2016.03.27 - Pascua de Resurrección

Homilía en el Domingo de Pascua de Resurrección

Segorbe, S.I. Catedral-Basílica, 27 de marzo de 2016

 (Hch 10,34a.37-43; Sal 117; Col 3,1-4; Jn 20,1-9)

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¡Hermanas y hermanos en el Señor!

 

  1. “¡Cristo ha resucitado! ¡Aleluya!”. Es la Pascua del Señor, el Día en que actuó el Señor, día de gozo y de triunfo. Cristo ya no está en la tumba, en el lugar de los muertos. Su cuerpo roto, enterrado con premura el Viernes Santo, ya no está en el sepulcro frío y oscuro, donde las mujeres lo buscan al despuntar el primer día de la semana. No: “El no está aquí: Ha resucitado”. El Ungido ya perfuma el universo y lo ilumina con nueva luz.

 

Y porque Cristo ha resucitado podemos cantar: “¿Dónde está muerte tu victoria? ¿Dónde está muerte tu aguijón?”. El autor de la vida ha vencido a la muerte. Alegrémonos, hermanos: Cristo ha resucitado y, en su resurrección, Dios muestra que ha aceptado el sacrificio de su Hijo y en Él hemos sido salvados. “Muriendo destruyó nuestra muerte, y resucitando restauró la vida”.

 

¡Cristo vive glorioso! Esta es la gran verdad de nuestra fe. Aquel, al “que mataron colgándolo de un madero” (Hech 10, 39) ha resucitado; ha triunfado sobre el poder del pecado y de la muerte, de las tinieblas y del dolor, de la angustia y de enfermedad. La resurrección de Cristo, hermanos, no es un mito, no es una invención, no es una historia piadosa nacida de la credulidad de unas mujeres, no es una leyenda fruto de la profunda frustración de un puñado de discípulos. La resurrección de Jesús es un acontecimiento histórico y real que sucede una sola vez y una vez por todas: El que murió bajo Poncio Pilato, éste y no otro, es el Señor resucitado de entre los muertos. No se trata de la vuelta a esta vida de un muerto para volver a morir. No: el cuerpo muerto y sepultado de Jesús vive ya glorioso y para siempre junto a Dios.

 

  1. En el Credo confesamos que Jesús, muerto y sepultado, al tercer día resucitó de entre los muertos. La Palabra de Dios de hoy nos invita a acercarnos a la resurrección del Señor, acogiendo con fe el signo del sepulcro vacío y, sobre todo, el testimonio de personas concretas, “los testigos que él había designado”, a los que se apareció, con los que comió y bebió después de su resurrección; a ellos les encargó dar solemne fe y testimonio de su resurrección (cf. Hech, 10, 41-42) .

 

La tumba vacía es un signo esencial de la resurrección, pero imperfecto. Algunos, como María Magdalena, ante el hecho del sepulcro vacío, exclamarán: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto” (Jn 20,2). Otros, como Pedro, se contentarán con entrar “en el sepulcro” y ver “las vendas en el suelo y el sudario con el que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte” (Jn 20,6). Otros, como Juan, van más allá: Juan “vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos” (Jn 20,8-9).  El suceso mismo de la resurrección, el paso de la muerte a la vida de Jesús, no tiene testigos; escapa a nuestras categorías de tiempo y espacio. Las mujeres, los Apóstoles y los discípulos se encuentran con Cristo Vivo, una vez resucitado. Para aceptar el sepulcro vacío como signo de su resurrección es necesaria le fe, como Juan; y como en el resto de los discípulos es necesario el encuentro personal con el Resucitado para superar las dudas, para superar la incredulidad inicial.  “Nosotros esperábamos…” (Lc 24, 21), dirán los discípulos de Emaús; o “Si no veo en sus manos la señal de los clavos… no creeré”, dirá Tomás (Jn 20, 25).

 

Como en el caso de los discípulos, la Pascua pide tamben de nosotros un acto de fe, fiándonos del testimonio de los apóstoles; un testimonio que nos es trasmitido en la Sagrada escritura y en la tradición viva de la Iglesia. La resurrección pide creer personalmente que Cristo vive; pide el encuentro personal con El en la comunidad de los creyentes. Nuestra fe no es credulidad débil o fácil; se basa en el signo del sepulcro vació y en el testimonio unánime y veraz de aquellos que trataron con Él directamente en los cuarenta días que permaneció resucitado en la tierra. “Pero Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver, no a todo el pueblo, sino a los testigos que Él había designado: a nosotros, que hemos comido y bebido con Él después de su resurrección. Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos” (Hech 10, 39-41). A los testigos se les cree, según la confianza que merecen, según la credibilidad que se les reconoce. Pedro y el resto de los Apóstoles dan testimonio de algo de lo que están profundamente convencidos. Tan convencidos, que llegarán a dar la vida por ser testigos de la resurrección de Cristo.

 

  1. ¡Cristo ha resucitado! La resurrección de Cristo no es un hecho histórico hundido en el pasado pero sin actualidad, ni tan sólo algo que afecta a Jesús, pero sin vigencia para nosotros. No: ¡Cristo vive hoy!. Y su resurrección nos muestra que Dios no abandona nunca a los suyos, a la humanidad y a su creación. Con la resurrección gloriosa del Señor todo adquiere nuevo sentido: la existencia humana, la historia de la humanidad y la creación. A pesar de todas las apariencias y de los duros reveses, la historia, la creación, la humanidad no camina hacía la destrucción y el caos, sino hacia Dios.

 

Y, porque Cristo ha resucitado, es posible un mundo más justo, más fraterno, más dichoso, un mundo según el deseo de Dios. Desde entonces, la esperanza cristiana no es una utopía sino una actitud fundada y realista. Desde la resurrección de Cristo cabe pensar en una sociedad más humana, más solidaria, más dichosa, más según Dios. Todo esto es posible porque Cristo ha resucitado.

 

Creer que Cristo ha resucitado significa creer que El ha inyectado ya en el corazón de la historia un fermento, una levadura, un brote de vida, que nada ni nadie podrá apagar. Creer en Jesucristo resucitado significa que Dios ha apostado efectivamente por la humanidad, por la creación, por todos nosotros, por ti y por mí. Al resucitar a Jesús, Dios ha dicho sí al hombre nuevo y a la humanidad nueva. Cristo no ha resucitado en vano.

 

De aquí se deriva una actitud básicamente positiva ante las personas, la sociedad, ante la creación, pese al pecado, los egoísmos, las guerras, los odios, la cultura de la muerte y todas las manifestaciones del mal que podamos encontrar en el mundo. Cristo ha resucitado y Dios acabará ganando. Y ello nos da fuerza para luchar contra el pecado y todas sus manifestaciones, para que la gracia, el amor de Dios y la resurrección de Cristo prevalezcan sobre el mal, sobre el pecado y sobre la muerte. Pero ¿nos lo creemos de verdad?.

 

  1. ¡Cristo ha resucitado! Y lo ha hecho por todos nosotros y por todos los hombres. El es la primicia y la plenitud de una humanidad renovada. Su vida gloriosa es como un inagotable tesoro, que todos estamos llamados a compartir desde ahora.

 

A los bautizados, nos recuerda San Pablo: “Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios…” (Col 3,1). Celebrar a Cristo resucitado significa también reavivar la vida nueva que los bautizados hemos recibido en la fuente del bautismo: una vida que rompe las fronteras del tiempo y del espacio, porque es germen de eternidad; una vida, que anclada en la tierra, vive, sin embargo, buscando los bienes de allá arriba, los bienes del Reino de Dios: la verdad y la vida, la santidad y la gracia, la justicia, el amor y la paz. Celebrar a Cristo resucitado nos llama a vivir libres de la esclavitud del pecado y en el servicio constante del Dios vivo, presente en los hombres y en la creación.

 

¡Cristo ha resucitado! Y está aquí en medio de nosotros. Y nos habla al corazón. Él está aquí, y nos cura de nuestras dudas y nuestros miedos. Él está aquí, y se deja palpar y exhala su Espíritu en nosotros. Él está aquí, y nos alimenta con su palabra y con su cuerpo. Él está aquí, nos renueva, nos fortalece y nos ofrece la alegra pascual.

 

  1. ¡Cristo ha resucitado! Él nos envía a ser testigos de su resurrección. Hemos de contar lo que hemos visto y oído. Como los Apóstoles, estamos llamados a ser ante todo testigos del Señor Resucitado y de su resurrección, mediante un testimonio creíble por las obras, que sea señal de vida y de esperanza para el mundo. Porque vida y esperanza es buscar sinceramente la presencia de Cristo y confesar públicamente el nombre de Jesús, su mensaje, su salvación. Porque vida y esperanza es recibir la gracia que se ofrece en la fe y en los sacramentos pascuales para tener la fuerza necesaria para seguir fielmente a Cristo y dar testimonio de Él con la palabra y, sobre todo, con las obras.

 

Vivamos como hombres nuevos, renacidos con Cristo resucitado. Seremos hombres nuevos si buscamos sinceramente la verdad y el bien, y vivimos en consecuencia; si estamos abiertos al Espíritu; si nos aceptamos gozosos como imagen e hijos de Dios; si nos revestimos de Cristo e imitamos al Maestro; si vivimos permanentemente agradecidos a la bondad de Dios; si hacemos de la caridad y del amor fraterno norma constante de vida. Hombres nuevos son los que han resucitado con Cristo, gozan con la esperanza y se alegran con el bien. Hombres  envejecidos, por el contrario, son quienes se empeñan en la mentira, en la codicia, en la envidia, en reducir todo a materia, dinero o placer carnal; hombres envejecidos son los que se empeñan en desconocer su origen divino y su destino eterno, y caminan por este mundo sin razón de ser ni horizonte que alcanzar; los que cierran en sí mismos; los que han perdido la capacidad del agradecimiento, porque la indiferencia y el egoísmo les ha secado el alma; los que no aman a nadie y ni desean ser amados por nadie; los que no saben perdonar ni aceptan el perdón; los que han perdido la capacidad de esperar.

La resurrección del Señor puede cambiar todo: podemos pasar de la cruz al gozo, de la muerte a la vida, de las afrentas a la alabanza, de las lágrimas al consuelo, del pecado a la gracia, de las tinieblas a la luz. Así debe ser nuestra pascua: tránsito y cambio de lo viejo a lo nuevo, del pecado a la virtud, de la mentira a la verdad.

  1. ¡Cristo ha resucitado! Y con su resurrección toman nueva vida todas las cosas. Será el amor fraterno el que haga olvidar viejos odios. Será la misericordia la que haga fuerte la unidad de los hombres y mujeres. ¡Cristo ha resucitado y está vivo entre nosotros. Él está realmente presente en el sacramento de esta Eucaristía. Él se nos ofrece como Alimento de los peregrinos. Ha resucitado Cristo, nuestra paz y nuestra esperanza. ¡Aleluya!

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

2016.03.25 - Viernes Santo

Homilía en la Celebración Litúrgica de Viernes Santo

Segorbe, S.I. Catedral-Basílica, 25 de marzo de 2016

(Is 52,13 – 53,12; Sal 30; Hb 4,14-16; 5,7-9; Jn 18,1 – 19,42)

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  1. Es Viernes santo. La escucha y contemplación de la pasión de nuestro Señor Jesucristo nos adentra en la celebración litúrgica de este día santo. Hemos recordado y acompañado con piedad a Jesús en los pasos de su vía dolorosa hasta la Cruz. El Señor es traicionado por Judas; es asaltado, prendido y maltratado por los guardias; es negado por Pedro y abandonado por todos sus apóstoles, menos por Juan; una vez, condenado por pontífices y sacerdotes indignos, juzgado por los poderosos, soberbios y escépticos es azotado, coronado de espinas e injuriado por la soldadesca; luego es conducido como reo que porta su cruz hasta el lugar de la ejecución; y, por fin, es crucificado, levantado en alto, muerto y sepultado.

 

  1. En la Cruz contemplamos el ‘rostro doliente’ del Señor. El es ‘siervo paciente’, el ‘varón de dolores’, humillado y rechazado por su pueblo. En la pasión y en la cruz contemplamos al mismo Dios, que asumió el rostro del hombre, y ahora se muestra cargado de dolor. Es el dolor provocado por el pecado. No por su pecado personal, pues es absolutamente inocente; es el dolor provocado por la tragedia de mentiras y envidias, traiciones y maldades de la humanidad que se echaron sobre él, para condenarlo atropelladamente a una muerte injusta y horrible. Él carga hasta el final con el peso de los pecados de todos los hombres y con todo el sufrimiento humano. Con su muerte redime al mundo. Jesús mismo había anunciado: “El Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por la multitud” (Mc 10,45).

 

En la Cruz contemplamos su cuerpo entregado y su sangre derramada por nosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados. Cristo sufre y muere no por otra razón sino “por nuestros pecados” (1 Co, 15,3) y “por nosotros”: a causa de nosotros, en favor de nosotros y en lugar de nosotros. Su mayor dolor es sentirse abandonado por Dios; es decir, sufrir la experiencia espantosa de soledad y vacío que sigue al pecado, que sigue al alejamiento de Dios. Él, que no tenía pecado alguno, quiso llegar hasta el fondo de las consecuencias del mal. Por eso en sus últimos momentos grita: “Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado”(Mc 15,34).

 

En la Cruz, Jesucristo carga con el dolor de muchos hermanos, que hoy padecen angustia y desconcierto, en parte por sus pecados, pero mucho más aún por los pecados de los demás, por las violencias y por los egoísmos humanos, que los aprisionan y esclavizan, por las corrupciones y por tantos otros males y pecados. Viernes Santo hoy es la miseria y el hambre de millones de hermanos en todo el mundo; es la muerte de tantas criaturas no nacidas que no verán nunca la luz; son los desgraciados enganchados en la droga, al alcohol y al sexo; son los esclavizados por el dinero; son los enfermos desahuciados por el sida, los ancianos abandonados, los esposos e hijos de matrimonios rotos, los padres y los jóvenes sin trabajo y sin un previsible futuro, los amenazados de desahucio, los refugiados rechazados como mercancía. La Cruz de Cristo está formada por las lágrimas, por el abatimiento y la triste­za, por la soledad o por la enfermedad, por el dolor o por la muerte. La Cruz está ahí, en todas partes: y siempre en ella el Crucificado. “¿Dónde está vuestro Dios, nos preguntan ante tanta cruz en el mundo?”, “Ahí, responde­mos, en la Cruz, crucificado”. Siempre con los crucificados, unido a los padecimientos y sufrimientos de los hombres, nunca huyendo de ellos.

 

  1. Pero en la oscuridad de la Cruz rompe la luz de la esperanza. “Mirad, mi siervo tendrá éxito, subirá y crecerá mucho”(Is 52,13). El Siervo de Dios, aceptando su papel de víctima expiatoria, trae la paz, la salvación, la justificación, la esperanza y la luz de muchos. En la Cruz, “Dios estaba reconciliando consigo al mundo” (2 Cor 5, 19). La Cruz, a la vez que descubre la gravedad del pecado, nos manifiesta la grandeza e infinitud del amor misericordioso de Dios, que quiere librarnos del pecado y de la muerte. Desde la Cruz, el Hijo de Dios, padeciendo el castigo que no merecía, mostró la grandeza del corazón de Dios, y su infinita misericordia; y exclama: “!Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen!”(Lc 23,34).

 

La salvación es la liberación del hombre de todo sus pecados, de sus males y miserias, y la reconciliación con Dios y con los hermanos. La salvación es toda ella obra de Dios, fruto de su amor infinito. Porque sólo el amor infinito de Dios hacia los hombres pecadores es lo que salva; el amor de Dios es la única fuerza capaz de liberar y justificar, de reconciliar y santificar.

 

  1. En la Cruz, el amor de Dios, eterno en su misericordia, se ha abrazado para siempre con el hombre y con el mundo. El Hijo de Dios, revestido de nuestra carne pecadora, realiza su propia misión en total libertad y obediencia al Padre. En su vida y en su muerte. El sí del hombre al amor de Dios en Cristo Jesús se expresó definitivamente y para siempre en la aceptación de la muerte, en el sacrificio de la cruz. Jesucristo crucificado, que se entrega a la muerte por amor en obediencia al Padre, es el ‘amén’ del hombre al amor de Dios.

 

Apenas el hombre, en Cristo Jesús, dio su respuesta al amor de Dios, este amor eterno invadió al mundo con toda su fuerza. “Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mi” (Jn 12 32). La Cruz se convierte en el ‘árbol de la vida’ para el mundo: en ella se puede descubrir el sentido último y pleno de cada existencia y de toda la historia humana: y éste no es otro que el amor de Dios.

 

En Viernes Santo, Jesús convierte la Cruz en instrumento de salvación universal. Desde entonces la Cruz ya no es sinónimo de maldición, sino signo de bendición. Al hombre atormentado por la duda y el pecado, la cruz le revela que “Dios amó tanto al  mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 16). En una palabra, la cruz es el símbolo supremo del amor de Dios. “Acerquémonos confiadamente al trono de la gracia para alcanzar misericordia”. El amor de Dios requiere ser acogido; el amor del Amante espera de la respuesta del amado. Sin esa respuesta no se produce la obra del amor de Dios; Y esto significa juicio y condenación, significa vivir alejados del amor de Dios y hundidos en nuestras miserias, dolor, injusticias y mentiras.

 

  1. Contemplemos y adoremos con fe la Cruz de Cristo. Miremos al que atravesaron. Miremos a Cristo: contemplemos su sufrimiento causado por el pecado, por la crueldad e injusticia humana. Contemplemos en la Cruz a los que hoy están crucificados, a todas la victimas de la maldad humana, a los que sufren y tienen que cargar con su cruz. Miremos el pecado del mundo, reconozcamos nuestros propios pecados, con los que Cristo tiene hoy que cargar.

 

Contemplemos y adoremos la Cruz. Es la manifestación suprema del amor misericordioso de Dios, la expresión del amor más grande, que da la vida para librarnos de la muerte eterna. Si abrimos nuestro corazón a la Cruz, sinceramente convertidos y con verdadera fe, el amor de Dios nos alcanzará. Y el Espíritu de Dios derramará en nosotros el amor y podremos alcanzar la salvación de Dios.

 

Al pie de la cruz la Virgen María, unida a su Hijo, pudo compartir de modo singular la profundidad de su dolor y de su amor. Nadie mejor que ella nos puede enseñar a amar la Cruz. A ella encomendamos en especial a todos los que sufren a causa de su pecado, del egoísmo, de la injusticia o de la violencia. A ella encomendados a los enfermos y a los cristianos perseguidos a causa de su fe en la Cruz. ¡Que la cruz gloriosa de Cristo sea para todos prenda de esperanza y de salvación¡ Amén.

 

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

2016.03.24 - Jueves Santo

Homilía de Jueves Santo en la Misa “En la cena del Señor”

Segorbe, S.I. Catedral, 24 de marzo de 2016

(Ex 12,1-8.11-14; Sal 115; 1 Co 11,23-26; Jn 13,1-15)

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En Jueves santo comienza la Pascua

  1. En la tarde de Jueves Santo conmemoramos la última Cena de Jesús con sus Apóstoles. Al traer a nuestra memoria y a nuestro corazón las palabras y los gestos de Jesús aquella tarde-noche nuestra mente se traslada al Cenáculo, donde Jesús se ha reunido con los suyos para celebrar la Pascua. Allí, Jesús “habiendo amado a los suyos, que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13, 1). Y como signo este amor hasta el extremo, aquella “noche en que iba a ser entregado” (1 Co 11, 23), Jesús nos deja su testamento hasta que él vuelva en cuatro dones: la nueva Pascua, la Eucaristía, el Orden sacerdotal y el mandamiento nuevo del Amor. Trasladémonos en espíritu hasta el Cenáculo.

 

Don de la nueva Pascua

  1. Allí, Jesús se ha reunido con sus Apóstoles para celebrar con ellos “la Pascua (la fiesta) en honor del Señor” (Ex 12, 11), que conmemora ‘el paso del Señor’ para liberarlo de la esclavitud de Egipto y establecer la Alianza de Dios con su Pueblo. Jesús elige la celebración de la Pascua judía para establecer la nueva y definitiva Alianza. Él es el ‘verdadero cordero sin defecto’, inmolado por la salvación del mundo, para la liberación definitiva de la esclavitud del pecado y de la muerte, mediante su muerte y resurrección, mediante su paso de la muerte a la vida: Jesús instituye la nueva Pascua: Cristo es nuestra Pascua.

 

En la Cena Jesús anticipa sacramentalmente lo que iba a ocurrir al día siguiente. Jesús toma el pan, lo bendice, lo parte y luego lo distribuye a los Apóstoles, diciendo: “Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros”; lo mismo hace con el cáliz: “Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre” (1 Co 11, 24-25). Aquel pan milagrosamente transformado en el Cuerpo de Cristo y aquel vino convertido en su sangre son ofrecidos aquella noche, como anuncio y anticipo de la muerte del Señor en la Cruz. Es el testimonio de un amor llevado “hasta el extremo” (Jn 13, 1), su “paso” por la muerte a la Vida.

 

Don de la Eucaristía

  1. Y acto seguido, Jesús dice a sus Apóstoles:Haced esto en memoria mía” (1 Co 11, 24-25). Con este mandato, Jesús instituye la Eucaristía, el sacramento que perpetúa su sacrificio y ofrenda en la Cruz por todos los tiempos. Siguiendo el mandato de Jesús, en cada santa Misa actualizamos este mandato del Señor, actualizamos su sacrificio en la cruz y su resurrección, actualizamos su Pascua. El sacerdote se inclina sobre los dones eucarísticos, para pronunciar las mismas palabras de Cristo “la víspera de su pasión”. Con Él repite sobre el pan: “Este es mi cuerpo, que se entrega por vosotros” y luego sobre el cáliz: “Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre” que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados (cfr. 1 Co 11, 24-25).

 

Desde aquel primer Jueves santo, la Iglesia actualiza sacramental, pero realmente en cada Eucaristía el misterio pascual de la muerte y resurrección de Jesucristo para el perdón de los pecados y la reconciliación de los hombres con Dios y entre sí. La Eucaristía es así manantial permanente de vida y de comunión con Dios y fuente de comunión con los hermanos. Desde aquel Jueves Santo, la Iglesia, que nace del misterio pascual de Cristo, vive de la Eucaristía, se deja revitalizar y fortalecer por ella, y sigue celebrándola hasta que vuelva su Señor. Por ello, después de la consagración nos unimos a la aclamación del sacerdote: ‘Este es el Misterio de nuestra fe’, con las palabras: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor, Jesús!’.

 

La Eucaristía es el centro y la fuente de la vida de la Iglesia y de todo cristiano. Es el Sacramento por excelencia que constituye a la Iglesia en su realidad más auténtica y profunda: ser signo eficaz de reconciliación y de comunión con Dios y, en él, de todo el género humano. Sin Eucaristía no hay Iglesia; sin Eucaristía tampoco hay verdaderos cristianos. Sin participación en la Eucaristía, la fe y la vida del cristiano languidecen y mueren. Comulgando a Cristo-Eucaristía nos unimos realmente a Él, y en Él con el Padre y el Espíritu, y con quienes igualmente comulgan el Cuerpo y la Sangre del Señor. Todo cristiano, que quiera permanecer vitalmente unido a Cristo, como el sarmiento a la vid, ha de participar con frecuencia en la Eucaristía y ha de hacerlo plenamente acercándose a la comunión. Ahora bien: el mismo San Pablo nos recuerda la dignidad con que debe ser tratado este sacramento por parte de cuantos se acercan a recibirlo. “Examínese cada uno a sí mismo antes de comer el pan y beber el cáliz, porque el que come y bebe sin apreciar el cuerpo, se come y bebe su propia condenación’ (1 Cor 11,28). Antes de comulgar es necesario examinarse y reconciliarse con Dios en el sacramento de la Penitencia, si se tiene conciencia de pecado grave. Tenemos que poner mucho empeño en valorar la Eucaristía, participar en ella y recibir debidamente preparados a Cristo, en la comunión.

 

Don del sacerdocio ordenado

  1. En la tarde del Jueves santo, recordamos y agradecemos también el don del sacerdocio ordenado. La Eucaristía y el sacerdocio ordenado son inseparables. “Haced esto en memoria mía”. Estas palabras de Cristo son dirigidas, como tarea específica, a los Apóstoles y a quienes continúan su ministerio. A ellos, Jesús les entrega la potestad de hacer en su nombre lo que Él acaba de realizar; es decir, la potestad de transformar el pan en su Cuerpo y el vino en su Sangre. Diciendo “haced esto”, instituye el sacerdocio ministerial, sin el cual no puede haber Iglesia. Sin sacerdotes no hay Eucaristía. La Eucaristía, celebrada por los sacerdotes, hace presente siempre y en cualquier rincón de la tierra la obra de Cristo. Pero la escasez de sacerdotes está llevando a que cada vez más comunidades se vean privadas de la Eucaristía dominical. El pueblo creyente comienza a sentir la necesidad de los sacerdotes. Pero sólo una Iglesia verdaderamente agradecida y enamorada de la Eucaristía se preocupará de suscitar, acoger y acompañar las vocaciones sacerdotales. Y lo hará mediante la oración y el testimonio de santidad.

 

Don del mandamiento nuevo del amor fraterno

  1. Y, finalmente, en esta tarde de Jueves Santo Jesús nos deja en herencia el mandamiento nuevo de amor. “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros” (Jn 13, 34). A continuación repetiremos el gesto de Jesús hizo al comienzo de la Última Cena: el lavatorio de los pies. Al lavar los pies a los Apóstoles, el Maestro les enseña cómo debe ser el amor de sus discípulos y les propone el servicio como norma de vida: “Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, siendo vuestro Señor y Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros” (Jn 13, 13-14). Jesús nos invita a imitarle: “Os he dado ejemplo, para que lo que yo he hecho con vosotros, también lo hagáis vosotros” (Jn 13, 15).

Jesús establece una íntima relación entre la Eucaristía y el mandamiento del amor. No se puede separar la participación en la mesa del Señor del deber de servir y amar al prójimo. “También vosotros debéis lavaros los pies unos a otros” (Jn 13, 14). Cada obra buena hecha en favor del prójimo, especialmente en favor de los que sufren, los necesitados, los desfavorecidos, los indefensos … es servicio de lavar los pies como Jesús. El Señor nos invita a bajar, a aprender la humildad y la valentía de la bondad; y también a estar dispuestos a aceptar el rechazo, actuando a pesar de ello con bondad y perseverando en ella.

 

Jesús instituye la Eucaristía como manantial inagotable del amor. En ella está escrito el mandamiento nuevo del amor. El amor es la herencia más valiosa que Jesús nos deja a los cristianos. Su amor, compartido por sus discípulos, es lo que esta tarde se ofrece a la humanidad entera. En la hora del Banquete eucarístico, Cristo afirma la necesidad del amor, hecho entrega y servicio desinteresados. “El Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos”  (Mc 10, 45). El amor alcanza su cima en el don de la propia persona, sin reservas, a Dios y a los hermanos, como el mismo Señor. El Maestro mismo se ha convertido en un siervo, y nos enseña que el verdadero sentido de la existencia es la entrega desinteresada y el servicio por amor. El amor es el secreto del cristiano para edificar un nuevo mundo, cuya razón de ser no nos puede ser revelada sino por Dios mismo.

 

Jueves Santo es, por ello, el día del Amor fraterno. Después de ver y oír a Jesús, después de haber comulgado el sacramento del amor, después de habernos unido realmente con Él en la comunión, salgamos de esta celebración con el ánimo y las fuerzas renovadas para vivir el mandamiento del amor. Esto comienza con el prójimo y con el necesitado: en nuestra propia familia, entre nuestros vecinos, en el lugar de trabajo, en el pobre, enfermo o necesitado, en el forastero, en el inmigrante o en el refugiado. Eso sí, tendremos que salir de nosotros mismos y traspasar ese círculo en el que nos encierran la comodidad, el egoísmo, la indiferencia o los prejuicios. Si lo hacemos así, seremos discípulos de Cristo, imitaremos al mismo Dios que por amor supo salir de sí mismo para acercarse, entregarse y permanecer con nosotros. .

 

En la Eucaristía, la Cena que recrea y enamora, encontramos, hermanos, el alimento y la fuerza para salir a los caminos de la vida. Participemos en esta Eucaristía. Seamos signo de unidad y fermento de fraternidad. Amén

 

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

2016.03.21 - Misa Crismal

Homilía en la Misa Crismal

Segorbe, S. I. Catedral-Basílica, 21 de marzo de 2016

(Is 61,1-3ª.6ª.8b-9; Sal 88; Apo 1,5-8; Lc 4,16-21)

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Hermanas y hermanos en el Señor.

 

  1. La gracia y la paz de parte de Jesucristo, el testigo fiel” (cf. Ap 1,5-6), sea con todos vosotros. Os saludo con afecto fraterno, en primer lugar, a vosotros queridos sacerdotes, a los Cabildos Catedral y Concatedral, a los Sres. Vicarios Episcopales; saludo también a los diáconos, a los seminaristas, a los miembros de la Vida Consagrada, a los seglares de Segorbe y de otras comunidades de la Diócesis, y a este grupo de jóvenes, que nos acompañan en esta Eucaristía singular. Nos encontramos reunidos en nuestra Catedral que es la Casa de Dios y nuestra casa: la casa del Pueblo de Dios que peregrina Segorbe-Castellón. Hemos venido y estamos aquí convocados por Jesucristo, a quien el Padre Dios ungió “con óleo de alegría” (Sal 45,8; Heb 1,9).

 

  1. El mismo Cristo Jesús “ha hecho de nosotros un reino de sacerdotes”(cf. Ap 1,6). Estas palabras del libro del Apocalipsis se refieren a todos los que por el bautismo hemos renacido a la alegría de una vida nueva.  Cristo ha hecho de nosotros un reino de sacerdotes con un objetivo bien claro y preciso: “para su Dios y Padre”, al cual se debe la “gloria y el poder por los siglos de los siglos”. Esta es la finalidad de nuestro sacerdocio bautismal: la gloria del Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo. El autor de la carta a los Efesios, después de exponer el proyecto de Dios sobre el hombre, afirma que este plan está destinado a la “alabanza de su gloria” (cf. Ef 1,6.12.14). Dios ha querido este proyecto de salvación para que se revele el esplendor de su misericordia. De este proyecto divino, Cristo es “el testigo fiel”, porque él es el primero que lo ha vivido y él es la culminación a la que aspira toda la creación.

 

Cristo Jesús es el primero que ha sido elegido y toda persona humana ha quedado bendecida en él con toda clase de bendiciones espirituales; en él todo ser humano ha sido predestinado antes de la creación del mundo a ser hijo de Dios en su Hijo (cf. Ef 1,3-5; Col 1,15-20). Él es la plenitud y perfección de todo, pues el Padre reúne en Cristo a la humanidad desintegrada por el pecado. Porque en Cristo está todo, él es “el testigo fiel”. En él conocemos al Dios invisible; en él se revela de modo definitivo el proyecto de gracia, pues él es la verdad (Jn 14,6). Dentro de este proyecto de gracia se entiende y realiza nuestro sacerdocio bautismal. Por la unción bautismal participamos en la consagración del Mesías y Señor, como hemos orado al comienzo de la celebración, pera ser “testigos de la redención”. Esta es nuestra verdadera grandeza, cualquiera que sea la aparente humildad de nuestro puesto y de nuestro servicio en la Iglesia.

 

  1. “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres” (Lc 4,18). Cuando Jesús, en la sinagoga de Nazaret, asegura que ‘hoy’ se cumple la antigua profecía, indica, a la vez, la forma cómo se cumple: se anuncia a los pobres una alegre noticia, se proclama a los cautivos la libertad y a los ciegos la vista, se proclama la libertad a los oprimidos, se proclama el año de gracia del Señor. Cristo realiza el proyecto del Padre, en primer lugar, a través del anuncio del Evangelio. De él nos viene, como escribe san Juan,“la gracia y la verdad”y “la verdad os (nos) hará libres” (Jn 1,37; 8, 38).  El hombre se ha perdido y se ha esclavizado, ante todo, a causa de que su razón se ofuscó y su corazón se entenebreció (cf. Rm 1,21). Esta cerrazón de la mente humana se refiere en primer lugar al conocimiento de Dios. Pablo describe la insensatez humana diciendo: “cambiaron la verdad de Dios por la mentira, adorando y dando culto  a las criatura y no al Creador” (Rm 1,25).

 

La página profética y evangélica nos ayuda, por tanto, a responder a la pregunta más profunda: ¿qué debe saber el hombre sobre Dios? ¿Cuándo, dónde y en quién conoce el hombre el verdadero rostro de Dios? ¿Lo conoce como aquel que libera a los prisioneros, da la vista a los ciegos, concede la libertad a los oprimidos? La profecía en Cristo, porque él nos revela que el verdadero Dios es el que se interesa por el hombre, que lo ama con un amor entrañable, compasivo y misericordioso, que su gloria consiste en el que el hombre viva, que es Dios es Padre (cf. Jn 1,18).

 

El “hoy” de que habla el Evangelio no pasa, es permanente y actual: porque todos nosotros, los bautizados, hemos sido también ungidos y enviados; somos partícipes de la unción y misión de Cristo.  Hoy somos nosotros los testigos del proyecto de la salvación de Dios y los enviados a anunciar la buena noticia de la gracia y de la misericordia de Dios; hoy somos nosotros los que estamos llamados a realizar el servicio de la verdad que hace verdaderamente libres. Es hora que todos los bautizados sintamos que somos un reino de sacerdotes y que asumamos sin tardanza ni timideces la evangelización de nuestra sociedad.

 

  1. Queridos hermanos y hermanas: esta solemne Misa Crismal toca el corazón mismo de nuestra Iglesia diocesana, que es en su misma esencia misionera, que ha sido convocada para ser enviada: la Misa Crismal nos recuerda que todos los bautizados participamos de la unción del Señor y que todos estamos enviados como él a evangelizar, a mostrar al mundo el rostro paterno y misericordioso de Dios. La unción bautismal es para la misión. Por eso, cuando consagramos el Santo Crisma con el que serán ungidos este año en toda la Diócesis los bautizados y confirmados, hemos de sentir que somos enviados a anunciar el Evangelio a los pobres, a abrir los ojos a los ciegos, a curar los corazones desgarrados, a liberar a los cautivos, a anunciar el año de gracia del Señor.

 

Sabemos que hoy son muchos los desafíos y las dificultades para la evangelización; el mundo nos abre cada día nuevos escenarios para el anuncio de Cristo; los desarrollos tecnológicos y sociales plantean posibilidades que no logramos aprovechar; los destinatarios de la evangelización se multiplican dentro y fuera de nuestra Iglesia. La mies es mucha; la mies es cada vez mayor. Pero pensemos en nosotros y en todos los que con nosotros pueden ser evangelizadores, pero no individualmente, sino como comunidad llamada a la misión. La pregunta sobre cómo evangelizar, cómo transmitir la fe hoy, se convierte así en una pregunta sobre nuestra Iglesia: ¿Qué dices de ti, Iglesia de Segorbe-Castellón, cómo te sitúas hoy ante el contexto sociocultural que te toca vivir? Urge interrogarnos con sinceridad ante Dios y ante nuestra conciencia: ¿Estamos evangelizando de verdad? ¿Somos capaces de salir de nosotros mismos y conectar con el mundo con un estilo nuevo y renovado ardor? ¿Estamos convencidos no sólo en la mente, sino sobre todo en nuestro corazón de que anunciar a Jesucristo y el Evangelio es el mejor regalo que podemos hacer a los demás? ¿Respaldamos nuestra palabra con el testimonio de unas comunidades fraternas y de un presbiterio reconciliado, fraterno y unido, que muestran que es posible amar con un amor verdadero? ¿Evangelizamos a partir de un testimonio humilde y alegre que brota de nuestra condición de verdaderos discípulos del Resucitado y del encuentro personal con Él?

 

Sólo un discipulado auténtico y una fraternidad vivida con sinceridad e intensidad nos permitirán ser testigos creíbles de Jesús en medio de nuestra mundo; sólo una Iglesia convertida y evangelizada será realmente una Iglesia evangelizadora y misionera; sólo una Iglesia consciente de la presencia del Resucitado será una Iglesia capaz de comunicar al mundo la fuerza de la salvación de Dios y la belleza de la fe en Cristo; sólo una Iglesia auténticamente fraterna será capaz de presentar el rostro amoroso de Dios que hace de sus hijos e hijas una familia. En estos propósitos no estamos solos: el Espíritu del Señor está sobre nosotros y nos unge para salir a la misión. Dejémonos, sin demoras, conducir por este Santo Espíritu, abramos nuestro corazón y seamos dóciles al Espíritu Santo.

 

  1. Cristo no sólo anuncia el proyecto de Dios; Cristo realiza además completamente el proyecto del Padre en la total entrega de sí mismo en la Cruz:“nos ama y nos ha liberado de nuestros pecados con su sangre”(Ap. 1,5). Lo que acontece en la Cruz es lo que constituye el “hoy” en el cual esta Escritura se ha cumplido. Este hoy permanece y se hace siempre presente en cada Eucaristía. Así lo ha querido el Señor y por eso ha llamado a algunos ungidos para el sacerdocio común a una nueva unción que configura de nuevo al bautizado con Cristo.

 

La unción del sacramento del Orden hace partícipe de la condición de Cristo, buen Pastor, que da la vida, que se inmola por los demás. De esta manera, el sacerdocio ministerial alcanza su perfección en la celebración de la Eucaristía, a través de la cual se derrama la sangre que nos ha liberado de nuestros pecados. Por esa identidad con él, cuando nosotros celebramos la Eucaristía, cuando decimos con toda verdad “te ofrecemos, Padre, este sacrificio vivo y santo”; es decir, cuando ofrecemos al Padre a su Hijo unigénito, ponemos en movimiento una corriente de gracia y de salvación que llega incluso al que está lejos. La semilla de la Palabra, que cada día sembramos con fatiga y esperanza, puede caer en terrenos áridos y pedregosos, pero la eficacia salvadora de la Eucaristía va siempre más allá porque Cristo “nos ama y nos ha liberado de nuestros pecados con su sangre”.

 

Queridos sacerdotes: las palabras que estamos meditando conciernen a todos los bautizados, pero resuenan en nuestro corazón de modo específico y personal: “Ha hecho de nosotros un reino de sacerdotes”. Hoy celebramos con gozo y agradecimiento este acto de Cristo por el que nos ha constituido sacerdotes “para su Dios y Padre”. Celebramos el día natalicio de nuestro sacerdocio. El ha tenido su origen en una elección de Cristo que nosotros acogimos un día con generosidad y alegría. La historia de David, que nos ha recordado el Salmo, ilumina la nuestra cuando Dios dice: “He encontrado a David mi siervo, lo he ungido con mi óleo santo, mi mano está con él y mi brazo lo fortalecerá” (Sal 88,21). Cada uno de nosotros ha sido encontrado por el Señor; cada uno ha sido objeto de una especial predilección cuyo secreto guardamos en el alma; cada uno ha sido consagrado por el Espíritu Santo; cada uno ha sentido cómo su debilidad ha sido sostenida por la mano del Señor. Esto no es sólo para saberlo, sino para sentirlo en la más deliciosa e íntima alegría. También nosotros estamos ungidos “con óleo de alegría”.

 

  1. Queridos sacerdotes: conozco bien las dificultades del ministerio que se nos ha confiado; veo día a día las pruebas que debemos superar en el mundo de hoy; no ignoro las tentaciones a las que está sometida la vida sacerdotal. Sin embargo, nada tan bello como entregarle la vida a Dios para que él la haga fecunda en su proyecto de salvación; nada más grande que usar la libertad que recibimos para prolongar el corazón de Cristo que se entregó en el amor hasta el extremo. La Eucaristía que celebramos nos llena de consuelo porque en medio de las luchas, cansancios y esperanzas de nuestro ministerio, experimentamos el amor misericordioso de Dios que nunca falla. Por eso, hoy y siempre resuenan en nuestro corazón las palabras del salmista:“Cantaré eternamente tus misericordias, Señor”. Hoy y siempre, seguros de que la fidelidad y la gracia de Dios nos sostendrán, nos alegramos por la predilección que Cristo nos ha tenido al hacer de nosotros“un reino de sacerdotes para Dios, su Padre” y renovamos nuestras promesas sacerdotales.

 

La Misa Crismal es para el obispo y para los presbíteros un momento especial de gracia, en el que el Señor nos permite ver con los ojos y con el corazón la alegría de conformar esta Iglesia diocesana y este presbiterio, de sentirnos acompañados y apoyados los unos en los otros para la vida y el ministerio a los que hemos sido convocados, de percibir que el “hoy” de Nazaret se prolonga entre nosotros porque el Espíritu nos unge y nos envía. Demos gracias, pues, al Señor que nos permite celebrar esta Eucaristía, que nos lanza de nuevo a la misión con la unción del Espíritu Santo.

 

En esta Eucaristía damos gracias a Dios por el sacerdocio y por nuestros sacerdotes; personalmente y en nombre de nuestra Iglesia diocesana quiero una vez más dar gracias a Dios por vosotros, queridos sacerdotes: por vuestra fidelidad humilde, por vuestro trabajo abnegado, por vuestro cansancio pastoral, por vuestras manos llenas de callos, por vuestra generosidad silenciosa y, también, por vuestros sufrimientos. Contad en esta mañana y siempre con el reconocimiento, el apoyo, el afecto, la gratitud y la oración de vuestro obispo y de los fieles.

 

Demos gracias y oremos también por nuestros seminarios, por todos los que serán consagrados con estos óleos que vamos a bendecir. Recordemos a nuestros hermanos sacerdotes que están en dificultades, a los que sufren por la enfermedad, a los que no están hoy con nosotros y a los que han pasado ya a la casa del Padre, de modo especial, a Julio Silvestre Fornals y el P. Luis Rubio, OCD.

 

Queridos todos: oremos con fe por nuestros sacerdotes. Abramos de par en par el corazón para que nos llene el Espíritu de Dios, para que no nos cansemos de echar las redes obedientes a la palabra del Señor. Que veamos más la fuerza del Evangelio que los desafíos del mundo de hoy, que sobre nuestras debilidades y cansancios se imponga el amor de Dios. Queridos sacerdotes: entreguémonos de nuevo con humildad y gozo, reconociendo, como la Santísima Virgen María, que Dios hace obras grandes en nuestra pequeñez, si la ponemos en sus manos. Amén

 

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

2016.03.20 - Domingo de Ramos

Homilía en el Domingo de Ramos

S.I. Concatedral de Castellón y S.I. Catedral-Basílica de Segorbe, 20 de marzo de 2016

(Is 50, 4-7; Sal 21; Filp 2,6-11; Lc 22,14-26,56)

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Inicio de la Semana Santa, celebración de la fe cristiana

  1. Con alegría hemos salido con palmas y ramos al encuentro de Jesús, como lo hizo aquella masa de gente y discípulos en su entrada en Jerusalén. A él le hemos cantado: “Hosanna al Hijo de David, bendito el que viene en nombre del señor, el Rey de Israel” (Lc 19). Con el recuerdo de aquella entrada de Jesús en Jerusalén, iniciamos la celebración de la Semana Santa: es la “semana mayor”, la “semana grande” del año litúrgico de la Iglesia. Nos disponemos a conmemorar los misterios centrales de nuestra fe: la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor. Estos días son los de mayor intensidad litúrgica de todo el año, que tan hondamente han calado en la religiosidad cristiana de nuestro pueblo. Las procesiones y representaciones de la pasión son expresión del profundo arraigo de la fe cristiana y de sus misterios centrales entre nosotros. ¡No caigamos en la tentación de diluir su esencia y su identidad, y reducirlas a meras expresiones culturales o de interés turístico!

 

Dejemos que nuestra celebración de hoy avive nuestra fe en Cristo Jesús, el Hijo de David, el Mesías que viene en nombre del Señor. Así nos dispondremos convenientemente a recorrer con Jesús su camino pascual,  le acompañaremos estos días con fe viva y con devoción sincera, es decir lo traeremos no sólo a nuestras calles y plazas, sino ante todo a nuestra memoria y a nuestro corazón.

 

El Siervo de Dios se entrega por todos

  1. Toda la celebración de este Domingo de Ramos en la Pasión del Señor está centrada en Cristo y nos debe llevar Él. La Palabra de Dios conduce nuestra mirada a su persona y a su camino pascual. Cristo Jesús va a pasar, a través de su pasión y muerte, a la nueva vida. El es el Hijo de David que entra en Jerusalén, manso y humilde, para culminar su entrega redentora en la Cruz. Él es el Siervo de Yahvé, solidario con sus hermanos, que sufre y muere por nuestros pecados, y así salva a toda la humanidad. Como el Siervo de Dios, Jesús Nazareno no se retrae ante las dificultades en su misión, ni ante la persecución, golpes e insultos en su camino. La fidelidad a Dios y a los hombres, su fidelidad hasta el final a la misión recibida de Dios en favor de la humanidad hace que el Siervo de Yahvé permanezca firme en el sufrimiento, en la ignominia y en el aparente fracaso.

 

El Siervo de Dios con su suerte prefigura la de Cristo, el siervo humilde que no opuso resistencia a la voluntad el Padre ni se sustrajo a la maldad de los hombres. Él está seguro de que el designio de Dios es don de salvación que se ofrece a todos. Él pone totalmente su confianza en Dios; una confianza que le permite ser fiel hasta el final (cfr. Is 50, 4-7). San Pablo nos dirá en su ‘himno’ en la carta a los Filipenses: Cristo, en su solidaridad con nosotros, se ha rebajado hasta la renuncia total de sí mismo y hasta la humillación de la muerte, y muerte en Cruz, pero ha sido elevado por el Padre hasta la gloria (cfr. Filp 2, 6-11). Es la Pascua: el ‘paso’ por la muerte a la vida.

 

Jesús, verdadero Dios y hombre

  1. El relato de la pasión de Lucas (22,14-26,56) da un paso más y nos ofrece la respuesta a la pregunta fundamental sobre la persona de Jesús: ¿Quién es Jesús?. Esta es la pregunta que nos hemos de hacer y responder hoy. En un tiempo en que avanza la increencia y la indiferencia religiosa, en estos tiempos de cristofobia y cristianofobia, en un tiempo en que tantos bautizados se alejan silenciosamente de su fe, ésta es la pregunta que debemos hacernos y debemos ayudar a que tantos otros se hagan estos días, especialmente nuestros jóvenes y visitantes.

 

La narración de la pasión de Lucas revela que Jesús es verdadero hombre y verdadero Dios. Jesús es verdadero hombre: en Getsemaní cae a tierra, “y en medio de su angustia, oraba con más insistencia. Y le bajaba hasta el suelo un sudor como de gotas de sangre” (Lc 22,44). Es la expresión dramática de la soledad y del dolor del ser humano ante la muerte. Y en un gesto de súplica y abandono, dirá “Padre, si quieres aparta de mí este cáliz, pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc 22, 42) y en la cruz dirá: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 46). Es la expresión del Hijo, que ni tan siquiera en la muerte se siente olvidado por su Padre Dios. Jesús, verdadero Hijo de Dios, puede invocar a Dios, el Altísimo, llamándole Abba, Padre.

 

“Realmente este hombre era justo” (Lc 23,47), dirá el Centurión –un pagano- que lo ve morir de aquella manera. Con estas palabras el Centurión vislumbra que Jesús es más que un hombre, que es el Hijo de Dios, como nos relata Marcos.  Esta confesión del Centurión es el símbolo del paso desde incredulidad o desde la indiferencia agnóstica a la confesión de fe en Jesús, el Cristo; un camino que cada uno de nosotros está llamado a hacer contemplando al Crucificado.

 

Hemos escuchado en silencio el camino de Jesús hasta la cruz. Jesús se hace solidario con todo el dolor de la humanidad, fruto de los pecados de los hombres, y ha cargado con los pecados y el dolor de la humanidad ; pero también en Él Dios ha aceptado su entrega, su humildad, su amor y nos ha perdonado. Debemos preguntarnos si de verdad estamos dispuestos a afrontar con nuestro Maestro y Señor el camino de la humildad, de la reconciliación, de la misericordia, del perdón y del amor. Es la senda que se manifiesta en un abandono confiado e incondicionado a la voluntad y a la misericordia del Padre. Sólo así, a los pies de la cruz, podrá renacer en nosotros una fe más viva y fuerte en Jesús, verdadero hombre y verdadero Dios: un Dios tan enamorado de su criatura que acepta morir por amor. Nuestra vida, la de nuestros jóvenes, la de nuestras familias, la de nuestra sociedad necesita esta fe parar crear gestos que sólo el amor humilde es capaz de generar; gestos que transformen la realidad cotidiana en una manifestación del Reino de Dios.

Avivar la fe en Cristo

  1. ¡En este Año de la misericordia, dejemos que Dios avive nuestra fe en Cristo Jesús, la misericordia encarnada de Dios, en estos días de Semana Santa!. No creemos en una historia del pasado, ni damos culto a unas tallas, por hermosas que estás sean. El centro de nuestra fe es una persona: creemos en Cristo Jesús, que se entrega por amor hasta la muerte por todos nosotros y por nuestros pecados; creemos en un Cristo Jesús que ha resucitado y vive para siempre, para que en Él también nosotros tengamos vida. Dejémonos encontrar por Él, dejémonos amar por Él, dejémonos perdonar y reconciliar por Él, dejemos que su vida transforme nuestras personas y nuestra vida. Abramos nuestro corazón a la Misericordia de Dios.

 

Hoy, en la procesión de palmas y ramos hemos acompañado a Jesús con cantos de alegría; y hemos mostrado que nos queremos encontrar con el Señor, seguirle y acompañarle en su Semana Santa hacia la Pascua. Acompañar a Cristo en su Semana Santa supone hacerlo en la muerte y en la resurrección, en el dolor y en la alegría, en la entrega y en el premio. Dejémonos encontrar por Cristo Jesús; meditemos y oremos su misterio pascual; vivamos la Pascua en nuestra existencia, aceptando con fidelidad nuestro ser cristianos y alimentando una confianza absoluta en Dios, que es Padre lleno de amor, y cuyo última palabra no es la muerte, sino la vida, como en Jesús. Si le acompañamos a la cruz, también seremos partícipes de su nueva vida de Resucitado. Amén.

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

2016.01.17 - Jornada del Emigrante

Homilía en la Jornada Mundial de las Migraciones

Castellón, S.I. Concatedral, 17 de enero de 2016

(Is 62, 1-5; Sal 95; 1 Cor 12,4-11; Jn 2,1-11)

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Queridos hermanos y hermanas en el Señor:

  1. Es una alegría poder celebrar esta Eucaristía en la Jornada Mundial del Migrante y Refugiado en este año del Jubileo extraordinario de la Misericordia. Con vuestra presencia, queridos inmigrantes, experimentamos la catolicidad, la universalidad, de nuestra Iglesia. Os saludo de corazón a todos cuantos habéis acudido esta tarde a esta celebración: sacerdotes, consagrados y seminaristas; al Párroco y Vicario parroquial de Santa maría, al Sr. Vicario Episcopal de Pastoral, al Director de nuestro Secretariado diocesano para las Migraciones y a todos los voluntarios en este sector pastoral, y a las asociaciones de inmigrantes. Un saludo especial al P. Nicolás, párroco ortodoxo rumano de Castellón de la Plana, que nos acompaña hoy, en la víspera del inicio del Octavario de oración por la Unidad de los Cristianos; pidamos a Dios para nos conceda el don de la unidad y un día cercano pueda concelebrar plenamente en la Eucaristía con nosotros.

 

  1. El lema de la Jornada de este año nos dice que los “emigrantes y refugiados nos interpelan” y que nuestra respuesta no puede ser otra que la del Evangelio de la misericordia. Las necesidades de los emigrantes y refugiados nos interpelan, como interpeló a María la necesidad de aquellos novios de las bodas de Caná, como hemos proclamado en el evangelio de hoy. María, la madre de la Misericordia, siempre atenta y solícita a las necesidades de los hombres, ve enseguida que aquellos novios están en apuros, porque el vino para la boda se ha agotado. De inmediato se compadece de ellos y se dirige a Jesús como una madre y le dice: Hijo “no les queda vino” (Jn 2,3); y a los sirvientes les dice:“Haced lo que es os diga” (Jn 2,5).

 

“Aún no ha llegado mi hora” (Jn 2,4), contesta Jesús a su Madre. Son unas palabras que nos pueden desconcertar; pero, meditadas con detenimiento, nos ayudan a descubrir su sentido y nos acercan al misterio y a la identidad de Jesús. Porque la “hora de Jesús” es su muerte y resurrección, es la hora de su glorificación por el Padre, es la hora de la salvación del hombre, es la hora en que se manifiesta la Misericordia de Dios, que se entrega y que acoge la entrega de su Hijo hasta la muerte por amor a los hombres. En Caná, Jesús anticipa y adelanta esa “Hora” al realizar, a ruegos de su Madre, este signo a favor de aquellos novios e invitados.

 

“Tú has guardado el vino bueno hasta ahora” (Jn 2,10), dice el mayordomo al novio. Con el vino bueno, Juan hace referencia al vino nuevo de la obra salvadora de Jesucristo, fruto del amor misericordioso de Dios que irrumpe en la vida humana renovando y transformando todo. Este vino nuevo es ayudar a unos novios porque les falta vino, es decir, ayudar a los hombres a encontrar la alegría, la fe y la esperanza; este vino nuevo es la alegría de la vida verdadera en el amor misericordioso de Dios. Cristo Jesús ha venido a traer el vino nuevo de la Misericordia, del gozo y de su presencia. Jesús siempre está cercano a las necesidades y a los apuros de los hombres, como lo estuvo en las circunstancias concretas del banquete de bodas de Caná, como lo está hoy ante las necesidades y las precariedades de los inmigrantes, ante las penurias de los miles de refugiados que tienen que abandonar sus casas y posesiones, y que tienen que huir de sus países ante la persecución y la guerra.

 

Y “sus discípulos creyeron en Él”, comenta Juan al final de la escena (Jn 2,11). El milagro que Jesús realiza es un signo que lleva a los discípulos a creer en Jesús, a seguirle en su camino de entrega a la voluntad de Dios que se hace entrega por amor hacia los hombres.

 

  1. “Haced lo que él os diga” son las palabras de María a los sirvientes; estas son también sus palabras hoy a nosotros al celebrar esta Jornada Mundial del emigrante y refugiado. Y esta tarde, Jesús nos dice una vez más: “Venid, benditos de mi Padre… porque… era forastero, y me acogisteis” (Mt 25, 34-35). Jesús nos dice que sólo entra en el Reino de los cielos el verdadero discípulo suyo, el que practica el mandamiento del amor, el que es misericordioso como el Padre. “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia” (Mt 5,7)

 

Así nos muestra el Señor el lugar central que debe ocupar en la Iglesia y en la vida de todo cristiano la misericordia, que se hace acogida del emigrante y del refugiado. Al hacerse hombre, Cristo se ha unido, en cierto modo, a todo hombre. Nos ha acogido a cada uno de nosotros y, con el mandamiento del amor, nos ha pedido que imitemos su ejemplo, es decir, que nos acojamos los unos a los otros como él lo ha hecho (cf. Rm 15, 7). Acoger a Cristo en el hermano y en la hermana que sufren necesidad –el enfermo, el hambriento, el sediento, el encarcelado, el forastero, el emigrante o el refugiado- es la condición para poder encontrarse con él y de modo perfecto al final de la peregrinación terrena.

 

“Para la Iglesia católica nadie es extraño, nadie está excluido, nadie está lejos” (Pablo VI). Por desgracia, entre nosotros se dan aún prejuicios y actitudes de rechazo por miedos injustificados o por buscar únicamente los propios intereses. Se trata de discriminaciones incompatibles con la pertenencia a Cristo y a la Iglesia. Más aún, la comunidad cristiana está llamada a difundir en el mundo la levadura de la fraternidad y de la convivencia entre personas diferentes y de diferentes culturas, que hoy podemos experimentar en esta Eucaristía.

 

  1. Como reza el lema de la Jornada de este año, los “emigrantes y refugiados nos interpelan” y nuestra respuesta no puede ser otra que la del Evangelio de la misericordia. Esto comienza por sentir dolor y compasión ante los millones de personas, que huyen ante la guerra y la persecución, o que tienen que buscar una vida más digna lejos de su país. Como creyentes y como Iglesia no podemos quedar indiferentes o callar; no podemos habituarnos a su sufrimiento y a su precariedad; hacerlo sería entrar en el camino de la complicidad.

 

Hemos de mantener viva nuestra conciencia ante el fenómeno migratorio, examinar sus causas y analizar sus problemas tanto desde el punto de vista humano, económico, político, social y pastoral. Nos urge plantearnos nuestra actitud y redoblar nuestro compromiso real con las personas de los emigrantes, de los refugiados y de sus familias. Los flujos migratorios afectan ante todo a personas, que tienen la misma dignidad que los autóctonos. Ellos nos interpelan en nuestro modo tradicional de vivir; a veces se encuentran con sospechas, temores y prejuicios que hemos de analizar y superar. Como personas que son, los inmigrantes tienen los mismos derechos fundamentales y las mismas obligaciones que los autóctonos; se merecen pues el mismo respeto, estima y trato que los nativos, como ellos, a su vez, han de respetar y reconocer el patrimonio material y espiritual del país que los hospeda, obedeciendo sus leyes y contribuyendo a sus costes.

 

Es así mismo necesario que fomentemos actitudes y comportamientos de acogida, de encuentro y de dialogo. Los cristianos hemos de tener siempre presentes las palabras de Jesús: “fui extranjero y me acogisteis” (Mt 25,35); en ellas, Jesús se identifica con la persona del emigrante y llama a su acogida, como si de Él mismo se tratara. Cada uno de nosotros es además responsable de su prójimo: somos custodios de nuestros hermanos y hermanas, donde quiera que vivan. Con estas premisas aprenderemos a valorar a los emigrantes y refugiados, a acogerlos fraternalmente, a ayudarles en sus necesidades y a facilitar su integración armónica en nuestra sociedad. Como nos recuerda el papa Francisco en su Mensaje de este año:”En la raíz del Evangelio de la misericordia, el encuentro y la acogida del otro se entrecruzan con el encuentro y la acogida de Dios: Acoger al otro es acoger a Dios en persona”.

 

Queda mucho por hacer. Por ello, os invito a fortalecer nuestro compromiso cristiano en este sector pastoral. Nuestra Iglesia diocesana vive y obra inserta en nuestra sociedad y es solidaria con sus aspiraciones y sus problemas; por ello se sabe especialmente llamada a convertir nuestra sociedad en un espacio acogedor en el que se reconozca la dignidad de los emigrantes y refugiados. Invito a toda nuestra Iglesia de Segorbe-Castellón a asumir la acogida y el servicio de los inmigrantes.

 

¡Que María la Virgen nos proteja en este nuestro caminar y nos enseñe a ser sensibles como ella ante las necesidades de los emigrantes, y a poner nuestra mirada en su Hijo, para hacer lo que nos diga! Amén

 

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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Homilía de la Ordenación sacerdotal de David Escoín y Fco. Javier Phuc

S.I. Concatedral de Sta. María en Castellón – 10 de diciembre de 2016

(Is 35,1-6a; Sal 145; Sant 5,7-10; Mt 11, 2-11)

 

Queridos hermanos sacerdotes, diáconos y seminaristas,

Muy queridos ordenandos, David y Phuc,

Un saludo muy especial a los padres y familiares de los ordenandos, especialmente a vosotros que habéis venido de Vietnam,

Amados todos en el Señor.

 

Alegría, acción de gracias y oración

  1. En la víspera de este tercer Domingo del Adviento, en el que la Palabra de Dios nos invita de modo especial a la alegría, es motivo para un gozo particular acoger en nuestro presbiterio diocesano a dos nuevos sacerdotes. Junto con todos vosotros doy gracias al Señor por el don de estos nuevos pastores del Pueblo de Dios. Hoy, vosotros, queridos David y Francisco Javier, estáis en el centro de la atención de nuestro Pueblo de Dios, simbólicamente representado por cuantos estamos en esta Con-catedral de Santa María: hoy está llena, sobre todo, de oración y de cantos, de afecto sincero y profundo, y de alegría humana y espiritual. En este representación del Pueblo de Dios tienen un lugar particular vuestros padres y familiares, vuestros amigos y compañeros, vuestros superiores, formadores y profesores de los Seminarios, las comunidades eclesiales de las que procedéis, y las comunidades a las que vosotros mismos habéis servido ya como diáconos: Ntra. Sra. de la Asunción de Onda y Sto. Tomás de Villanueva de Castellón. No olvidamos a tantas personas que están unidas a nosotros espiritualmente, como las monjas de clausura y los enfermos e impedidos, que nos acompañan con el don de su oración y de su sufrimiento.

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Homilía en la Clausura Diocesana del Jubileo de la Misericordia

HOMILÍA EN LA CLAUSURA DIOCESANA DEL JUBILEO DE LA MISERICORDIA

Segorbe, S.I. Catedral-Basílica, 12.11.2016

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(Mal  3,19-20; Salmo 97; 2 Tes 3, 7-12; Luc 21, 5-19).

 

¡Hermanas y hermanos muy amados todos en el Señor!

 

  1. Hace justo once meses celebrábamos en esta S.I. Catedral-Basílica la apertura diocesana del Año santo extraordinario de la Misericordia. Esta mañana, el Señor nos convoca para su clausura en la víspera del XXXII Domingo del tiempo Ordinario, en el que las lecturas nos recuerdan nuestra condición de peregrinos al encuentro del Señor, cuando Él venga al final de los tiempos.

 

Nuestra Iglesia diocesana ha vivido muy intensamente este Jubileo de la Misericordia. Aún están vivas en nuestra memoria y en nuestro corazón las peregrinaciones y las celebraciones del Jubileo en esta S.I. Catedral: las cuatro que celebramos por zonas, o la de los sacerdotes en la Misa Crismal, o la de los catequistas y profesores de religión; también recordamos con profundo gozo la multitudinaria celebración del Jubileo de los niños en el Seminario Mater Dei, o la más íntima de los enfermos y mayores en la Basílica de Lledó, y, de modo especial, las celebraciones en sendas cárceles de Castellón y Albocasser, por citar sólo algunas de las muchas celebraciones en nuestra Diócesis. No menos intensas han sido las celebraciones más locales del Jubileo en la Basílica de El Salvador de Burriana, en Santa Isabel y en San Jaime en Villarreal, en San Juan de Peñagolosa con motivo de la peregrinación de Culla.

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Homilía de Mons. Casimiro López en la ordenación de dos diáconos en Onda

Iglesia parroquial de la Ntra. Sra. de la Asunción de Onda, 11 de junio de 2016

Fiesta de San Bernabé, Apóstol

(Act 11, 21b-26, 13,1-3; Sal972; Mt 10,7-13)

Hermanas y hermanos muy amados en el Señor, queridos David y Francisco Javier

1. El salmista nos invita en esta fiesta de San Bernabé, apóstol, a cantar “al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas” (Sal 97). Hoy queremos cantar y dar gracias a Dios por el don de la vocación al sacerdocio ordenado y por el don de la ordenación diaconal de estos dos jóvenes: son las maravillas, que Dios hace hoy en nuestra Iglesia.

Vuestra vocación al sacerdocio ordenado, que se verifica hoy por la llamada de la Iglesia, en un don de Dios, es la semilla que Dios puso un día en vuestro corazón:  en tu caso, Phuc, la descubriste cuando eras aún un monaguillo; en el tuyo, David, con motivo de la muerte en accidente de tu hermana.

Hoy queremos dar cantar al Señor, antes de nada, y darle gracias por el don de vuestra vocación al sacerdocio. Dios, que os doy la vocación, ha ido cuidando también de vosotros y os ha ido enriqueciendo con sus dones a lo largo de estos años de acogida, discernimiento y maduración de la llamada; gracias le damos a Dios por vuestro corazón disponible, generoso y agradecido; gracias le damos por vuestra fe confiada en el Señor, que os ha ayudado a superar miedos y temores; gracias de la damos por vuestras familias, que han apoyado en todo momento vuestra vocación y no han obstaculizado vuestra respuesta; gracias le damos por la ayuda que en el camino del discernimiento y maduración de vuestra vocación os han prestado vuestras comunidades, amigos y compañeros y, sobre todo, vuestros formadores en el Seminario: gracias a todo ello, vosotros os habéis convertido en tierra buena donde la semilla va dando sus frutos. Uno de esos frutos es ya vuestra ordenación diaconal.

Por todo ello, nuestra celebración es un motivo de alegría y de esperanza para nuestra Diócesis y para la Iglesia universal. La Iglesia entera se consuela hoy al ver que, no obstante la penuria vocacional que padecemos, Dios sigue llamando; nuestra Iglesia se consuela al constatar que, pese a las circunstancias adversas, hay todavía tierra buena donde la semilla de la vocación al sacerdocio es acogida, madura y va dando sus frutos; nuestra Iglesia se consuela y se alegra al ver que, gracias al don de Dios y su acogida generosa por unos corazón jóvenes, sigue creciendo en su vitalidad, se refuerza en su fidelidad y se dilata en su capacidad de servir para que el Reino de Dios y el Evangelio de Jesucristo llegue a todos.

Demos gracias al Padre que nos llena con sus dones y suscita vocaciones en medio de su pueblo, que se conforman con Cristo y ponen sus propias fuerzas a disposición de su Iglesia. Es una acción de gracias llena de alegría y de gozo: para la Iglesia entera, para nuestra Iglesia Diocesana, para nuestros Seminarios Diocesanos y todos los responsables de vuestra formación. Y ¡cómo no! para vuestras familias y para cuantos, con la oración y el sacrificio, contribuyen cada día al bien de la Iglesia y a la promoción de las vocaciones sacerdotales.

2. Mediante la imposición de mis manos y la oración consagratoria, el Señor va a enviar sobre vosotros, queridos David y Phuc, su Espíritu Santo y os a consagrar diáconos. Al ser ordenados de diáconos participaréis de los dones y del ministerio que los Apóstoles recibieron del Resucitado y seréis en la Iglesia y en el mundo signo e instrumento de Cristo, Siervo, que no vino “para ser servido sino para servir”. El Señor imprimirá en vosotros una marca profunda e imborrable, que os conformará para siempre con Cristo Siervo. Hasta el último momento de vuestra vida seréis por la ordenación y habréis de ser siempre con vuestra palabra y con vuestra vida signo de Cristo Siervo, obediente hasta la muerte y muerte de Cruz para la salvación de todos. Sed en todo momento, como Bernabé, hombres de bien, llenos de Espíritu Santo y de fe, para que otros muchos se adhieran al Señor (cf. Act 11,24) .

Al ser ordenados diáconos sois llamados, consagrados y enviados para ejercitar un triple servicio, una triple diaconía: la de la Palabra, la de la Eucaristía y la de la caridad. Fortalecidos con el don del Espíritu Santo, ayudaréis al Obispo y a su presbiterio en el anuncio de la Palabra, en el servicio del Altar y en el ministerio de la caridad, mostrándoos servidores de todos, especialmente de los más pobres y necesitados. Es tarea del Diácono la proclamación del Evangelio como también la de ayudar a los Presbíteros en la explicación de la Palabra de Dios. En la ceremonia de ordenación os entregaré el Evangelio con estas palabras: “Recibe el Evangelio de Cristo, del cual has sido constituido mensajero: convierte en fe viva lo que lees y lo que has hecho fe viva enséñalo, y cumple aquello que has enseñado”.

3. El diácono, en su condición de servidor de la Palabra, es a la vez destinatario y mensajero la Palabra. Para que vuestra enseñanza de la Palabra de Dios sea creíble, habéis de acoger con fe viva y vivida el Evangelio que anunciáis, con una fe que dé buenos frutos. Antes de nada, el mensajero del Evangelio ha de leer, escuchar, escrutar, estudiar, comprender, contemplar, asimilar y hacer vida propia la Palabra de Dios: el buen mensajero se deja configurar, guiar y conducir por la Palabra de Dios, de modo que ésta sea la luz para su vida, transforme sus propios criterios y le lleve a un estilo de vida según los postulados del Evangelio. Esto pide delicadeza espiritual y valentía para romper permanentemente con las cosas que creemos de valor y en realidad no lo tienen. La cerrazón de corazón, el egoísmo, la vanidad, el afán de poseer, la comodidad, la tibieza hacen infecunda la buena sementera de la Palabra de Dios.

Por la ordenación diaconal, vais a ser constituidos en mensajeros de la Palabra de Dios. La Palabra de Dios no es nuestra palabra, no es vuestra palabra. En último término, la Palabra de Dios es el mismo Jesucristo quien pasará, podemos decir “sacramentalmente”, a otros por medio de vuestros labios y de vuestra vida, para que se encuentren con Él, se conviertan y adhieran a Él, se hagan discípulos suyos. Como a los Apósteles hoy os dice y envía el Señor:  “Id y haced discípulos a todos los pueblos” (Mt 28, 19).

La Palabra de Dios es incisiva, inquieta la falsa paz de muchas conciencias, corta por lo sano cualquier ambigüedad y sabe llegar a los corazones más endurecidos. Seréis mensajeros de la Palabra de Dios tal como ésta ha sido siempre proclamada por la Iglesia y nos llega en la tradición viva de la Iglesia, y no con interpretaciones personales que miran halagar los oídos de quienes la escuchan. La Palabra de Dios pide ser proclamada y enseñada sin reduccionismos, sin miedos, sin complejos y sin fisuras  ante la cultura dominante o ante lo políticamente correcto. No es la Palabra de Dios la que debe ser domesticada a fin de reducirla a nuestros gustos y comodidades, o adaptada a lo que se lleva: somos nosotros quienes debemos creer, crecer y ayudar a otros para que lleguen a desarrollarse según la medida de la Palabra. No olvidemos nunca que no se trata de una Palabra que se impone, sino que se propone. ¡Cuánto respeto, cuánta oración, cuánto sentido del temor y del amor debe anidar en el interior de aquel, que hace resonar la Palabra de Dios y que debe explicar su sentido para la vida de las personas, de la comunidad eclesial y de la misma sociedad!.

Vivimos en una sociedad cada vez más descristianizada y pagana, en la que Dios, Cristo y su Evangelio son cada vez más desconocidos, ignorados e incluso proscritos. Confiados en la fuerza inherente de la Palabra de Dios no hay que tener miedo a ofrecerla como el verdadero camino que ilumina la realización de todo hombre y de todo el hombre. La Palabra de Dios es la única es capaz de derribar los ídolos y las falsedades mundanas, y de liberar al hombre de la diversas formas de esclavitud y de pecado, que truncan su verdadera dignidad y su vocación más alta. Como los Apóstoles en el evangelio de hoy-  los diáconos sois enviados a “curar enfermos, resucitar muertos, a limpiar leprosos y echar demonios” (cf. Mt 10, 8); como heraldos del Evangelio sois administradores de la salvación eterna, no de metas meramente limitadas y efímeras; estáis destinados a ser profetas de un mundo nuevo, de la nueva creación instaurada por la muerte y resurrección del Señor; sois portadores de un mensaje que arroja la luz sobre los problemas claves del hombre y de la tierra y que no se cierra en los pobres horizontes de este mundo.

4. Como diáconos seréis también los primeros colaboradores del Obispo y del Sacerdote en la celebración de la Eucaristía, el gran “misterio de la fe”. Tendréis también el honor y el gozo de ser servidores del “Mysterium”. Se os entregará el Cuerpo y la Sangre del Salvador para que lo reciban y se alimenten los fieles. Tratad siempre los santos misterios con íntima adoración, con recogimiento exterior y con devoción de espíritu, expresión de un alma que cree y que es consciente de la alta dignidad de su tarea.

A los diáconos se os confía de modo particular el ministerio de la caridad, que se encuentra en el origen de la institución de la diaconía. El ministerio de la caridad dimana de la Eucaristía, cima y fuente de la vida de la Iglesia. Cuando la Eucaristía es efectivamente el centro de la vida del diácono no sólo lleva a los creyentes al encuentro de comunión con Cristo, sino que también les lleva y les da la fuerza para el encuentro de comunión con los hermanos. Atender a los pobres y necesitados, tener en cuenta las penas y sufrimientos de los hermanos, ser capaces de entregarse en bien del prójimo: estos son los signos distintivos del diácono, discípulo del Señor, que se alimenta con el Pan Eucarístico. El amor al prójimo no se debe solamente proclamar, se debe practicar.

5. El Señor nos ha dado ejemplo de siervo y servidor. En vuestra condición de diáconos, es decir, de servidores de Jesucristo, servid con amor y con alegría tanto a Dios como a los hombres. Sed compasivos y misericordiosos, acogedores y benignos para con los demás; dedicad a los otros vuestra persona, vuestros intereses, vuestro tiempo, vuestras fuerzas y vuestras vidas; sed servidores de la Misericordia. “Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis” (Mt 10, 8). El diácono, colaborador del obispo y de los presbíteros, debe ser juntamente con ellos, la viva y operante expresión de la caridad de la Iglesia: es, a la vez, pan para el hambriento, luz para el ciego, consuelo para el triste y apoyo del necesitado.

Para ser fiel a este triple servicio vivid día a día enraizados en lo más profundo del misterio eclesial, de la comunión de los Santos y de la vida sobrenatural; vivid sumergidos en la plegaria de modo que vuestro trabajo diario esté lleno de oración. Sed fieles a la celebración de la Liturgia de las Horas; es la oración incesante de la Iglesia por el mundo entero, que os está encomendada de modo directo. Esforzaos en fijar vuestra mirada y vuestro corazón en Dios con la oración personal diaria. La oración os ayudará superar el ruido exterior, las prisas de la jornada y los impulsos de vuestro  propio yo, y así a purificar vuestra mirada y vuestro corazón: la mirada para ver el mundo con los ojos de Dios y el corazón para amar a los hermanos y a la Iglesia con el corazón de Cristo. Así encontraréis en la oración el humus necesario para vivir vuestra promesa de disponibilidad y obediencia a Dios, a la Iglesia y al Obispo y así a los hermanos.

El celibato que acogéis libre, responsable y conscientemente, y que prometéis observar durante toda la vida por causa del reino de los cielos y para servicio de Dios y de los hermanos sea para vosotros símbolo y, al mismo tiempo, estímulo de vuestro servicio y fuente peculiar de fecundidad apostólica en el mundo. No olvidéis que el celibato es un don de Cristo que tanto mejor viviremos, cuanto más centrada esté nuestra vida en él. Movidos por un amor sincero a Jesucristo y viviendo este estado con total entrega, vuestra consagración a Jesucristo se renovará día a día. Por vuestro celibato os resultará más fácil consagraros con corazón indiviso al servicio de Dios y de los hombres.

6. Queridos hermanos todos: Dentro de pocos momentos suplicaré al Señor para que derrame el Espíritu Santo sobre estos hermanos, con el fin de que les “fortalezca con los siete dones de su gracia y cumplan fielmente la obra del ministerio”. Unámonos todos en esta suplica. Que la Virgen María, sierva y esclava del Señor, interceda para que estos dos hermanos nuestros reciban una nueva efusión del Espíritu Santo. Y oremos a Dios, fuente y origen de todo don, que nos conceda semillas de nuevas vocaciones al ministerio ordenado. A Él se lo pedimos por Jesucristo Nuestro Señor.

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

San Pascual3

Homilía de Mons. Casimiro López en la fiesta de San Pascual

Basílica de San Pascual, Villarreal – 17.05.2016

(Ecco 2, 7-13; Sal 33; 1 Cor 1, 26-31; Mt 11, 25-30)

 

Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor.

  1. A los pies de los restos de San Pascual, el Señor Jesús nos convoca un año más para celebrar esta Eucaristía en honor de nuestro santo Patrono: el Patrono de Villarreal y el Patrono de nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón. Os saludo de corazón a todos cuantos os habéis unido a esta celebración, aquí en la Basílica o desde vuestros hogares a través de la televisión. Hoy es un día grande en Villarreal, en toda nuestra Diócesis y en tantos otros lugares donde se rinde culto a San Pascual en el mundo entero. Hoy le recordamos y honramos; en este día damos gracias a Dios por ser nuestro santo Patrono.

 

  1. La vida de Pascual no muestra ninguno de esos rasgos en los que se basa la fama mundana. Y, sin embargo, pocos gozan de un reconocimiento y una simpatía popular, tan arraigada y sentida hasta el día de hoy, como este humilde y sencillo pastor, como este lego franciscano, como este santo universal y patrono nuestro.

 

Nacido en Torrehermosa el año 1540, sus padres le infundieron una fe recia y una caridad desbordante hacia los pobres. Desde los siete hasta los veinticuatro años se dedicó al oficio de pastor; en este tiempo aprendió a leer para poder recitar oraciones a la Santísima Virgen. Más tarde, buscando una vida de mayor entrega a Dios, se hizo franciscano de la reforma alcantarina, y vivió hasta el final de su vida en Villarreal dedicado a las tareas más humildes del convento. Y aquí entregó su alma a Dios  en la Pascua de Pentecostés, el 17 de mayo de 1592.

 

Pascual era un joven austero y sacrificado, amante de la verdad y honrado, alegre y generoso para con todos. Amante de la Eucaristía, cuando por su oficio de pastor no podía asistir a la santa Misa, desde lejos se ponía de rodillas, mirando hacia el Santuario de Nuestra Señora de la Sierra donde se ofrecía el Santo Sacrificio. Grande fue su preocupación y amor por los pobres, como alto fue su espíritu de justicia hasta pedir que se indemnizase a los propietarios de los campos por los perjuicios ocasionados por sus rebaños.

 

Sus trabajos en los conventos fueron los de portero, cocinero, hortelano y limosnero. Nunca se le vio ocioso. Su deseo constante era ajustar su vida al Evangelio según la Regla de San Francisco, desgastándose por Dios y por sus hermanos. Estaba siempre dispuesto para todos y para cualquier menester. Y todo ello dentro del espíritu de pobreza, austeridad y oración de la orden.

 

Esta es la sencilla y conmovedora historia de Pascual; en su vida como pastor y como fraile, nunca se separó de Cristo Jesús “hecho para nosotros sabiduría y justicia, santificación y redención”. De él se puede decir que fue dichoso como “el hombre que no sigue el consejo de los impíos, ni entra por la senda de los pecadores sino que su gozo es la ley del Señor” (Sal 1,1), o como dice San Pablo a los Corintios que no supo “gloriarse sino en el Señor” (1 Cor 1,31).

 

La vida de Pascual estuvo llena de amor a Dios y de servicio a los hermanos. Hombres como él, marcan la historia de un pueblo. Los santos, como él, son los mejores hijos de la Iglesia.  En este Año Santo de la Misericordia, deseo destacar tres rasgos de Pascual: su humildad, su amor entrañable a la Eucaristía y su amor misericordioso con los pobres.

 

  1. Pascual fue, ante todo, un hombre humilde; un hombre que supo intuir que es bueno, justo y necesario confiar en Dios, buscar su gloria y descubrir la grandeza de sus obras y la profundidad de sus designios (cf. Sal 92,6). Sólo desde la humildad se descubre la presencia de Dios en la existencia propia y también en el hermano que está a nuestro lado.

 

La humildad solo se logra por actos de amor y amistad con Dios, y por la disposición de buscar sólo la gloria de Dios. Nadie glorifica a Dios más que aquel que le ama. Un amante de Dios y, por tanto, humilde servidor suyo, como Pascual, no se deja llevar nunca por la desesperanza; en todo y en todos descubre la cercanía y el rostro de Dios. Pascual fue un hombre lleno de ‘buenos sentimientos’ hacia los demás porque sabía amar y adorar a Dios. La purificación de nuestros sentimientos se realiza a través de la adoración, es decir, en la medida en que nos hacemos humildes ante Dios. Con este estilo de vida hizo Dios maravillas en Pascual: no sólo lo justificó sino que lo glorificó.

 

Estas cosas de Dios sólo las entiende la gente sencilla. “Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a la gente sencilla” (Mt 11, 25-27). Sin humildad no podremos entender, comprender o acoger la cercanía de Dios y su misericordia. Esta virtud es indispensable para abrir el corazón a Dios, para acoger su amor misericordioso. Porque la humildad no es apocamiento sino vivir en la verdad de uno mismo; y esta verdad sólo se descubre en Dios. Como dice Santa Teresa: “La humildad es vivir en la verdad; y la verdad es que [sin Dios] no somos nada”. Al hombre le cuesta aceptar esta verdad; es decir, aceptar que es criatura de Dios, que cuanto es y cuanto tiene a Dios se lo debe, que sin Dios nada puede. Cuando el hombre se endiosa y quiere ser como dios pero al margen de Dios, comienza su drama: comienza a vivir en la mentira, en la apariencia, en lucha contra el otro hasta su aniquilamiento, en la impostura e imposición ideológica, en la reconstrucción del ser humano y de la sociedad sin Dios.

 

Los santos, como Pascual, nos sitúan en la verdad de nuestra persona, de nuestra vida, de nuestro origen y de nuestro destino. Sin Dios no somos nada; sin Dios no hay esperanza, digna de este nombre; sin Dios nos quedamos en la trivialidad y vulgaridad. Lo más grande de nuestra vida es que Dios nos ama, que nos ha creado por amor y para el amor, para la verdadera libertad y la verdadera felicidad, que Dios nos perdona siempre porque es compasivo y misericordioso, y que Dios siempre nos ofrece su amor, su amistad y su vida. El hombre se hace precisamente grande al creer a Dios y en Dios, al abrir su corazón de par en par a la misericordia de Dios en su vida. Dios no es nuestro competidor, sino el dador de nuestra libertad y la garantía de nuestra felicidad. “En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único, para que vivamos por medio de él” (1 Jn 4, 8).

 

  1. Pascual es un enamorado de la Eucaristía. Este amor por la Eucaristía lo aprendió en casa, en su propia familia. Ya desde niño se sintió asombrado de este maravilloso sacramento del altar, que él celebraba, amaba, vivía y adoraba.

 

La Eucaristía es el “memorial de la Pascua de Jesús, el misterio central de la salvación. ‘Memorial’ no significa sólo un recuerdo, un simple recuerdo, sino que quiere decir que cada vez que celebramos este sacramento participamos en el misterio de la pasión, muerte y resurrección de Cristo. La Eucaristía constituye la cumbre de la acción de salvación de Dios: el Señor Jesús, haciéndose pan partido por nosotros, vuelca, en efecto, sobre nosotros toda su misericordia y su amor, de tal modo que renueva nuestro corazón, nuestra existencia y nuestro modo de relacionarnos con Él y con los hermanos” (Francisco, Audiencia de 5.2.2014).  En la Eucaristía,  Jesucristo se hace presente realmente entre nosotros, se nos da como el alimento que nos transforma y se queda entre nosotros como fuente inagotable del amor y de misericordia.

 

Pascual se sintió asombrado, lleno de estupor ante este gran misterio de la Eucaristía, y dejó transformar su corazón por Cristo-Eucaristía. Sí: Dios está realmente presente en la Eucaristía. Hemos de contemplarlo y adorarlo para dejarnos empapar de su amor, de su misericordia para ser misericordiosos como el Padre, como Pascual.

 

Por su intercesión pedimos a Dios que no nos apartemos de este Sacramento. Jesucristo se ha quedado en la Eucaristía para unirse con nosotros, para darnos su amor, el amor mismo de Dios. Si uno es de verdad devoto de Pascual, tiene que serlo de la Eucaristía y encontrar en ella el manantial que mantiene fresco el amor, que da frutos de misericordia. Porque los santos se nos proponen como ejemplo y modelo, para que caminemos por donde han caminado ellos. Hemos de crecer más y más, queridos hermanos, en la devoción al sacramento de la Eucaristía.  ¡Acudamos el domingo a la Misa en familia! Y adoremos a Jesucristo presente en el Sagrario.

 

  1. Pascual es un testigo de la misericordia de Dios, siendo él misericordioso con los hermanos. Precisamente porque fue humilde, porque se dejó amar y transformar por Jesucristo en la Eucaristía, y le amó con toda su alma, pudo entregarse en el servicio a los pobres. Cuando un corazón es humilde se hace generoso; cuando un corazón está cerca de Jesucristo, que ha amado hasta entregar su vida en la Cruz, se hace misericordioso con los demás, como Pascual. Él vivía alegre. Su alegría era saberse amado por Jesucristo. Y esa alegría y ese amor se desbordaba en el amor y en el servicio a los pobres y necesitados de entonces.

 

Pascual nos enseña en este Año Jubilar Extraordinario de la Misericordia, que experimentar el amor misericordioso de Dios en la Eucaristía, nos pide practicar las obras de misericordia corporales y espirituales. El amor misericordioso de Dios, celebrado y recibido en la Eucaristía, ha de llegar a todos para que todos experimenten la misericordia de Dios. Como Pascual estamos llamados a dar de comer al hambriento y de beber al sediento, a visitar y cuidar de los enfermos, a dar posada al forastero, a vestir al desnudo, a visitar a los presos o a enterrar a los difuntos; pero también somos enviados a enseñar al que no sabe, a dar buen consejo al que lo necesita, a corregir fraternalmente al que se equivoca, a perdonar de corazón al que le ofende, a consolar al triste, a sufrir con paciencia los defectos del prójimo y a rezar a Dios por los vivos y por los difuntos.

La misericordia no es un añadido en la vida de la Iglesia y de los cristianos; pertenece nuestro ADN, a nuestro ser y a nuestra misión, que brota de la Eucaristía, manantial permanente del amor y de la misericordia de Cristo hacia todos. Como el buen samaritano hemos de atender con diligencia y gratuidad, con corazón compasivo y misericordioso, al prójimo necesitado, cercano o lejano.

 

Jesús nos dice: “Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos pequeños, conmigo lo hicisteis” (Mt 25, 40). Cristo nos apremia a vivir desde Él y con Él la misericordia en nuestro tiempo. Hagamos de nuestra vida una existencia eucarística y misericordiosa; es decir, una ofrenda de amor a Dios, que se haga servicio de amor a los hermanos en las obras de misericordia. La fuente más importante de amor y de misericordia en la humanidad ha sido y es el sacramento de la Eucaristía.

 

  1. La fiesta de San Pascual nos llena de alegría. Por ser nuestro patrono, es guía en nuestro caminar cristiano. Que por su intercesión, Dios nos conceda la gracia de ser humildes para acoger a Dios y su misericordia en nuestra vida; que a su ejemplo vivamos de la Eucaristía, y nos dejemos transformar por la misericordia de Dios para ser misericordiosos como el Padre. Y como él, pedimos la protección de la Virgen María. Que la Mare de Déu de Gracia, bendiga a todos los ciudadanos y a la Ciudad de Villarreal, a nuestra Iglesia diocesana, de modo especial a los que más necesitan de su protección de Madre. Amén.

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón