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Misa en honor de la Virgen de Guadalupe PDF Imprimir E-mail
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REDACCIÓN. Castellón.

La víspera de la fiesta de la Virgen de Guadalupe, el 11 de diciembre, se celebró una Eucaristía en la parroquia de la Sagrada Familia para conmemorar con toda solemnidad la Patrona de México y Emperatriz de las Américas. En una carta dirigida con esta ocasión, el Obispo, mons. Casimiro López Llorente retomaba el relato de las apariciones milagrosas a San Juan Diego (“No tengas miedo: ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre?”) y concluía exclamando la “dicha tener una Madre tan dulce y cariñosa, y una Reina tan poderosa en nuestra propia casa”. Participaron más de doscientas personas de distintos países hermanos de Latinoamérica. El acto lo organizó el Secretariado Diocesano de Migraciones.

 

 

            La celebración comenzó con una procesión en la que, 25 fieles latinoamericanos, depositaron sus velas encendidas a los pies de la imagen de la Virgen de Guadalupe que presidía el altar. Durante la procesión se entonó el “Canto a la “Guadalupana”. Presidió la eucaristía José-Luis Valdés Aguilar, de la Parroquia de San Juan Bautista de Pueblo Seco y capellán del Hospital General de Castellón. Concelebraron Julián Sáez Mora, párroco de San Juan Bautista de Sant Juan de Moró y el P. Francisco Pastor Valls, párroco de la Sagrada Familia.

El 12 de diciembre se celebra la festividad de la Virgen de Guadalupe, patrona de México y “emperatriz de las Américas”. Desde el día 9 al 12 de diciembre de 1531, la que luego sería identificada como la Virgen, se comunicó en lengua nahualt a un indígena, Juan Diego,  y se identificó con la palabra "coatlallopeque” que quiere decir en esta lengua "La que aplasta la serpiente". A los oídos españoles sonó como Guadalupe (no hay que olvidar el origen extremeño de muchos conquistadores).

            El relato de las apariciones escrito en lengua nahualt está lleno de ternura: "Juanito, el más pequeño de mis hijos, ¿a dónde vas?... sabe y ten entendido, tú el más pequeño de mis hijos, que yo soy la siempre Virgen Santa María, Madre del verdadero Dios, por quien todo vive…”. Desde estas palabras, ya demuestra María, como Jesús, su predilección por los pequeños, por los marginados. Para los conquistadores, un indio no tenía ninguna relevancia, sino al contrario. Hasta al Obispo Zumárraga se le hace cuesta arriba escucharlo. Por eso Juan Diego le pide a la Virgen :” te ruego encarecidamente, Señora y Niña mía, que a alguno de los principales, conocido, respetado y estimado le encargues que lleve tu mensaje para que le crean, porque yo soy un hombrecillo, soy un cordel, soy una escalerilla de tablas, soy cola, soy hoja, soy gente menuda, y Tú, Niña mía, la más pequeña de mis hijas, Señora, me envías a un lugar por donde no ando y donde no paro." Describe gráficamente la condición de los pobres dentro de aquella sociedad, y tal vez de la nuestra.

            “Ella le respondió: "Oye, hijo mío el más pequeño, ten entendido que son muchos mis servidores y mensajeros, a quienes puedo encargar que lleven mi mensaje y hagan mi voluntad; pero es de todo punto preciso que tú mismo solicites y ayudes y que con tu mediación se cumpla mi voluntad”.

Las rosas en el ayate

La elección de María no se vuelve atrás. Ante la reticencia del Sr. Obispo, el día 12 de diciembre, le ofrece una prueba de la autenticidad de las palabras de Juan Diego: abundantes “rosas de Castilla” que él recoge en su sencillo ayate y se las lleva. “Desenvolvió luego su blanca manta, y así que se esparcieron por el suelo todas las diferentes rosas de Castilla, se dibujó en ella y apareció de repente la preciosa imagen de la Virgen María, Madre de Dios, tal cual se venera hoy en el templo de Guadalupe en Tepeyac”(Relato indio del s. XVI).

            Lo que sí es evidente, es que en esta aparición, como en otras muchas, María elige “a lo que no es, para confusión de los que se creen ser algo”. Según las palabras de Pablo: “eligió Dios la necedad del mundo para confundir a los sabios y eligió Dios la flaqueza del mundo para confundir a los fuertes; y lo bajo, el desecho del mundo, lo que no es nada, lo eligió Dios para destruir lo que es, para que nadie pueda gloriarse ante Dios" (1 Cor 1,27-29).

            Esta fiesta, en pleno tiempo de adviento (la imagen de la Guadalupana aparece embarazada), nos prepara para recibir a Aquel que puso su tienda entre los pobres y cuya señal para reconocerlo sería: “hallareis al niño envuelto en pañales y reclinado en un pesebre”.