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De Vall Cristo a la Cueva Santa PDF Imprimir E-mail
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MANUEL BLASCO.
La noticia circulaba como avalancha imparable, era un mazado en el alma de quines la recibían. En la mañana del 19 de mayo de 2011 se descubre que "han robado la Virgen de la Cueva". Un alto valor religioso y sentimental ha sido ultrajado. El pueblo devoto de la Virgen de la Cueva, dolido en lo más íntimo, se resiste a creerlo y espera rezando el momento del regreso de la Virgen. Alguien acertadamente ha escrito que "el Santuario de la Virgen de la Cueva es el Lourdes valenciano". Ciertamente, durante siglos, la devoción a la Virgen se ha extendido no solamente por el Reino de Valencia, sino que, traspasando fronteras, se la venera en Colombia, Venezuela, Caracas, Cuba, Méjico, Bolonia (Italia), lo mismo en la Huerta de Valencia que en la Plana de Castellón.

Doce kilómetros separan la Cartuja de Vall de Cristo de la Cueva Santa. Un camino directo transmitido de padres a hijos engarza estas dos joyas que son gloria de Altura y del Reino de Valencia. Era costumbre en la Real Cartuja confeccionar imágenes de la Virgen que entregaban a pastores, masías o agricultores para motivar la devoción a María. ¿De qué celda o taller salió la imagen que veneraban los pastores en la Cueva Santa desde principios del S.XV? Es tradición fundada que la Virgen procede de las manos de Fray Bonifacio Ferrer, hermano del San Vicente. Fray Bonifacio, Prior y General de la Cartuja, fue el apóstol de la devoción a la Virgen de la Cueva como lo testifica la estatua del Venerable cartujo que desde el Santuario ofrece a todo el Valle de Cristo la imagen blanca que lleva en sus manos. Por las Germanías y la sospechosa atracción que los moriscos sienten hacia la Cueva, la devoción decayó, hasta la curación milagrosa del leproso Juan Escario, de Jérica.

En 1580, D. Juan Valero, secretario del erudito Obispo Pérez, ermitaño de San Julián y Vicario de Altura, al visitar la Cueva la halló "muy sucia y destartalada. Un altar derribado y media imagen de yeso". Trasladó la media imagen a la Cartuja y pidió otra de cuerpo entero que estaba en la Capilla de San Martín, iglesia "Primitiva" del monasterio, por lo que era conocida como la Virgen Primitiva.

Felipe IV y la Cueva Santa

En 1606, tras el pleito de jurisdicción y administración del Santuario entre la Cartuja, la Parroquia de Altura y el Obispado, (cuyos documentos están esperando en Zaragoza su estudio y publicación) al hacer entrega del Santuario al Obispado, los Cartujos se llevan la imagen de alabastro y devuelven a la Cueva la de Fray Bonifacio. Como una premonición, el Obispo Salvatierra (1584) manda: "como hay muchos ladrones en los términos de la Cueva, hay que temer que la robarán y mando a los Jurados que saquen todo lo de valor y lo depositen por inventario en la Iglesia de Altura".

Felipe IV después de sus triunfos escribe a los prelados españoles: "siempre será María Santísima de la Cueva Santa el áncora de mi salvación". El culto y la devoción a la Virgen "que nació al soplo de auras pastoriles", creció en medio de dificultades y se vigorizó al calor de la Cartuja. La constitución canónica por el Papa Urbano VIII de la Cofradía de la Cueva Santa (1642); el traslado al Santuario de los restos de Fray Bonifacio Ferrer por el Obispo Amigó (1915); el que se estableciera en el Santuario una comunidad de PP Carmelitas (1922 - 1972) y tantas peregrinaciones de extraordinaria participación, así como los innumerables prodigios que ante esta santa imagen se han realizado, han sido hitos importantes que han mantenido viva la fe y devoción hasta hoy.

Por los desgraciados sucesos de 1936 el Santuario fue desvalijado y convertido en cuartel de transmisiones. Desapareció el templete de la Virgen junto con los restos de Fray Bonifacio, la imagen fue destruida. Finalizada la nefasta guerra, los consortes D. Francisco Díaz de Brito y Dña. Julia Sebastián, de Valencia, ofrecieron una imagen del todo igual a la profanada que recibieron de los capellanes y era la que sustituía a la original cuando ésta salía de la Cueva. La salvaron en su casa y junto a otros devotos prepararon un templete-relicario casi idéntico al anterior.

Esta es la imagen, de escaso valor material pero de altísimo valor religioso y sentimental, que manos desaprensivas y faltas de escrúpulos han profanado. Mientras, el pueblo fiel ora y espera el prodigio del regreso de la Blanca Paloma que, "saltando por los montes y atravesando collados, pueda anidar en el hueco de su peña"