olvidéis nunca: Vuestra ordenación es un gran don y un gran misterio. Ante todo es un don de la benevolencia divina para vosotros, fruto del amor que Dios os tiene. La grandeza del don quizá os pudiera hacer dudar, si os fijaseis sólo en vuestras fuerzas limitadas, en vuestras muchas debilidades para seguir fielmente al Señor o en las dificultades del momento actual para la evangelización. Pero, bien sabéis, que el amor, la fidelidad y la fuerza del Señor os acompañarán siempre. Recordad siempre las palabras del salmo: “El Señor es mi luz y mis salvación, ¿a quién temeré?. El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar?” (Sal 26,1 ). Vuestra ordenación es también misterio, porque toda vocación está relacionada con los designios inescrutables de Dios y con las profundidades de la conciencia y de la libertad humanas. Recibís esta gracia no para provecho y en beneficio propio, no para vuestro honor y prestigio, sino para ser servidores de Dios, de la Iglesia y de los hermanos.

 

Necesidad de la identificación espiritual y existencial con Cristo

  1. Identificados con Cristo por el diaconado o el presbiterado, identificaos también existencialmente con Él; vivid siempre unidos espiritualmente a Él. No diga­mos que esto no es posible. Esto es precisamente lo que han vi­vido y realizado los auténticos y ge­nuinos diáconos y sacerdotes del Señor. Miles de diáconos y sacerdotes anónimos, sin relieve so­cial, ‘escondidos con Cristo en Dios’ (San Pablo), han santificado su vida y su existencia con el desempeño fiel y entregado de su ministerio, configurados e identificados espiritualmente con Cristo, Siervo y Buen Pastor.

 

Sed servidores y estad siempre en actitud de servicio; esta es una de las características que nuestra Iglesia y nuestro mundo piden y esperan de los diáconos y de los sacerdotes, que en su día también fueron ordenados diáconos para siempre. Para mantener viva esta actitud, los diáconos y los sacerdotes hemos de ser discípulos enamorados del Señor y misioneros ardorosos, de manera especial, para con los más débiles y necesitados. Es algo que debemos cuidar y aprender a vivir día a día con sumo esmero todos los ordenados un día de diáconos. Nuestro Pueblo de Dios siente necesidad de diáconos y pastores, que sean discípulos configurados con el corazón de Cristo, Siervo y Buen Pastor. El principal trabajo de los pastores será, en efecto, servir al rebaño que se nos confía y cuidar de él para hacer comunidades de discípulos misioneros de Cristo y salir en busca de los alejados; nuestro tiempo pide de nosotros que seamos servidores de la vida, que estemos atentos a las necesidades de los más pobres y que seamos promotores de una cultura del encuentro, de la reconciliación y de la fraternidad.

 

El Papa Francisco reclama de vosotros ordenandos y de todos los sacerdotes dedicar tiempo a los pobres y salir a las periferias abandonadas reconociendo en cada persona una dignidad infinita. Esta actitud del servicio y de hacerse cercano no tiene como objetivo procurar éxitos pastorales, sino ser fieles a Cristo e imitar al Maestro, siempre cercano, accesible, disponible para todos y deseoso de comunicar Vida, la vida misma de Dios.

 

Amor apasionado por Cristo y los hermanos

  1. En nuestro ministerio diaconal o sacerdotal, lo más importante no es el ‘oficio’ o la tarea; lo más importante es que seamos hombres apasionados de Cristo y de la gente, que llevemos dentro y transmitamos el fuego del amor de Cristo y la misericordia de Dios para todos. Lo más importante es que estemos llenos de la alegría del Señor; que se pueda ver y sentir que somos personas llamadas y enviadas por el Señor; que estemos llenos de amor por el Señor y por los suyos y que estemos llenos de la alegría del Evangelio con todo nuestro ser.

 

¿Cómo lograrlo, queridos hermanos y queridos ordenandos? En el Evangelio de hoy, Jesús nos dice: “¡Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen!” (Lc 11, 27-28). Es la respuesta de Jesús a aquella mujer que proclamaba dichosa a María por haber llevado a Jesús en su seno virginal y haberle amamantado con sus pechos. Pero, Maria es dichosa sobre todo por haber creído: creyó que aquel que llevaba en su seno era el Hijo de Dios, creyó a la Palabra de Dios y en la Palabra de Dios y la puso en práctica. María se convierte así en pilar de la Iglesia, de los cristianos y de los sacerdotes. Reunidos en oración en torno a ella, lo mismo que los Apóstoles el día de Pentecostés, vamos creciendo como pueblo de Dios; su fe y su esperanza nos guían y alientan a todos los cristianos y a los sacerdotes.

 

“¡Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen!”, os dice Jesús hoy a vosotros, queridos ordenandos. Jesús os invita a acoger, como María, con fe, disponibilidad, obediencia y entrega a Él que es la Palabra, a dejar que vuestro corazón, vuestros sentimientos y pensamientos se transformen por el don que vais a recibir para que toda vuestra vida y vuestras tareas sean signo y transparencia de Cristo, de su gracia santificadora y de su amor misericordioso hacia todos. Para ello, como Maria, habréis de acercaros a la Palabra de Dios: como ella habréis leer, escrutar, escuchar y meditar con frecuencia la Palabra de Dios; y como ella, habréis de acoger con fe, interiorizar y cumplir la Palabra de Dios, contenida en la Sagrada Escritura, en la tradición viva de la Iglesia y en comunión con los pastores, en especial con vuestro Obispo. A vuestro Obispo prometéis hoy obediencia, en la que se concreta vuestra obediencia a la Palabra de Dios.

 

Una prioridad muy importante en vuestra vida será el cultivo de vuestra relación personal con Cristo.  El coloquio personal con Cristo en la oración es una condición para nuestro trabajo por los demás. La oración no es algo marginal en vuestra vida. La oración personal y el rezo de la liturgia de las Horas serán el alimento fundamental para vuestra alma y para toda vuestra acción. Junto a la oración, estará la celebración o participación diaria de Eucaristía y la celebración personal y frecuente del Sacramento de la Penitencia. Cultivad el anuncio de la Palabra en todas sus dimensiones: el anuncio del kerigma, el diálogo personal o la homilía. Vivid la ‘caritas’, el amor de Cristo para los que sufren, para los pequeños, para los niños, para las personas que pasan dificultades, para los marginados.

 

Exhortación final

  1. Si permanecéis fieles y abiertos a la gracia inagotable del sacramento, ésta os transformará interiormente para que vuestra vida, unida para siempre a la de Cristo, se convierta en servicio permanente y en entrega total. María, la esclava del Señor, que conformó su voluntad a la de Dios, os acompañe cada día de vuestra vida y de vuestro ministerio. Amén

 

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

2014.10.11 - Profesión perpetua de Hna. Luz María - Sierva de Jesús

Homilía en la Profesión Perpetua de la Hna. Luz María Heredia Jara

Capilla de la Residencia de Ancianos “Virgen de la Soledad”, Nules, 11.10.2014

(Os 2,14.19-20;  Sal 116; Filp 3,8-14; Lc 10, 38-42)

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Hermanas y hermanos en el Señor:

 

Acción de gracias por la vocación y la profesión perpetua

  1. “¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?” (Sal 116, 12). Así se pregunta nuestra hermana Luz, haciendo suyas las palabras del salmista, ante su vocación religiosa y su profesión perpetua. El mismo salmo nos da la respuesta: “Alzaré la copa de la salvación, invocando el nombre del Señor. Cumpliré mis votos ante la asamblea” (Sal 116, 13). Sí; demos gloria y gracias a Dios por el don de vocación y de la profesión perpetua de nuestra Hna. Luz para vivir de por vida consagrada a Dios siguiendo los pasos de Cristo, pobre, obediente y virgen en la Congregación de las Siervas de Jesús de la Caridad.

 

Su llamada a la vida consagrada y su consagración son una bendición de Dios, una muestra del amor y ternura de Dios, un gran bien para ella, para nuestra Iglesia diocesana y para las Siervas de Jesús. Son además una razón más para nuestra alegría y un signo de esperanza en nuestra Iglesia y en nuestra sociedad: todavía hay jóvenes como Hna. Luz que están dispuestas a acoger la llamada de Dios para seguir uniéndose en matrimonio espiritual a Cristo y entregarse generosamente a El sirviendo a la Iglesia y a la humanidad. Vivimos en la Iglesia y la sociedad tiempos necesitados de luceros que señalen con claridad la cercanía del amor de Dios para cada persona. Vosotras, Siervas de Jesús, sabéis bien que el Sagrado Corazón de Jesús es la fuente inagotable de ese amor de Dios para cada persona, para cada enfermo del que queréis ser siervas. Este es el carisma, el don del Espíritu santo, que recibió vuestro Fundadora, Santa Josefa del Corazón de Jesús Sancho de Guerra.

 

Llamada por el amor de Dios

  1. En esta celebración se manifiesta una vez más el amor misericordioso de Dios. Porque ¿qué son tu vocación, hermana Luz, y la bendición que hoy vas recibir sino una nueva muestra de su amor misericordioso y de su ternura? Tú lo sabes muy bien: tu vocación es una llamada de Dios y de su amor hacia ti y, en ti, hacia su Iglesia. Repasando tu vida puedes descubrir que El mismo te llamó y que siguió susurrándote sus silbos amorosos cuando, quizás distraída por las cosas de tu alrededor o por tus estudios universitarios, intentabas silenciar su voz y resistirte a su llamada. Y sólo cuando decidiste acoger su amor y que El fuese tu Todo, experimentaste esa paz y felicidad inmensas que llenan el alma, porque proceden de Dios. Puedes en verdad decir: “sentirme llamada es lo más grande que me ha pasado en la vida y a Dios se lo debo todo”.

 

Toda vocación es una llamada gratuita de Dios e inmerecida por nuestra parte. Ante la grandeza de la llamada de Dios hemos de reconocer nuestra pequeñez y sólo podemos responder con agradecimiento. Toda vocación es el sueño, el proyecto y el camino de Dios para cada uno de nosotros para que podamos llegar a la felicidad plena y eterna en Dios mismo. Nuestro ideal de vida deberá ser acogerlo con libertad y dejar con generosidad que ese proyecto se realice en nuestra existencia.

 

Este camino que Dios tiene preparado para cada uno supera nuestras solas fuerzas. En cualquier vocación, siempre existe desproporción entre lo que el Señor quiere para nosotros y lo que seríamos capaces de realizar sin su ayuda. Por eso no es extraño que quien percibe la llamada de Dios se sienta indigno y débil. No olvides que quien llama da también los medios para poder responder. Es lo que nos recuerda hoy san Pablo: “Por él (Cristo Jesús) lo perdí todo, y todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo, y existir en él, no con una justicia mía -la de la ley- sino con la proviene de la fe en Cristo, la justicia que viene de Dios y se apoya en la fe” (Fil 3, 8-9). Por eso es bueno no sólo detenernos ante las dificultades, sino también y sobre todo pararnos a contemplar la grandeza de Dios y su misericordia, creer y confiar siempre en Cristo Jesús, contar siempre con la fuerza de su gracia y de su Espíritu. Quien contempla a Dios y su obra, quien vive en Cristo Jesús, puede más fácilmente descubrir lo que el Señor quiere para él y, al mismo tiempo, responder con generosidad porque sabe que Dios todo lo puede.

 

Consagrada a Dios y desposada con Cristo

  1. Querida hija: te vas a consagrar al Señor y vas a ser bendecida por Él para vivir de por vida totalmente entregada a El siguiendo a Cristo obediente, casto y pobre en el camino espiritual de tu Madre, Santa Josefa. No olvides nunca que en la base de tu vida está tu consagración al Señor. Considera que antes de nada está la iniciativa amorosa de Dios, que te ha llamado y te ha elegido para dedicarte a Él de modo particular. El mismo Dios te ha concedido también la gracia de responder a su llamada y te acompañara siempre para que vivas tu consagración en todo momento con una entrega gozosa, libre y total de ti misma a Él.

 

Si lees tu historia personal descubrirás cómo Dios mismo te ha ido conduciendo con verdadero amor hasta el día de hoy, a través de tu familia, de tu parroquia, de tu hermano sacerdote, de tus hermanas Siervas de Jesús. Y lo ha hecho para desposarse contigo en una alianza de amor y de fidelidad, de comunión y de misión para gloria de Dios. El te ha conducido por los caminos del amor para desposarse contigo, hasta poder ella decir: Dios mío y Esposo mío. Como al pueblo de Israel, El te dará esos cinco regalos que son la esencia de la felicidad y de la santidad, en palabras del profeta Oseas: el derecho y la justicia divinas, la rectitud en el trato, el amor constante, -que no sólo es afectividad, sino lealtad y asistencia-, la misericordia. -porque la conoce y sabe de sus debilidades humanas, por eso sabrá comprender y perdonar tu fragilidad innata- y, finalmente, te dará su “fidelidad”. Cristo Jesús, Luz María, es tu Esposo de quien siempre te podrás fiar y en que siempre podrás confiar. Si sabes acoger el don que Dios te hace y lo mantienes vivo a lo largo de los días, tu consagración y desposorio serán una fuente de gozo y de alegría para ti, para tu comunidad, para tu Congregación, para tu familia, para la Iglesia y para el mundo.

 

Te consagras hoy a Dios para vivir santamente entregada a El siguiendo el carisma de tu congregación. Vive día a día el amor de Dios unida a Cristo, tu Esposo y Señor. Tu oración personal y comunitaria, la contemplación de Sagrado Corazón de Jesús te dispondrán a la comunión con Cristo y a su adoración en la Eucaristía. En la oración y en la comunión diaria con Jesús-Eucaristía encontrarás la fuente para tu entrega total a Dios siguiendo las huellas de Cristo y, en Él y como Él, para vivir la verdadera comunión con todas tus hermanas y ser testigo de la ternura de Dios para los más pobres y desdichados, para los ancianos y los enfermos. Así harás de tu oración vida y de tu vida oración, como nos pide el evangelio que hemos proclamado.  En nombre de nuestra Iglesia: Gracias, por tu sí a Dios. ¡Que el Señor te bendiga a lo largo de tus días!

 

Para ser testigo del amor infinito y personal de Dios

  1. Por tu profesión perpetua vas a quedar constituida en testigo y mensajera del amor y ternura infinita de Dios. Para ello es decisivo que acojas y vivas el amor y la misericordia de Dios, que, a la vez que reconstruyen la relación de cada uno con Dios, suscitan entre los hombres nuevas relaciones de fraternidad. Y no lo olvides: el manantial inagotable del amor de Dios es siempre el Corazón sagrado de su Hijo. El Señor nos enseña que “el hombre no sólo recibe y experimenta la misericordia de Dios, sino que está llamado a ‘usar misericordia’ con los demás: “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia” (Mt 5, 7)” (Juan Pablo II, Dives in misericordia, 14). El mismo Señor nos señala además los múltiples caminos de la misericordia: la misericordia no sólo perdona los pecados, sino que también sale al encuentro de los demás y de todas sus necesidades, de los próximos y de los lejanos, de los ancianos, de los enfermos, de los discapacitados, de los encarcelados, de los inmigrantes, de todos los heridos por la vida. Jesús se inclinó sobre todas las miserias humanas, tanto materiales como espirituales. Su mensaje de caridad y de misericordia sigue llegándonos a través del gesto de sus manos tendidas hacia todos, especialmente hacia todo el que sufre.

 

En tu comunidad o en un trabajo diario, haciendo de tu oración vida y de tu vida oración, has de aprender a conocer y contemplar cada vez más y mejor el rostro de Dios en Cristo viéndolo reflejado en el rostro de tus hermanas y en el de los ancianos y enfermos que Dios ponga en tu camino. La contemplación del rostro de Dios en el Corazón de Cristo, te ha de llevar a amarle, imitarle y unirte a Él cada día más intensa y profundamente en perfecta castidad. No es fácil amar con un amor auténtico, que sea reflejo del amor de Dios y que sea vivido con una entrega total de sí. Este amor se aprende sólo en la escuela de Dios, al calor de su caridad, en la oración y en la adoración de la Eucaristía. Fija tu mirada en él, sintoniza con su Corazón misericordioso, ámale con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas; sólo así serás capaz de mirar a tus hermanas y a los enfermos y ancianos, de amarlos sabiendo que son un don de Dios para ti y de hacerlo con gratuidad, generosidad y ternura.

 

Apertura del corazón a Cristo

  1. Querida Hna. Luz. Sé muy bien que desde la paz y la felicidad que sientes el día de tu desposorio con Cristo querrías decir a otras jóvenes –y yo contigo- aquellas palabras del querido San Juan Pablo II: “No tengáis miedo; abrid de par en par las puertas de vuestro corazón a Cristo: que es el único que puede saciar vuestra hambre y sed de felicidad”. Tú lo has experimentado ya: quien aspira a la felicidad auténtica y duradera, sólo puede encontrar su secreto en Cristo y en su corazón. El arde del deseo de ser amado; él no quita nada sino que lo da todo; quien sintoniza con los sentimientos de su corazón encuentra el amor, la felicidad y la vida. Un acto de fe y de abandono total en Él como Pablo basta para encontrar el camino de la vida.

 

¡Que María, la esclava y sierva del Señor, mantenga en ti siempre vivo tu amor de esposa de su Hijo y tu deseo de ser testigo de la ternura de Dios para con todos los hombres! Que ella os proteja siempre a ti, a tu comunidad, a tu congregación y a toda tu familia. Amén.

 

 

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

2014.06.26 - Fiesta de San Josemaría Escrivá

Homilía en la Fiesta de San José María Escrivá de Balaguer

Castellón de la Plana, Basílica de la Mare de Déu de Lledó, 26 de Junio de 2014

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Amados todos en el Señor:

 

  1. En la fiesta de San Josémaría Escrivá de Balaguer hemos sido convocados por el Señor para la acción de gracias a Dios, fuente y origen de todo ser, fuente y origen de la santidad de sus criaturas. Al Dios uno y Trino se dirige nuestra mirada y nuestro corazón agradecido por todo lo que Él ha obrado en su siervo Josemaría: gracias le damos por su persona entregada al amor y a la voluntad de Dios, por su vida en el seguimiento de Cristo, por su santidad y por su obra – la Obra de Dios – como él la llamó.

 

  1. San Josemaría nacía el 2 de enero de 1902 en Barbastro del matrimonio formado por José Escrivá y Corzán y Dolores Albás y Blanc. A los cuatro días de su nacimiento recibía las aguas bautismales y le impusieron los nombres de José María, Julián y Mariano; más tarde, como signo de su gran amor a la Virgen María y a San José, él mismo uniría los dos primeros nombres en un solo: Josemaría. A la edad de quince o dieciséis años comienza una etapa esencial en su vida, que dura hasta los veintiséis años; es la ‘época de los barruntos’, como él gustaba decir: comenzó a percibir que Dios, en su infinita bondad, le pedía algo, esperaba algo de él, sin saber muy bien en qué se concretaba esa voluntad. Afirmaba en alguna ocasión: ‘Comencé a barruntar el Amor, a darme cuenta de que el corazón me pedía algo grande y que fuese Amor (Meditación Los caminos de Dios, 19-III-1975, en Diálogo con el Señor, pp. 215-216).

 

Un día de invierno, en Logroño, le removió la visión de las huellas penitentes de un carmelita descalzo en la nieve; pisadas que le hablaban de los pasos de Cristo por este mundo y parecían invitarle a ir en su seguimiento. Años después, rememorando este suceso providencial, contaba: “El Señor me fue preparando a pesar mío, con cosas aparentemente inocentes, de las que se valía para meter en mi alma esa inquietud divina. Por eso he entendido muy bien aquel amor, tan humano y tan divino, de Teresa del Niño Jesús, que se conmueve cuando por las páginas de un libro asoma una estampa con la mano herida del Redentor. También a mí me han sucedido cosas de ese estilo, que me removieron y me llevaron a la comunión diaria, a la purificación, a la confesión… ya la penitencia” (Meditación Los pasos de Dios, 14-II-1964, ibid., p. 72).

 

Pensó que ser sacerdote entraba dentro de los planes divinos y decidió iniciar los estudios en el Seminario; al mismo tiempo parte de aquellos planes quedaban velados para él. De ahí que comenzara a rezar, ya desde los primeros momentos de su vocación, con palabras del ciego de Jericó: “Señor que vea”; y también “que sea lo que Tú quieres”. Su oración perseverante, su atenta escucha y su correspondencia a la gracia durante toda una década tuvieron como fruto la luz. Fue el 2 de octubre de 1928, cuando Dios al fin le hizo ver el Opus Dei. Esa, y no otra, era la misión para la que el Señor le venía preparando.

 

  1. Rema mar adentro y echad las redes para pescar’ (Lc 5,4) dice Jesús a Pedro. De modo semejante, ese día 2 de octubre, durante unos ejercicios espirituales en Madrid, el jovencísimo sacerdote Josemaría escuchó la voz del Señor que le confiaba abrir un camino nuevo de santidad y de apostolado en el amplio mar de la Iglesia, debería dejar la tranquilidad de la orilla, para lanzarse a una aventura de proyección universal tanto en el espacio como en el tiempo.

 

Jesús le quería como instrumento para recordar que en virtud del bautismo todo cristiano es hijo de Dios, ‘imagen del Hijo’, como nos recuerda San Pablo (Rom 8,29); le quería parar recordar que el don del bautismo -la filiación divina, la incorporación a Cristo y a su Iglesia-, es la vez una tarea común a todo bautizado: una llamada a la santidad, una llamada a vivir y desarrollar la vida de los hijos de Dios, recibida en el Bautismo, en el seguimiento de Cristo y como miembros corresponsables en la vida y misión de la Iglesia. Josemaría recupera esta verdad básica del cristianismo y propone la necesidad de conducirse de acuerdo con la realidad bautismal; fomenta la confianza en la providencia divina, la sencillez en el trato con Dios, el aprecio por las realidades naturales y humanas, la serenidad y el optimismo.

 

Nuestro Santo percibe que el Señor le quiere para ayudar a descubrir el camino de la unión con Dios, de la santidad, en medio del mundo, en el trabajo cotidiano, en el matrimonio, en la familia, en el cumplimiento de los deberes sociales, en la amistad, en el descanso, en el desempeño de todas las actividades honestas. Había que difundir el mensaje de que la plenitud de la vida cristiana es accesible para todo hombre, cualquiera que sea su estado y condición, y que la vida ordinaria nos ofrece una ocasión providencial para una ilimitada entrega a Dios y para llevar acabo un apostolado eficaz en los más variados ambientes. Todo cristiano puede y está llamado a buscar la santidad –es decir a vivir la propia condición bautismal- a través de las circunstancias de su vida, y de las actividades de las que se ocupa. En palabras del fundador del Opus Dei: “La vida ordinaria puede ser santa y llena de Dios“; “el Señor nos llama a santificar la tarea corriente, porque ahí está también la perfección cristiana” (En Es Cristo que pasa, n. 148).

Nuestro Santo descubre y proclama que el trabajo ocupa un lugar central entre las realidades que se han de santificar. La profesión, el oficio que cada uno desempeña, es camino de santidad. Para santificar el trabajo, éste deberá ser realizado “con la mayor perfección posible: con perfección humana (competencia profesional) y con perfección cristiana (por amor a la voluntad de Dios y en servicio de los hombres)” (En Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, n. 10).

 

  1. Estas enseñanzas resultaban por aquel entonces muy novedosas. No era frecuente oír hablar de santidad en medio del mundo. Era como si se hubiera producido un paréntesis de siglos, y, por ello, como el resurgir de un mensaje nuevo y viejo; tan nuevo y antiguo como el mismo Evangelio. La santidad no es cosa de privilegiados, dirá. La santidad no es algo reservado exclusivamente a algunas almas escogidas o a sacerdotes y religiosos. Las palabras de San Pablo son muy claras: “Esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación”, dichas para todos los discípulos de Jesucristo. Desde que el Concilio Vaticano II la propuso de modo solemne en la Constitución Dogmática sobre la Iglesia, se ha hecho doctrina común en la Iglesia la llamada universal a la santidad, que San Josemaría había recuperado años antes del olvido. La Lumen Gentium y el Catecismo de la Iglesia Católica nos lo recuerdan: “Todos los fieles, de cualquier estado o régimen de vida, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad”. Todos estamos llamados a la santidad: ‘Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto’. (Cfr. LG 40; CEC 2013)

 

La vocación a la vida cristiana y la llamada a la santidad son equivalentes. Todo fiel cristiano está llamado a la santidad. La santidad es la conformación con Aquel que es Maestro y Modelo de santidad. Nadie pues que realmente quiera ser cristiano puede considerarse exento de la llamada de Jesús a aspirar a la santidad. Ninguna excusa, como la dificultad de ese camino o las atracciones del mundo o lo complejo de la vida moderna, puede aducirse para escamotear el destino de felicidad al que Dios llama al hombre.

 

Desde los comienzos de su labor apostólica, san Josemaría resaltó la dignidad del matrimonio y recordó con vigor que también el matrimonio es una vocación divina y una llamada a la santidad. Había escrito en el n. 27 de Camino: “¿Te ríes porque te digo que tienes “vocación matrimonial”? —Pues la tienes: así, vocación. Encomiéndate a San Rafael, para que te conduzca castamente hasta el fin del camino, como a Tobías”.

 

“El matrimonio no es, para un cristiano —precisaba en Es Cristo que pasa— una simple institución social, ni mucho menos un remedio para las debilidades humanas: es una auténtica vocación sobrenatural. Sacramento grande en Cristo y en la Iglesia, dice San Pablo y, a la vez e inseparablemente, contrato que un hombre y una mujer hacen para siempre, porque —queramos o no— el matrimonio instituido por Jesucristo es indisoluble: signo sagrado que santifica, acción de Jesús, que invade el alma de los que se casan y les invita a seguirle, transformando toda la vida matrimonial en un andar divino en la tierra. Los casados están llamados a santificar su matrimonio y a santificarse en esa unión”.

 

Experimentó una gran alegría cuando durante los años cincuenta, se encontró el camino jurídico para que las personas casadas formaran parte del Opus Dei. En cuanto pudo, organizó un retiro espiritual en Molinoviejo, una casa de retiros cercana a Segovia, en el que participaron muchas personas que deseaban entregarse plenamente a Dios, en el matrimonio.

 

El Papa Francisco nos recordaba a los Obispos en Visita ad limina la necesidad de cuidar la “preparación al matrimonio y el acompañamiento de las familias, cuya vocación es ser lugar nativo de convivencia en el amor, célula originaria de la sociedad, transmisora de vida e iglesia doméstica donde se fragua y se vive la fe. Una familia evangelizada es un valioso agente de evangelización, especialmente irradiando las maravillas que Dios ha obrado en ella. Además, al ser por su naturaleza ámbito de generosidad, promoverá el nacimiento de vocaciones al seguimiento del Señor en el sacerdocio o la vida consagrada”.

 

El camino de la santidad es el amor. El amor es el misterio más grande del mundo. En su sentido pleno implica participación en la misma vida de Dios. La tarea de los hombres es abrirnos al amor de Dios y dejar que éste penetre profundamente en nuestro corazón. El amor es principio y meta de los caminos de Dios, es y debe ser también el principio y meta de los caminos del hombre. Dios habita en la Iglesia y en los hombres en la medida en que se amen mutuamente. El amor que procede de Cristo y el amor del cristiano no son sensaciones vagas, sino que incluyen un compromiso definitivo para que el amor de Dios se manifieste y transforme la persona, los matrimonios y las familias, las relaciones humanas, la sociedad y el mundo.

 

También nosotros estamos llamados a buscar una santidad auténtica en medio de nuestro vivir ordinario, que no es otra cosa sino buscar la plenitud  de vida cristiana. El secreto de la santidad está en poner siempre amor de Dios y espíritu de servicio a los demás en todo lo que emprendemos. El secreto reside en el amor y la perfección con que se lleva a cabo lo pequeño, lo menudo, lo cotidiano. Ciertamente, una santidad escondida, discreta, sin brillo externo, pero con evidente heroísmo.

 

  1. Vale la pena ir por este camino. Fiémonos de la palabra de Cristo como Pedro y como San Josémaría: ‘Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada; pero por tu palabra echaré las redes’ (Lc 5,5). Si nos ponemos en la situación del joven sacerdote Josemaría, lo que se le pedía tenía que parecerle, humanamente hablando, como un imposible. El se consideró sin fuerzas, sin condiciones, incapaz de sacar adelante una tarea de la magnitud. Pero su respuesta fue, similar a la de Simón Pedro: ‘por tu palabra echaré las redes’; confió en el Señor y, lleno de fe, inició su trabajo fundacional sin desmayos, con tenacidad, poniendo los medios sobrenaturales para cimentar bien el Opus Dei en la oración y en la expiación, y, en la medida de lo posible, también los escasos medios humanos a su alcance, actuando con lógica divina y dándose con generosidad a la labor apostólica.

 

  1. San Josemaría acostumbraba a decir que él no era modelo de nada; que el único modelo era Jesucristo; y que, por tanto, nadie tenía por qué imitarle. Pero también añadió en algún momento: “Si en algo podéis imitarme es en mi amor a Santa María”. Procuró caminar siempre muy cogido de su mano. Con seguridad una de las facetas que más admiró en la Virgen fue que Ella es Maestra del sacrificio escondido y silencioso (Camino. n. 509), modelo de quien quiere santificarse en lo menudo, en las cosas pequeñas, para hacer, en expresión suya, verso heroico, de la prosa de cada día (Homilía Amar al mundo apasionadamente en Conversaciones, n. 116).

 

Concluyo ya con unas palabras de San Josemaría: “Para ser divinos, para endiosarnos, hemos de empezar siendo muy humanos, viviendo cara a Dios nuestra condición de hombres corrientes, santificando esa aparente pequeñez. Así vivió María. La llena de gracia, la que es objeto de las complacencias de Dios, la que está por encima de los ángeles y de los santos llevó una existencia normal (…). Corazón Dulcísimo de María, da fuerza y seguridad a nuestro camino en la tierra: sé tú misma nuestro camino, porque tú conoces la senda y el atajo cierto que llevan, por tu amor, al amor de Jesucristo” (Es Cristo que pasa, nn. 172 y 178). Y con San Josemáría decimos hoy a los pies de la Madre: Santa María, Mare de Déu de Lledó, Ruega por nosotros. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

2014.05.17 - San Pascual

Homilía en la Fiesta de San Pascual Baylón

Patrono de la Diócesis y de la Ciudad de Villarreal

Basílica de San Pascual, Villarreal – 17.05.2014

(Ecco 2, 7-13; Sal 33: 1 Cor 1, 26-31; Mt 11, 25-30)

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Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor

  1. San Pascual Baylón, Patrono de Vila-real y de nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón, nos reúne de nuevo para celebrar su memoria en el día de su fiesta con la celebración de la Eucaristía: el memorial de la Pascua del Señor, en que actualizamos su pasión, muerte y resurrección, fuente de vida, amor y salvación.

 

Nuestro santo Patrono como todos los Santos, hermanos, no pertenecen sin más al pasado. Los Santos no son mera historia o cultura; su recuerdo no puede quedar reducido a una ocasión para la fiesta, ajena a lo que ellos fueron, vivieron y significaron. Los Santos son siempre actuales y nos interpelan en el presente, al menos a los creyentes. Porque sus biografías reflejan modelos permanentes de vida para todos los bautizados; ellos vivieron su condición de bautizados, siguieron fielmente a Jesucristo y conformaron su vida al Evangelio. Los Santos fueron testigos cercanos y concretos de Jesucristo y de su Evangelio para el hombre de su tiempo y lo siguen siendo para el hombre de todos los tiempos. Los Santos nos muestran que es posible vivir la vocación cristiana a la perfección del amor, a la santidad. Son  extraordinariamente humanos, precisamente porque surgen de la búsqueda de Dios y del seguimiento de Cristo. En ellos, el Señor Resucitado muestra en el corazón de la Iglesia y en medio del mundo, la extraordinaria fuerza de la Vida nueva, que brota de la resurrección del Señor; una Vida nueva que es capaz de renovar y transformar todo: la existencia de cada persona y de las familias, la misma realidad social y moral, la de los pueblos y naciones e, incluso, de toda la Creación.

 

Los Santos son las grandes figuras de los períodos más renovadores de la historia, en la Iglesia y en el mundo, y también de su entorno social y cultural. Su forma de ser, de estar y de actuar en la Iglesia y en el mundo no suele ser espectacular sino que, con frecuencia, pasa desapercibida. Son humildes y sencillos. Su alimento es la oración, la escucha de Dios y de su Palabra, la unión y la amistad con Cristo. En la entrega sencilla de sus vidas a Dios y a los hermanos cifran todos sus ideales personales.

 

  1. San Pascual Bailón, nuestro Patrono, es uno de estos Santos. El permanece siempre actual en nuestra historia, en la historia de Villarreal y en la de nuestra Iglesia diocesana. Al celebrar un año más la Fiesta de Pascual vienen a nuestra memoria su vida sencilla de pastor en su tierra de Villahermosa, donde nació en 1540, y de hermano lego más tarde, sobre todo aquí en Vila-real, donde murió en 1592.

 

Vienen a nuestro recuerdo también y sobre todo sus virtudes de humildad, de fe y de confianza en Dios, de su amor a la Eucaristía, manantial permanente del amor a Dios y de amor a los hermanos, en especial a los pobres, a los necesitados, a los mendigos. Y es que nuestros antepasados  apreciaron –y nosotros apreciamos– la santidad de aquel humilde fraile, devoto de Dios y amigo de los hombres, por encima de cualquier otro mérito o título. Pascual nos muestra que se puede llegar a ser grande -con la grandeza inigualable de la perfección del amor, de la santidad- siendo humilde, naciendo de una familia humilde y en un pueblo sencillo, dedicándose a la tarea humilde de pastoreo de unos rebaños y después, como hermano lego, a las tareas humildes de la casa. Es la humildad la que brilla en su vida: todo un ejemplo y un mensaje para nosotros.

 

Sí, Pascual, fue  un excepcional hombre de Dios y por ello un excepcional amigo y servidor de los hombres. Hombre profundamente religioso, amante de la Eucaristía y devoto de la Virgen, fue un lego generoso y sufrido, siempre paciente y alegremente dispuesto a cumplir con sus deberes conventuales, con bondad y con misericordia, con sentimientos de amor gratuito al prójimo, que se vertía sin límites en los más pobres.

 

Su humildad le condujo a vivir en la verdad de sí mismo; y esto sólo se descubre en Dios. A los humanos nos cuesta aceptar esta verdad: que somos criaturas de Dios, que cuanto somos y tenemos a Dios se lo debemos, que sin Dios nada podemos. Nos endiosamos y queremos ser como dios al margen de Dios. Y ahí comienza nuestro drama: comenzamos a vivir en la mentira, en la apariencia, en el egoísmo, en el uso de las personas para medrar y trepar.

 

Los Santos como Pascual nos sitúan en la verdad de todo ser humano: en la verdad de nuestra vida, de nuestro origen y de nuestro destino, que sólo está en Dios. Lo más grande de nuestra vida es que Dios nos ama, que Dios nos ha creado por amor y para el amor, que Dios es misericordioso, que no se cansa de esperar y de perdonar. El hombre se hace precisamente grande no cuando se cierra a Dios en esa falsa idea de una autonomía absoluta frente a todo y frente a todos, también frente a Dios. El hombre es y se hace grande cuando abre su corazón de par en par al amor de Dios en su vida. Dios, que es amor como nos dice San Juan (cf. 1 Jn 4,6), nos ama y nos llama participar de su amor: éste es el sentido de nuestra existencia. Dios no es un competidor de nuestra libertad, ni de nuestra felicidad. Dios nos ama. “En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único, para que vivamos por medio de él” (1 Jn 4, 8).

 

Pascual conoció a Dios acogiendo su amor, buscó imitar en todo a Jesucristo que, siendo Dios, se hizo hombre, humilde y pobre. Quien se acerca a Jesucristo, una de las virtudes que aprende es la humildad, la sencillez, como lo hizo Pascual. Es la fuente para conocer a Dios y su Amor, y para conocerse a sí mismo. “Yo te alabo Padre, dice Cristo en el Evangelio, porque has escondido los misterios de Dios a la sabios y entendidos, y se los has revelado a la gente sencilla”. Una vida humilde y sencilla como la de Pascual es el camino para abrirse a Dios en Cristo, para una vida lograda, plena y feliz, es el camino para el cielo, es el camino hacia la santidad, es el camino hacia la felicidad; es el camino que agrada a Dios y que aprovecha mucho a los hombres.

 

En la fe y amor a Jesucristo Resucitado, cultivado y alimentado diariamente por la oración y la piedad eucarística, se encuentra la raíz de ese amor vivido heroicamente de Pascual con su prójimo. Un amor practicado con especial esmero para con los que más lo necesitaban. Pascual es testigo de Dios y de su amor en la Iglesia y en el mundo: y lo es su testimonio vivo del amor de Dios en su entrega y servicio a los hermanos, a los pobres y a los más necesitados; un amor que él alimentó en su gran amor a la Eucaristía y en su profunda devoción a la Virgen.

 

  1. Nuestro mundo necesita santos como Pascual para crecer en humanidad y en fraternidad, en la justicia y en la verdad. Los necesita nuestra Iglesia diocesana para ser fecunda en la evangelización de tantos ciudadanos que o no han llegado al conocimiento primero de la fe en Jesucristo o no han permanecido en él. Nuestra Iglesia diocesana necesita santos para que se pueda mantener firme en la fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, que justifica y salva al hombre; firme en la esperanza de que la vida ha triunfado sobre el pecado y sobre la muerte en la resurrección de Jesucristo; y firme en la caridad, o lo que es lo mismo, en el testimonio efectivo de ese amor más grande del Redentor del hombre, que cura, sana y alivia todos sus males, los espirituales y temporales: ese es el amor capaz de transformar para el bien las conciencias de las personas y de la sociedad. Sin una honda conversión moral y espiritual al mandamiento divino del Amor, es poco menos que imposible salir de la crisis -crisis económica, social, laboral, familiar, cultural y ética, de una manera sólida y estable.

 

Sí, necesitamos a San Pascual, nuestro Patrono, como un modelo de santidad, de máxima actualidad, que precisa y reclama urgentemente la situación crítica por la que atraviesa nuestra sociedad envejecida y desesperanzada; una sociedad en la que en pocos años las muertes superarán a los nacimientos, una sociedad en la que en algunas zonas la causa mayor de muerte entre los jóvenes es el suicidio. Venerar a Pascual equivale a sentirse llamado a imitarle en su amor a Dios y al prójimo e invocarle como intercesor nuestro.

 

¡Que Él interceda para que los fieles católicos sepamos vivir, imitándole en su sencillez evangélica; que por intercesión se avive en nosotros la fe y la confianza en Dios, que se avive en nosotros el espíritu de oración y la participación en la Eucaristía, que haga de nosotros testigos del amor de Dios en el amor a los hermanos.

 

Y como él, pedimos la protección de la Virgen María: para que toda nuestra Iglesia diocesana en su grupos y comunidades sea fiel discípula del Señor y se convierta a la tarea urgente de la evangelización.

 

¡Que la Mare de Déu de Gracia, bendiga a todos los hijos e hijas de Vila-real: su salud física y espiritual, su bienestar y el de sus familias, y su futuro para que sea un futuro de esperanza gozosa apoyada en la vivencia creciente del poder del amor y de la gracia de Jesucristo Resucitado, Nuestro Señor y Salvador! Amén.

 

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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Homilía en la Vigilia Conmemorativa del 125 aniversario de la Sección de A.N.E de Onda

Onda, 10 de mayo de 2014

(Hechos 2,14a. 36-41; Sal 22,1-3a. 3b-4. 5. 6; 1 Pt 2,20b-25; Jn 10,1-10)

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  1. Sed bienvenidos, queridos hermanos, venidos de cerca y de lejos a esta Vigilia Eucarística, para conmemorar el 125º Aniversario de la fundación de la Sección de A.N.E. de Onda. El Señor Resucitado sale a nuestro encuentro y nos reúne en esta Vigilia en torno a la mesa de su Palabra y de su Eucaristía; Él mismo nos hermana a todos y nos une en un mismo ideal: el de la Adoración Nocturna a Cristo Sacramentado.

 

Hoy queremos alabar, dar gloria y gracias a Cristo Jesús por el don de la Eucaristía, memorial de su pasión, muerte y resurrección, alimento sacramental de su Iglesia, sacramento de su presencia real y permanente entre nosotros. A Dios damos gracias por estos 125 años de vida y andadura de la A.N.E.-Onda, desde aquella primera Vigilia celebrada en Junio de 1889 en la Iglesia de La Asunción, presidida por el Beato Domingo; gracias damos a Dios y por tantos y tantos hermanos adoradores que a lo largo de estos años y hoy, hicieron y hacen de la adoración nocturna a Cristo Sacramentado el lema de su vida.

 

  1. En este cuarto Domingo de Pascua, la Palabra de Dios nos presenta la figura inefable del Buen Pastor: Jesús es el Buen Pastor que nos lleva al Padre, que da su vida por nosotros, que nos alimenta con los pastos de su Palabra y de su Cuerpo y de su Sangre, que nos defiende del mal y de las asechanzas del Maligno.

 

Dios ha hecho a su Hijo, Señor y Mesías. Él nos llama a todos a entrar, por la conversión y la fe , al redil de salvación que es su Iglesia. Por el bautismo hemos sido incorporados a su Iglesia. Es en ella donde podremos vivir en la autenticidad su amor de Buen Pastor que nos redime y santifica.

 

El Buen Pastor nos conoce a cada uno por nuestro nombre; Él tiene de nosotros un conocimiento amoroso. Es un conocimiento superior, incluso, al que tiene uno de sí mismo. Un conocimiento amoroso que implica un profundo respeto hacia todos y cada uno de los hombres. Jesús nunca impuso su voluntad a los discípulos o a sus seguidores: hablaba e invitaba, pero exigía siempre una respuesta personal y libre; proponía, invitaba, jamás obligaba. Conocer por el nombre significa invitarnos a cada uno a desarrollar las propias capacidades y a ponerlas libremente al servicio de los demás. Para él no existe la masa, cada ser humano tiene un rostro propio y un nombre.

 

“Y las saca fuera”. Jesús quiere que salgamos de nuestra inmadurez y de todo lo que nos impide ser nosotros mismos. Él “camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz”. El verdadero pastor camina delante, abriendo horizontes a los suyos, dando ejemplo. Es el primero en enfrentarse con el peligro, el primero en dar la vida cuando se trata del bien de los demás. Jesús nos marca el camino. Él mismo es el camino (Jn 14,6) que debemos recorrer. Su voz anima al seguimiento porque comunica vida verdadera. ¿Cómo no seguir al que vamos experimentando como plenitud de todo lo humano?

 

Jesús es la puerta del redil de los Hijos de Dios, de la Iglesia. “El que entra por mí se salvará”. Cristo se nos revela como el enviado de Dios Padre, el verdadero maestro, la puerta abierta que invita a entrar en el Reino, la puerta abierta que es como una bienvenida a la casa del Padre. En un mundo que se plantea interrogantes urgentes, Jesús es la respuesta y el camino, la clave que da sentido a nuestra existencia, el maestro que nos enseña la auténtica verdad, la única puerta de acceso a la felicidad y a la vida.

 

Así lo presenta Pedro, en su discurso de Pentecostés: Cristo es el único Salvador, en quien tenemos la seguridad del perdón de los pecados, porque ha entregado su vida por nosotros. La salvación consiste en creer en él, convertirse a él, ser bautizado en su nombre y ser agregado a su comunidad. “Entrar por la puerta que es Cristo” no supone sólo el bautismo, que es el sacramento de entrada en la Iglesia, sino que pide oír su voz, seguirle, dejarse transformar por su gracia, formar activamente parte de su comunidad: “Andabais descarriados como ovejas, pero habéis vuelto al Pastor y guardián de vuestras vidas”, como nos ha dicho san Pedro. No hay otro pastor ni otra puerta: sólo Cristo, el Señor. Y, a la vez, no hay otro “camino”. Los que entramos y salimos a través de esa Puerta que es Cristo, estamos llamados a seguirle fielmente a Él, que es también el Camino, sin desviarnos de su estilo de vida: “Sus ovejas le siguen, porque conocen su voz y él las va llamando por su nombre”.

 

  1. El Buen Pastor está en la Eucaristía, es el don que Jesús hace de sí mismo, el sacramento en que el Señor resucitado sale a nuestro encuentro, nos revela que Dios nos ama con un amor infinito por cada hombre y nos da ese amor dándose a sí mismo. “En la Eucaristía, Jesús no da ‘algo’, sino a sí mismo; ofrece su cuerpo y derrama su sangre. Entrega así toda su vida, manifestando la fuente originaria de este amor divino. Él es el Hijo eterno que el Padre ha entregado por nosotros” (Benedicto XVI, 7).

 

Jesús es el Pan de vida, que el Padre eterno nos da a los hombres. En la Eucaristía nos llega toda la vida divina en la forma del Sacramento. En el don eucarístico, Jesucristo nos comunica la misma vida divina. Se trata de un don absolutamente gratuito, que se debe sólo a las promesas de Dios, cumplidas más allá de toda medida.

 

Si creemos de verdad en la Eucaristía, esta fe nos llevará a su celebración frecuente, a una participación activa, plena y fructuosa, para lo que debemos estar debidamente dispuestos. La Eucaristía es principio de vida para el cristiano. ¡Cuánto necesitamos los cristianos de hoy valorar el don maravilloso de la Eucaristía y recuperar la participación en la Eucaristía dominical!  “Sine Eucharistia esse non posssumus”, contestaron. Sí: Sin Eucaristía no podemos existir. “La vida de fe peligra cuando ya no se siente el deseo de participar en la Celebración eucarística, en que se hace memoria de la victoria pascual” (Benedicto XVI, 73).

 

  1. La Eucaristía es un misterio que hemos de creer y celebrar, pero también un misterio que hemos de adorar y vivir. “El que come vivirá por mí” (Jn 6,57). La Eucaristía contiene en sí una fuerza tal que hace de ella principio de vida nueva en nosotros y forma de la existencia cristiana. El alimento eucarístico nos transforma; gracias a él acabamos por ser cambiados misteriosamente. Cristo nos alimenta uniéndonos a él; el Señor nos atrae hacia sí.

 

Por ello, la Eucaristía ha de ir transformando toda nuestra vida en culto espiritual agradable a Dios. El nuevo culto cristiano abarca, transfigurándola, todos los aspectos de la vida, privada y pública, “Cuando comáis o bebáis o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios” (1 Cor 10, 31). El cristiano está llamado a expresar en cada acto de su vida el verdadero culto a Dios. La vida cristiana se convierte en una existencia eucarística, ofrecida a Dios y entregada a los hermanos.

 

Al celebrar la Eucaristía y adorar a Cristo presente en ella se aviva en nosotros el amor y también la esperanza. Donde el ser humano experimenta el amor se abren puertas y caminos de esperanza. No es la ciencia, sino el amor lo que redime al hombre, nos ha recordado el Papa Benedicto XVI. Y porque el amor es lo que salva, salva tanto más cuanto más grande y fuerte es. No basta el amor frágil que nosotros podemos ofrecer. El hombre, todo hombre, necesita un amor absoluto e incondicionado para encontrar sentido a la vida y vivirla con esperanza. Y este amor es el amor de Dios, que se ha manifestado y se nos ofrece en Cristo y que tiene su máxima expresión sacramental en la Eucaristía.

 

Si se cree, se adora y se vive la Eucaristía como el gran sacramento del amor, esto se traduce necesariamente en gestos de amor y en obras de caridad que se convierten en signos de esperanza. Porque quien adora la Eucaristía conoce de verdad a Dios, y quien lo conoce guarda sus mandamientos. Y el mandamiento principal de los cristianos es el amor a Dios y al prójimo, indisolublemente unidos. Amor y caridad en la vida personal hacia todos, especialmente hacia los más necesitados, de acogida de los emigrantes y sus familias, de compromiso por la dignidad de toda persona humana desde su concepción hasta su muerte natural; amor entre los esposos y hacia los hijos, que se convierte en compromiso con la transmisión de la fe y una educación integral que no margine a Dios; amor comprometido en la sociedad y en nuestra ciudad a favor del bien común, de la justicia y de la paz.

 

 

  1. La Eucaristía es la mayor manifestación del amor de Dios a su pueblo. Si el amor se manifiesta con la cercanía, la Eucaristía, presencia real de Cristo, el Emmanuel, el “Dios con nosotros”, nos lo está gritando. Los amores humanos son efímeros, acaban con el tiempo; sólo el de Dios permanece. Todos nos abandonarán, sólo Dios, en la Eucaristía, permanecerá junto a nosotros por los siglos. Por eso la Eucaristía debe ser lugar de encuentro, lugar donde el amor de Dios y nuestro amor se entrecruzan.

 

A Cristo, muerto y resucitado, presente en la Eucaristía, le mostramos nuestro amor en nuestra adoración. Ahí le contemplamos ‘tal cual es’, le alabamos, le damos gracias y dialogamos con él: escuchamos su cálida voz, nos dejamos interpelar por El y le hablamos como al Amigo, que no defrauda. Los adoradores y adoradoras habéis adquirido libremente el compromiso de pasar unas horas, durante una noche al mes, junto a Cristo Eucaristía. A veces se puede hacer costoso. Pero ¿no es más valioso el encuentro con El, el Amigo? Os animo a no bajar el listón porque “amor con amor se paga”. El amor de Dios desea ser correspondido con el nuestro. Dejad que El os hable, que El se os muestre, atended su Palabra, acoged sus caminos.

 

Sed ante el Señor-Eucaristía la voz de los enfermos, de los encarcelados, de los agonizantes, de los que caen y no hacen nada por levantarse, de las familias destrozadas, de los marginados, de los jóvenes desorientados, de los consagrados que han perdido “el amor primero”.

 

  1. Cada vez que participamos en la Eucaristía somos invitados a comer el Cuerpo de Cristo y a beber su Sangre, que son para nosotros ‘alimento del pueblo peregrino’, el pan que sostiene a cuantos peregrinamos en este mundo. El mismo Cristo lo anunció así: “Si no coméis mi sangre y no bebéis mi sangre no tenéis vida en Vosotros; el que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna” (Jn 6, 54-55).

 

La adoración de Cristo Sacramentado debe conducir siempre a la comunión sacramental o, al menos, espiritual. Si Cristo, a través de la comunión, es el que vive en nosotros, démonos cuenta de las consecuencias que conlleva. Cristo en nosotros es el que debe seguir actuando. Como Él tendremos que hacer la voluntad de Dios, dar la vida por los demás, perdonar, acercarnos a los alejados, salir a las periferias, como nos pide el papa Francisco, hacer el bien a manos llenas.

 

Adorar la Eucaristía, identificarnos con Cristo por la comunión, dejar que Cristo Eucaristía viva en nosotros nos acarreará, sinsabores, burlas, sonrisas despectivas. Pero el Señor nos ha dicho: “si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo. Y si uno me niega ante los hombres, yo también le negaré ante mi Padre del cielo” (Mt 10, 33).

 

  1. Ante Jesús Sacramentado oramos en esta noche, hermanos, por todos vosotros, adoradores, y por la oración nocturna española en Onda, por su vitalidad y por la savia de nuevos y jóvenes adoradores. Pedimos también por los sacerdotes, por los religiosos y religiosas, por los monjes y monjas de clausura, por los consagrados en medio del mundo, por los seminaristas y por el aumento de vocaciones al sacerdocio. Oramos por los niños, los jóvenes y las familias, para que encuentren en Cristo, el Camino, la Verdad y la Vida; por los gobernantes en su ardua tarea de contribuir a la construcción de la ‘civilización del amor’, basada en la justicia, la verdad y la paz.

 

La Virgen María, la Madre de Jesús, peregrina de la fe, signo de esperanza y del consuelo del pueblo peregrino, nos ha dado a Cristo, Pan verdadero. Que Ella nos ayude a descubrir la riqueza de este sacramento, a adorarlo con humildad de corazón y, recibiéndolo con frecuencia, a hacer presente a Cristo en medio del mundo con nuestras obras y palabras. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

2014.05.09 - Juan de Ávila

Homilía en la Fiesta de San Juan de Ávila

Castellón, S.I.Concatedral, 9 de Mayo de 2014

(1 Pt 5,2-3, Sal 88; Jn 10, 11-16)

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Amados sacerdotes, diáconos y seminaristas.

 

  1. En la alegría de la Pascua y por la presencia de la Mare de Déu del Lledó celebramos hoy la Fiesta de San Juan Avila, el Patrono de clero español. Esta Jornada Sacerdotal es un día para la acción de gracias, para la alabanza y para la petición. Damos gracias a Dios por el don de San Juan de Avila, “maestro ejemplar por la santidad de su vida y por su celo apostólico” (oración colecta). Animados por el Apóstol de Andalucía, por su espíritu, ejemplo y enseñanzas, manifestamos nuestra gratitud por el don de nuestro ministerio pastoral, en especial por el de estos hermanos nuestros que celebran su bodas sacerdotales. Con las palabras del Salmo (88), cantamos sin cesar las misericordias del Señor, proclamamos su grandeza por las maravillas que ha obrado en nosotros. Unidos en la oración suplicamos a Dios Padre que nos conceda la gracia de la santidad y de la alegría en el seguimiento de su Hijo, el Buen Pastor, por la intercesión y el ejemplo de nuestro Patrono, San Juan de Avila.

 

  1. Yo soy el buen Pastor” (Jn 10, 11). Así es como Jesús se presenta a sus discípulos. El Señor usa repetidas veces la imagen del pastor y de las ovejas. Pero en el Evangelio de hoy (Jn 10, 11-16) nos propone con toda claridad la figura del buen Pastor. El buen Pastor es aquel que cuida de sus ovejas, que busca a la extraviada, que cura a la herida y que carga sobre sus hombros a la extenuada. Más aún: “el buen Pastor da su vida por las ovejas” (Jn 10, 11). El Señor se refiere aquí a su entrega hasta muerte en la Cruz por amor y por la salvación de la humanidad entera. Jesús da su vida por amor a los suyos y por amor al Padre, en obediencia a la misión que le había encomendado, para que se forme un solo rebaño bajo un solo pastor.

 

A la imagen del buen Pastor, o del Pastor bueno, perfecto en todos sus aspectos y, en este sentido, único, Jesús contrapone la imagen del pastor mercenario que ve venir al lobo y huye. El falso pastor sólo piensa en si mismo. El pastor mercenario no tiene interés alguno por sus ovejas. Es incapaz de arriesgar su vida ante el peligro. En contraste con los falsos pastores, y con los maestros de la ley, Jesús se declara el buen Pastor, el Pastor modelo, que entregó su vida por cada uno de nosotros.

 

  1. Los presbíteros y los obispos hemos sido ungidos, consagrados y enviados para ser pastores y guías del pueblo de Dios; y los seminaristas os estáis preparando para serlo. Somos -y seréis- pastores del pueblo de Dios en nombre y en representación de Cristo Jesús, el Buen Pastor. Por ello no puede en caer nunca en olvido el lugar central que ha de ocupar Cristo en todo el Pueblo de Dios y la referencia permanente que ha tener nuestro ministerio de pastores a Él, el buen Pastor Esta centralidad de Jesucristo debe quedar siempre resaltada en la vida y misión de la Iglesia, y en el ejercicio y vivencia de nuestro ministerio.

 

El evangelio del buen Pastor nos lleva a una honda reflexión a todos los pastores en la Iglesia. Con los demás cristianos, somos ovejas, cuyo único Pastor es Cristo; para los demás somos pastores en nombre y en representación de Cristo, Cabeza y Pastor. Llamados a representarle, hemos de trasparentarle existencialmente. San Juan de Avila, que tantas veces glosó esta parábola, dice al respecto: “!Oh eclesiásticos, si os mirásedes en el fuego de vuestro pastor principal, Cristo, en aquellos que os precedieron, apóstoles y discípulos, obispos mártires y pontífices santos” (Plática 7º, 92ss).

 

Para ser buenos pastores, siguiendo las huellas del buen Pastor, es necesario cultivar una profunda relación de amor y amistad con Cristo Jesús. Recordemos la triple pregunta de Jesús a Pedro, antes de encomendarle el pastoreo de la Iglesia: “Pedro ¿me amas?”(cf. Jn 21, 15-17). Nadie da lo que no tiene. Nadie puede trasparentar y transmitir a Cristo, si no está unido vital y existencialmente a Él por el amor. Alejados de la fuente de la Vida, no podremos transmitir vida. Sólo desde nuestro amor a Cristo, podremos amar, cuidar y apacentar a aquellos que Él nos encomienda por medio de su Iglesia, y hacerlo con delicadeza y respeto, con comprensión y paciencias, y, sobre todo, con verdadero amor. Nuestra caridad pastoral será la prueba y expresión de nuestro amor a Cristo.

 

  1. Jesús mismo nos señala las condiciones del Buen Pastor, a saber: dar la vida por las ovejas; conocerlas bien, vivir entre ellas participando de sus problemas; y preocuparse especialmente de las que están fuera del redil. Son tres grandes principios para todo pastor en la Iglesia.

 

Ante todo y sobre todo: “el buen pastor da la vida por sus ovejas” (Jn 10, 11). Esta es la primera y principal característica del buen pastor: Dar, gastar y desgastar la propia vida por las ovejas. Es la suprema muestra del amor, del celo apostólico, de la caridad pastoral. De lo contrario se vivirá no para el ministerio, sino del ministerio; se servirá uno del ministerio en beneficio y provecho propio, en lugar de vivirlo como servicio desinteresado a los hermanos. San Pedro nos exhorta: “Sed pastores del rebaño de Dios a vuestro cargo, gobernándolo no a la fuerza, sino de buena gana, como Dios quiere; no por sórdida ganancia, sino con generosidad; no como déspotas sobre la heredad de Dios, sino convirtiéndoos en modelos del rebaño” (1 Pt 5,2-3). No es el autoritarismo, sino el amor entrañable y el servicio fraterno, lo que caracteriza al buen pastor. Ser buen pastor exige entrega incondicional y amor entrañable a los co-presbiteros, a la comunidad y a cada persona. Nuestra motivación no puede nunca ser el título o el puesto, la rentabilidad o el medrar sino el vivir una permanente actitud de servicio y el testimonio de una entrega total y desinteresada a la comunidad y a los hermanos: nuestro único interés ha de ser Jesucristo, su Evangelio y llevar a las personas al encuentro con Cristo y su salvación.

 

Jesús, el buen Pastor, conoce -es decir. ama- a sus ovejas, y pide que quienes le representan sigan sus huellas. Para Juan, ‘conocer a alguien’ es mucho más que saber su nombre y apellidos. Se trata de un conocimiento personal, surgido del diálogo y encuentro con el otro, de compartir sus alegrías y sus penas, su dolor y su gozo. Es el conocimiento que implica una comunidad de vida con los fieles, vivir entre ellos y con ellos, ‘oler a oveja’ (Papa Francisco), salir en su búsqueda y a su encuentro, como hizo Jesús. De lo contrario es imposible conocer sus problemas, sus gozos y sus angustias, sus necesidades e inquietudes y ofrecerles a Cristo, la Palabra y el Alimento de Vida. Existen muchas formas, y a veces muy sutiles, de vivir aparte o al margen de los fieles. Nadie puede cuidar la comunidad desde casa, desde el despacho, desde la iglesia y al resguardo del frío en tiempos de invierno pastoral por comodidad o por miedo al rechazo. El pastor bueno sale y se acerca, da el primer paso, acorta las distancias, dialoga con su gente con cercanía y sencillez.

 

Así va surgiendo también un nuevo tipo de comunidad cristiana: se trata de la comunidad reunida, integrada y unida por Cristo y en Cristo, donde se acoge con misericordia y se respeta el ritmo de cada uno con paciencia, y donde todos trabajan por el mismo objetivo: el encuentro salvífico con Cristo Jesús para ser discípulos y misioneros. Estas pocas líneas de Juan nos dan las pistas para una profunda renovación de nuestra tarea pastoral y de nuestras comunidades, para que sean discípulas y misioneras, donde cada uno pueda ocupar el lugar y asuma la misión que le corresponde.

 

Condición previa para conocer las ovejas, es estar con ellas, salir a su encuentro, no sólo de los que vienen, sino también de los que dejaron de venir o nunca vinieron. Sabemos muy bien, que cada día son más los bautizados alejados de la Iglesia, sobre todo entre los jóvenes y los matrimonios y familias jóvenes, en el mundo del trabajo, de la ciencia y en tantos otros más: esto nos está pidiendo un renovado esfuerzo pastoral, para acercarnos y afrontar estos ambientes. Aquí es donde se conoce al buen pastor. El estilo pastoral, que nos pide Jesús, el buen Pastor, es el de una pastoral misionera y propositiva, personal y personalizada. Jesús sabe acoger a las personas en un encuentro personal. En Jesús se da un respeto profundo a las personas en su intimidad más honda. Y ahí empieza la cura más profunda, es su método de salvación. Es un camino delicado que trastoca nuestra forma de vivir a veces el ministerio pastoral. Pero es el camino del buen Pastor.

 

  1. Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a  ésas las tengo que traer, y escucharán mi voz y habrá un solo rebaño y un solo pastor” (Jn, 10, 16).  El auténtico pastor no se cierra en su grupo, ni piensa sólo en los de dentro ni se contenta con los que vienen. El buen pastor tiene, por el contrario, un corazón amplio, abierto, universal; se siente el servidor de todos aquellos hombres que buscan la verdad. Jesús distingue entre redil y rebaño. El rebaño es la comunidad universal de los hombres: todos están llamados y son invitados a escuchar, acoger y vivir el Evangelio; el redil es la pequeña comunidad local integrada por un limitado número de personas. Jesús no se cierra a los que no le conocen, a los de fuera, ni les cierra las puertas; busca caminos para llegar a ellos. No olvidemos esta característica del buen Pastor; seguir sus huellas es aceptar este espíritu amplio, que no puede ser encerrado en las fronteras de una parroquia, diócesis, nación, cultura o raza, ni quedar reducido por la afinidad política, ideológica o de simpatía. Jesús no habla de la ‘conquista’ de los de fuera, ni menos de imponer su anuncio del Reino por la fuerza. Sí que habla por el contrario de los que ‘oirán su voz’: esa voz que arroja luz en la vida, que insinúa esperanza, que tiende la mano, que perdona, reconcilia, sana y salva..

 

  1. Queridos sacerdotes, es en la oración y en la contemplación donde podremos adquirir y mantener vicos los sentimientos, las actitudes y los comportamientos de Cristo, el buen Pastor. “En la escuela de la Eucaristía” encontraremos el secreto para vencer el conformismo y el desaliento, y mantendremos viva la energía interior que alimente nuestra caridad pastoral. En este día de fiesta, el buen Pastor nos invita de nuevo a seguir sus huellas con la radical fidelidad con que Juan de Ávila lo siguió.

 

El santo Maestro Avila fue un enamorado de la Eucaristía, hizo de su vida una ofrenda eucarística, signo de la caridad de Cristo que se da a los demás, siempre en comunión con la Iglesia y pendiente de las necesidades de los hombres. El es ejemplo de una vida gastada y desgastada por el Evangelio.

 

En esta Jornada Sacerdotal felicitamos de corazón a los hermanos que celebráis este año la bodas sacerdotales: de Diamante: D. Jesús Blasco Aguilar, D. Baltasar Gallén Olaria, D. Francisco Martí Gasulla, D. Luis Vivas Solá: de Oro: D. Vicente Agut Beltrán, D. Víctor Artero Barberá, D. Miguel Aznar Rabaza, D. José-Antonio Gaya Ballester, D. Vicente Gimeno Estornell, D. Nicolás Pesudo Llácer, D. Guillermo Sanchis Coscollá y el D. David Solsona Montón; y de Plata: D. Joan Molins Roca y D. Salvador Prades Muchas gracias a todos por vuestra entrega y ‘¡ad multos annos!’ Por vosotros, en especial, pero también por el resto de los pastores de su Pueblo, los obispos y los sacerdotes, le pedimos que nos conceda la gracia de ser fieles reflejos de Cristo, el buen Pastor. A Él le rogamos también que nos enseñe a saber cuidar con amor entregado de la pequeña parte del rebaño del Señor, que nos ha encomendado a cada uno..

 

Felicitamos también a los seminaristas que hoy serán instituidos en los ministerios de Lector o de Acolitado: David de Lector, y a Alex, Andrea e Isaac de acólitos. Nuestra felicitación se hace extensiva a sus familiares, a sus ectores, formadores, profesores y compañeros.

 

Que esta Eucaristía sea semilla fecunda de unas vidas sacerdotales cada vez más entregadas y de nuevas vocaciones al ministerio ordenado. Y que María, la Mare de Déu del Lledó, la mujer eucarística, nos acompañe a todos y cuide de nosotros para que sigamos siendo fieles a su Hijo Jesucristo, el Buen Pastor! Amen.

 

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

2016.03.27 - Pascua de Resurrección

Homilía en la Pascua de Resurrección

 

Segorbe, S.I. Catedral, 20 de abril de 2014

(Hch 10,34a.37-43; Sal 117; Col 3,1-4; Jn 20,1-9)

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  1. “¡Cristo ha resucitado!”. Es la Pascua de la Resurrección del Señor, el día del gozo y del triunfo, de la gloria y de las promesas cumplidas. Cristo ya no está en la tumba, en el lugar de los muertos. Su cuerpo roto, enterrado con premura el Viernes Santo ya “no está aquí”, en el sepulcro frío y oscuro, donde las mujeres lo buscan al despuntar el primer día de la semana. No: El no está aquí: Ha resucitado. El Ungido ya perfuma el universo y lo ilumina con nueva luz. Por ello podemos cantar: “¿Dónde está muerte tu victoria? ¿Dónde está muerte tu aguijón?”. El autor de la vida ha vencido a la muerte. Alegrémonos, hermanos: Cristo ha resucitado y, en su resurrección, Dios muestra que ha aceptado el sacrificio de su Hijo y en Él hemos sido salvados del pecado y de la muerte. “Muriendo destruyó nuestra muerte, y resucitando restauró la vida”.

 

¡Cristo vive! Esta es la gran verdad de nuestra fe. Aquel, al “que mataron colgándolo de un madero” (Hech 10, 39) ha resucitado, triunfando sobre el poder del pecado y de la muerte, de las tinieblas, del dolor y de la angustia. La resurrección de Cristo, hermanos, no es un mito para cantar el eterno retorno de la naturaleza, que florece de nuevo en primavera, o el proceso interminable de continuadas reencarnaciones, o una vuelta a la vida para volver a morir desesperadamente. Tampoco es una “historia piadosa” nacida de la credulidad de las mujeres o de la profunda frustración de un puñado de discípulos. La resurrección de Jesús es un acontecimiento histórico y real que sucede una sola vez y una vez por todas: El que murió bajo Poncio Pilato, éste y no otro, es el Señor resucitado de entre los muertos: Jesús vive ya glorioso y para siempre.

 

  1. ¿Pero creemos de verdad en la resurrección del Señor? La Palabra de Dios de hoy nos invita a acercarnos a la resurrección del Señor, acogiendo con fe el signo del sepulcro vacío y, sobre todo, el testimonio de personas concretas, “los testigos que él había designado”, a los que se apareció, con los que comió y bebió después de su resurrección”; a ellos les encargó dar solemne fe y testimonio de su resurrección (cf. Hech, 10, 41-42) .

 

La tumba-vacía es un signo esencial de la resurrección del Señor, pero es un signo imperfecto. Es un primer paso, pero insuficiente, para creer y encontrase con el Resucitado.  Algunos, como María Magdalena, ante el sepulcro vacío, exclamarán: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto” (Jn 20,2). Otros, como Pedro, se contentarán con constatar que la tumba está vacía: “entró en el sepulcro y vio las vendas en el suelo y el sudario con el que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte” (Jn 20,6). Otros, por el contrario, como Juan, darán un paso más y creerán; Juan “vio y creyó.  Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos” (Jn 20,8-9).

 

Para aceptar el sepulcro vacío como signo de la resurrección del Señor es necesaria la fe, como Juan; y, como en el resto de los discípulos, es necesario además el encuentro personal con el Resucitado para superar las dudas y la primera incredulidad.  “Nosotros esperábamos…” (Lc 24, 21), dirán los discípulos de Emaús,Si no veo en sus manos la señal de los clavos… no creeré”, dirá Tomás (Jn 20, 25).

 

Como en el caso de los discípulos, la Pascua pide tamben de nosotros un acto de fe en comunión con la fe de los apóstoles, testigos del Señor Resucitado; una fe que nos es trasmitida en sus sucesores, los Obispos, y en la comunidad de sus discípulos, la Iglesia. La resurrección pide creer personalmente que Cristo vive; pide el encuentro personal con El en la comunidad de los creyentes. Nuestra fe no es una credulidad fácil o débil; se basa en el testimonio unánime y veraz de aquellos que trataron con el Señor Resucitado directamente en los cuarenta días que permaneció resucitado en la tierra. “Pero Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver, no a todo el pueblo, sino a los testigos que Él había designado: a nosotros, que hemos comido y bebido con Él después de su resurrección. Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos” (Hech 10, 39-41). A los testigos se les cree, según la confianza que merecen, según el índice de credibilidad que se les reconoce. Pedro y el resto de los Apóstoles dan testimonio de algo de lo que están convencidos. Tan convencidos, que llegarán a entregar la vida por dar testimonio de que Cristo ha resucitado.

 

  1. ¡Cristo ha resucitado! Cristo Jesús no es una figura del pasado, alguien que existió en un tiempo y que se fue, dejándonos su recuerdo y su ejemplo. Su resurrección no es un hecho histórico hundido en el pasado, sin actualidad ni vigencia para nosotros. No: Cristo vivo es el Emmanuel, el Dios con nosotros. Su resurrección nos muestra que Dios no abandona a los suyos, a la humanidad, la creación entera. Con la resurrección gloriosa del Señor todo adquiere nuevo sentido y futuro: la existencia humana, la historia de la humanidad y la creación entera.

 

Cristo Jesús ha resucitado por todos nosotros y por todos los hombres, por mi y por tí, hermano. El es la primicia y la plenitud de una humanidad renovada. Su vida gloriosa es como un inagotable tesoro, que todos estamos llamados a compartir desde ahora. ¿Lo creemos de verdad? ¿Creo de verdad que la resurrección de Cristo me concierne, a mi a y tí, que nos concierne a todos? ¿Y qué significa esta fe en mi vida?

 

A los bautizados, nos recuerda San Pablo, que en la Pascua no sólo cantamos la resurrección del Señor; su resurrección nos concierne a cada uno de nosotros, tiene que ver con cada uno de nosotros, bautizados. Nos lo recuerda San Pablo en su carta a los Romanos: “Los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo fuimos incorporados a su muerte. Por el bautismo fuimos sepultados con El en la muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva” (Rom 6, 3-4). La Pascua de Cristo es por ello también nuestra propia Pascua.  Y añade: “Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios…” (Col 3,1). Celebrar a Cristo resucitado significa recordar y celebrar nuestro propio bautismo, significa reavivar la vida nueva recibida en la fuente bautismal: una vida que rompe las fronteras del tiempo y del espacio, porque es germen de eternidad; una vida, que anclada en la tierra, vive, sin embargo, según los bienes de allá arriba, los bienes del Reino de Dios: reino de verdad y de vida, de santidad y de gracia, de justicia de amor y de paz. Celebrar a Cristo resucitado nos llama a vivir libres de la esclavitud del pecado y en servicio constante del Dios vivo, presente en cada hombre y en la creación resucitada.

 

  1. Hoy, la Iglesia se reviste de sus mejores galas, porque Cristo ha resucitado. Y cuantos celebramos esta Pascua podemos afirmar: ¡Cristo está aquí!, en medio de nosotros. Él está aquí, en medio de nosotros, y nos quiere hablar al corazón. Él está aquí y nos quiere sanar de nuestras miserias, de muestras dudas y de nuestros miedos. Él está aquí y se deja palpar y exhala su Espíritu en nosotros. Él está aquí y nos alimenta con su Palabra y con su Cuerpo. Él está aquí y nos renueva, nos pacifica y nos resucita. El está aquí y nos llena con la alegría de sabernos amados inmensamente por Dios. Él está aquí y nos envía a salir por los caminos del mundo, para ir las periferias y ser testigos de la Vida resucitada.

 

La Pascua de Cristo es nuestra Pascua. La Pascua de Cristo está llamada a prolongarse en la Iglesia y en el mundo, en cada persona y en la sociedad. Es un proceso de lucha contra el mal y contra la muerte, porque en Cristo resucitado la Vida ha triunfado sobre el pecado y la muerte.

 

Cristo resucitado es el centro de nuestra fe y el fundamento de la esperanza de la humanidad. Si Cristo no hubiera resucitado, no sólo sería vana nuestra fe (cf. 1 Co 15,14), sino también nuestra esperanza, porque seríamos rehenes del mal y la muerte. “Ahora, en cambio, Cristo ha resucitado de entre los muertos, primicia de los que han muerto” (1 Co 15,20). Con su muerte, Jesús ha quebrantado y vencido la ley de la muerte, extirpando para siempre su raíz ponzoñosa, el pecado.

 

  1. “¡Paz a vosotros!” (Jn 20,19.20). Éste primer saludo del Resucitado a sus discípulos se repite hoy al mundo entero. Para todos, especialmente para los pequeños y los pobres, para los abatidos y los atribulados, para los que sufren cualquier tipo de miseria, la Pascua proclama hoy la esperanza de la paz, basada en los sólidos pilares del amor y de la justicia, de la verdad y de la libertad. ¡Que la paz triunfe sobre las guerras en todas las regiones del mundo, que la padecen! ¡Que la paz del Resucitado triunfe sobre la violencia verbal y física! ¡Que la paz del Resucitado transforme nuestros corazones y supere el egoísmo, la mentira, la codicia y la crispación en nuestra sociedad! ¡Que el perdón, don del resucitado, supere nuestra mentalidad mundana de la venganza y de la violencia, del rencor y del odio!

 

Como a los Apóstoles, Cristo nos dice hoy a todos: “¡Ánimo, soy yo, no temáis!” (Mc 6,50). Él está con nosotros. Su presencia nos da fuerza para superar nuestras zozobras en la fe, para superar nuestros miedos y respetos humanos a confesarnos cristianos,  para vivir con alegría como discípulos suyos en la comunidad de los creyentes, para seguir anunciando a Jesucristo resucitado para salir por los caminos del mundo e ir a las periferias a anunciar y llevar a todo hombre y mujer, la buena nueva de Dios para los hombres.

 

¡Cristo ha resucitado! Cristo está vivo entre nosotros. El está realmente presente en el sacramento de la Eucaristía. Él se ofrece como Pan de salvación y como Alimento de los peregrinos. Ha resucitado Cristo, nuestra paz y nuestra esperanza. ¡Aleluya!
¡Feliz Pascua de Resurrección para todos!

 

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

2015.04.04 - Vigilia Pascual

Homilía de la Vigilia Pascual

 

Segorbe. S.I. Catedral, 19 de abril de 2014

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  1. “No está aquí. Ha resucitado, como había dicho” (Mt 28,6). Este es el anuncio del ángel vestido de blanco a María Magdalena y a la otra María, que habían acudido a ver el sepulcro. Esta es la gran noticia en la Noche Santa de Pascua: Cristo Jesús ha resucitado. Es la Pascua del Señor: Jesús, el Crucificado, ha pasado a través de la muerte a la Vida, Cristo ha pasado con su cuerpo a una nueva vida, la vida gloriosa de Dios. El Señor vive para siempre.

 

Esta es, queridos hermanos, la razón de nuestra asamblea litúrgica en esta Vigilia Pascual, la fiesta cristiana por excelencia. Esta es la razón de nuestra alegría pascual ¡Aleluya, hermanos! Alegrémonos porque Jesús ha resucitado; gocemos de la presencia del Señor Resucitado en medio de nosotros. En medio de la oscuridad de la noche, Cristo Jesús ha sido liberado de la muerte y llenado del Espíritu de Dios, el Espíritu de la Vida.

 

  1. “Demos gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterna su misericordia” (Sal 117). La Palabra de Dios nos lo ha recordado. Dios no es un dios de muerte, sino el Dios del Amor y de la Vida.

 

En la primera creación del mundo, el Espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas primeras y las llenó de luz y de vida. Lo primero que Dios creó fue la luz: “Que exista la luz”; la luz para ver a Dios, para descubrir la verdad y el bien, para descubrir la armonía la belleza de toda la creación. Dios creó todas las cosas y al hombre por amor y para la vida misma de  Dios, para la verdad y el bien, para la amistad de todos con Dios. ¡Y vio que era muy bueno! Ahora, en la nueva creación, el mismo Espíritu ha actuado poderosamente en el sepulcro de Jesús y ha llenado de Vida nueva y gloriosa a Jesús, el primogénito de toda la nueva creación.

 

Cuando el hombre en uso de su libertad rechaza la vida y el amor de Dios, cuando rompe la armonía de la creación y rechaza la amistad de Dios, Dios en su infinita misericordia no le abandona. En la culpa humana, Dios muestra su amor misericordioso y promete al Salvador. ¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor! Para rescatarnos del pecado de Adán nos dio al Salvador, quien muriendo nos libera del pecado y de la muerte, y resucitando triunfa sobre la muerte y nos devuelve la vida.

 

Dios no abandona nunca al hombre. Dios no es un dios lejano. Dios está presente siempre y pasa permanentemente por la existencia del hombre, de cada hombre: pasa por la vida de Adán, pasa por la existencia de Abrahán evitando la muerte de su hijo Isaac, pasa por la historia de su Pueblo Israel y lo salva de la esclavitud de Egipto. Y en el paso del Mar Rojo nos prepara para entender el paso de Cristo a una nueva existencia, liberándonos a todos, como un nuevo Moisés que guía a su pueblo a través de las aguas del Bautismo. Dios pasa haciéndose oír por la voz de los profetas que recordaban su amor eterno hacia su pueblo: un amor que se convierte en alianza eterna, que sacia la sed de vida del hombre; un amor que por el camino de los preceptos de la vida conduce a la auténtica sabiduría; y un amor que da un corazón nuevo y un espíritu nuevo.

Pero sobre todo, Dios pasa por la existencia entregada de su Hijo: Dios no lo abandona en la muerte, le ‘hace pasar’ por la muerte a la vida. El Viernes Santo, escuchábamos conmovidos la pasión y muerte de Jesús en la Cruz; y depositábamos su cuerpo en el sepulcro. Esta Noche santa escuchamos: “No está aquí. Ha resucitado”. Es la Pascua del Señor, su paso de la muerte a la vida gloriosa y sin fin. Es el triunfo de la Vida de Dios sobre el pecado y sobre la muerte.

 

  1. Anunciemos por doquier que es la Pascua: que Dios “ha pasado” y pasa por la vida de los hombres desde la misma creación para mostrarnos que nos ama; que este mismo Dios, en la plenitud de los tiempos “ha hecho pasar” a Jesús de la muerte a la Vida; y que “ha pasado”, por nuestras vidas para liberarnos de nuestras esclavitudes y miserias, para llevarnos a la Vida nueva de Dios por el Bautismo.

 

Sí, hermanos. En la Pascua no sólo cantamos la Resurrección del Señor; su Resurrección nos concierne a cada uno de nosotros, tiene que ver con cada uno de nosotros, bautizados. Nos lo ha recordado San Pablo en su carta a los Romanos: “Los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo fuimos incorporados a su muerte. Por el bautismo fuimos sepultados con El en la muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva. Porque si nuestra existencia está unida a Él en una muerte semejante a la suya, lo estará también en una resurrección como la suya” (Rom 6, 3-4). La Pascua de Cristo es por ello también nuestra propia Pascua.

 

Por ello, ¿qué mejor ocasión que la Vigilia pascual para ser incorporados al misterio pascual de Cristo y para hacer memoria de nuestra incorporación a él por el Bautismo? Esta noche tenemos la dicha de celebrar el bautismo de estos niños -Israel y Celia-, de recordar nuestro propio bautismo y de renovar con corazón agradecido nuestras promesas bautismales. Y lo haréis con una nueva fuerza y alegría renovada, vosotros, los miembros de la tercera comunidad de la Trinidad de Castellón, que tras largos años de recorrido habéis concluido el Camino Neocatecumenal.

 

La mejor explicación que se puede dar de todo bautismo y del bautismo que estos niños van a recibir, son esas palabras de San Pablo. El nos enseña que ser bautizados significa ser incorporados a la Pascua del Señor, pasar con Cristo de la muerte del pecado a la vida en Dios. Como estos niños en esta noche Santa, como nosotros un día, por el bautismo renacemos a la nueva vida de la familia de Dios: lavados de todo vínculo de pecado, signo y causa de muerte y de alejamiento de Dios, Dios Padre nos acoge amorosamente como a sus hijos en el Hijo y nos inserta en la nueva vida resucitada de Jesús.

 

Como nosotros un día, así también, vuestros hijos, queridos padres, quedarán esta noche vitalmente y para siempre unido al Padre Dios en su Hijo Jesús por el don del Espíritu Santo en el seno de la familia de Dios. A partir de hoy serán hijos de Dios en su Hijo, Jesucristo, y, a la vez, hermanos de cuantos formamos la familia de los hijos Dios, es decir, la Iglesia.

 

Como al resto de los bautizados, esta familia de la Iglesia, en que hoy quedan insertados, no los abandonará nunca ni en la vida ni en la muerte, porque esta familia es la familia de Dios, que lleva en sí la promesa de eternidad. Esta familia no los abandonará incluso en los días de sufrimiento, en las noches oscuras de su vida. Esta familia les brindará siempre consuelo, fortaleza, aliento y luz; les dará palabras de vida eterna, esas palabras de esperanza que iluminan y responden a los grandes desafíos de la vida e indican el camino exacto a seguir hasta la casa del Padre.

 

Vuestros hijos reciben hoy una nueva vida: es la vida misma de Dios, es la via eterna, germen de felicidad plena y eterna, porque es comunión con Aquel que ha vencido la muerte y tiene en sus manos las llaves de la Vida. La comunión con Cristo es vida y amor eternos, más allá de la muerte, y, por ello, es motivo de esperanza. Esta vida nueva y eterna, que hoy reciben vuestros hijos y que hemos recibido todos los bautizados, es un don que ha de ser acogido, vivido y testimoniado personalmente. Los padres y padrinos, haciendo las promesas bautismales diréis, en su nombre, un triple ‘no’: diréis ‘no’ a Satanás, el padre y príncipe del pecado, a sus obras y a sus seducciones al mal, para vivir en la libertad de los hijos de Dios; es decir, en su nombre renunciaréis y diréis ‘no’ a lo que no es compatible con la amistad que Cristo les da y ofrece, a lo que no es compatible con la vida verdadera en Cristo. Pero, ante todo, en la profesión de fe, diréis un ‘sí’ a la amistad con Cristo Jesús, muerto y resucitado, que se articula en tres adhesiones: un ‘sí’ al Dios vivo, es decir a Dios creador, que sostiene todo y da sentido al universo y a nuestra vida; un ‘sí’ a Cristo, el Hijo de Dios que nos da la vida y nos muestra el camino de la vida; y un ‘sí’ a la comunión de la Iglesia, en la que Cristo es el Dios vivo, que entra en nuestro tiempo y en nuestra vida.

 

¡Que el amor por vuestros hijos, que mostráis hoy al presentarlos para que reciban el don del bautismo, permanezca en vosotros a lo largo de los días! ¡Enseñadles y ayudadles con vuestra palabra y, sobre todo, con vuestro testimonio de vida a vivir y proclamar la nueva vida que hoy reciben! ¡Enseñadles y ayudadles a encontrarse personalmente con Jesús para conocerle, amarle y vivir tras sus huellas! ¡Enseñadles y ayudadles a vivir en la comunión de la familia de Dios, como hijos de la Iglesia, a la que hoy quedan incorporados, para que participen de su vida y de su misión! !Enseñadles a vivir la alegría del Evangelio que brota de la experiencia de ser amados por Dios! !Apoyadles para que compartan con otros la alegría del Evangelio!

 

  1. También nosotros, los ya bautizados, recordamos hoy el don de nuestro propio bautismo renovando las promesas bautismales, por las que decimos ‘no’ a Satanás, a sus obras y seducciones para vivir la libertad de los hijos de Dios, y haciendo la profesión de fe en Dios Padre, creador de todo, en Cristo Jesús, muerto y resucitado para la vida del mundo, y en el Espíritu Santo que nos une y mantiene en la comunión de la Iglesia. Es una nueva oportunidad para dejar que se reavive en nosotros la nueva vida del nuestro bautismo. San Pablo nos exhorta a que “andemos en una vida nueva”. Si hemos muerto con Cristo, ya no podemos pecar más. ¡Vivamos con la ayuda de la gracia la nueva vida: la vida de hijos de Dios en el seguimiento del Hijo por la fuerza del Espíritu Santo en el seno de la Iglesia!.

 

El Espíritu Santo clama en nuestro corazón y nos mueve a dirigirnos a Dios para decirle: “!Abba¡ ¡Padre¡”. Porque somos en realidad hijos adoptivos de Dios en Cristo Jesús, “muerto por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación” (Rom 4,25). Con espíritu filial, dispongámonos, hermanos, ahora a celebrar el bautismo de estos niños. Movidos por este mismo espíritu filial renovemos nuestras promesas bautismales y participemos luego en la mesa eucarística. Hacedlo vosotros, queridos hermanos y hermanas, que concluís el Camino Neocatumenal y os habéis preparado de modo especial para renovarlas solemnemente en esta S.I. Catedral-Basílica ante mí, sucesor de los Apóstoles. Vuestras túnicas blancas de lino son signo de vuestra nueva vida bautismal que os acompañarán también en el tránsito hacia la casa del Padre. En vuestros escrutinios habéis visto de dónde procedías cada uno: en algunos casos seguro que de un mundo de destrucción y de miseria, por vivir alejados del amor de Dios por el pecado; pero también habéis experimentado el amor de Dios en Cristo, su misericordia infinita que os ha re-creado haciendo de vuestra propia historia una historia de salvación.

 

Renovados así en el amor de Jesucristo podréis y podremos todo seguir nuestro camino en el mundo bajo la mirada del Padre y con la fuerza del Espíritu. Fortalecidos así en la fe y vida cristianas estaremos prontos para dar razón de nuestra esperanza y para llevar a nuestros hermanos el mensaje de la resurrección. “!El no está aquí. Ha resucitado. Aleluya!”. Amén.

 

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón