| Mossèn Pedro Enrique Planelles |
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Hijo de Burriana y Profesor del Seminario
Al estallar la persecución religiosa estaba practicando el Mes de Ejercicios de San Ignacio en Barcelona y los tuvo que interrumpir y dispersarse. Se hospedó en una fonda y luego en la clínica de un médico amigo, que le hizo vestirse con una bata blanca para pasar por enfermero en caso de ser buscado. Como su conciencia no le permitía esta simulación, peligrosa para los enfermos, se hospedó en varias pensiones, hasta que decidió irse a Burriana, a la casa familiar. “A mi no me matáis, me dais la vida” Desde la estación fue a una alquería de su madre de leche y luego a su casa. Como allí estaban refugiadas las monjas de la Consolación, que habían llevado los objetos de culto, pudo celebrar la misa y guardar el Santísimo todos los días, bautizó a su sobrino nacido en agosto y otros niños. También confesaba discretamente a quienes se lo pedían. A finales de agosto comenzaron los asesinatos en Burriana. No tenia miedo a morir; sólo temía que alguien muriese por su culpa. El día 31 de agosto se presentaron a buscarle muchos hombres armados, “como si fuesen a asaltar un regimiento”, declara su hermana. Aunque el padre se ofreció le contestaron que sólo querían al sacerdote. Se lo llevaron. A dos kilómetros de Villarreal lo fusilaron en la carretera que viene desde Burriana. Los que estaban en una alquería vecina oyeron que decía a sus asesinos: “A mí no me matáis, me dais la vida. Sois vosotros los que os estáis destruyendo”. Los que recogieron su cadáver lo llevaron al cementerio de Villarrreal. El 4 de diciembre de 1938 se trasladaron a la Parroquia del Salvador de Burriana, donde con los otros sacerdotes que sufrieron el martirio esperan la glorificación de la Iglesia.
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