Inauguración de la capilla restaurada del Hospital Provincial de Castellón

 

Castellón de la Plana, 4 de septiembre de 2006

Amados hermanos y hermanas en el Señor.

 

  1. 1. El Señor nos ha convocado esta tarde en torno a su mesa para inaugurar la restauración de esta Capilla del Hospital Provincial. ‘Cantad al Señor, fieles del Señor, alabad su nombre santo” (Sal 29, 4). Con estas palabras del salmista cantamos y damos gracias a Dios, porque un deseo largamente anhelado se hace hoy realidad. Alabamos y damos gracias a Dios porque ha sido bueno con nosotros. En nuestra acción de gracias a Dios, origen de todo bien, incorporamos nuestro cordial y sentido agradecimiento a todos cuantos de un modo u otro han hecho posible esta bella restauración: a la Excma. Diputación Provincial de Castellón, al Patronato, a los Capellanes D. Manuel y D. José Manuel, y a tantas y tantas personas que han hecho posible esta restauración; no olvidamos tampoco a los técnicos, a las empresas y a los trabajadores. En nombre propio y de nuestra Iglesia diocesana deseo expresar mis más sentida gratitud: Muchísimas gracias a todos.

  1. Esta Capilla es un signo elocuente y luminoso de la presencia de Dios en la historia diaria del Hospital, un signo luminoso de su amor providente para todos, en especial para los enfermos, un signo de la bondad paternal de Dios, que no deja que falte a sus hijos nada de cuanto les es necesario. ¿Con esta presencia tan visible entre nosotros cómo no sentirnos guiados, protegidos y consolados por Dios Padre, por su Hijo Jesucristo, y por la Madre de Jesús y Madre nuestra, María?

 

Si sabemos ver y acoger su presencia entre nosotros estaremos protegidos ante muchos peligros. Sobre todo del peligro de volvernos impíos, del peligro del rechazo y marginación de Dios y del soberbio intento de excluirle de nuestra existencia personal y de nuestro trabajo diario; la capilla nos protege del peligro de nuestra soberbia y autosuficiencia, que conducen a no escuchar la voz de Dios y a no obedecer su Palabra; ella nos remite a Dios en el servicio a los hombres, a los enfermos y a la sociedad desde la verdad, desde la recta moral y desde la humildad.

 

El silencio de Dios, de su presencia, de su verdad y de su providencia sabia y amorosa en nuestra existencia y en nuestro trabajo abre el camino a una vida humana sin rumbo y sin sentido, a proyectos que acortan el horizonte y se cierran en intereses inmediatos. El silencio y la muerte de Dios en nuestra cultura llevan a la muerte del hombre, al ocaso de la dignidad humana. Reducido el hombre a su dimensión material e intramundana, expoliado de su profundidad espiritual, eliminada su referencia a Dios, se inicia la muerte del hombre. Si queremos construir una nueva civilización del amor y de la fraternidad, si queremos dar un sentido verdaderamente humano a nuestro trabajo diario hemos de recuperar a Dios; hemos de trabajar por superar el riesgo de una decadencia religiosa que siempre lleva a la decadencia moral y a la decadencia de la convivencia humana en la que tratamos de racionalizar nuestros errores para tratar de justificarlos.

 

En este momento de grandes transformaciones de la sociedad tenemos una ocasión privilegiada para crear un humanismo nuevo, no cerrado en un mero monólogo del hombre consigo mismo, sino abierto a la trascendencia. No siempre está presente en nuestra cultura esta impronta humanista y a veces se descuida toda cuestión relativa al significado último de nuestra existencia. Esta capilla nos recordará la presencia de Dios en la historia y en vida de los hombres; es signo de su cercanía en nuestra vida de los humanos.

 

  1. Esta inauguración la hemos querido bajo la protección de María, Madre de la Consolación en atención a las Hnas de la Consolación, que hoy la celebran la Solemnidad. Santa María Virgen es “Ma­dre del consuelo” y “Consoladora de los afligidos”; por medio de ella, Dios envió “el consuelo a (su) pueblo, Jesucristo, nuestro Señor”. María nos remite, en efecto a Dios, un Dios que no es lejano a su pueblo, sino un Dios misericordioso, que viene en ayuda de su pueblo, que en la opresión y el destierro recibe “consuelo de Dios”.

 

María es la Madre del Salvador, nuestro Señor; el supremo consuelo de los hom­bres es Cristo mismo, a quien el Padre, cuando se cumplió el tiempo, envió al mundo para vendar los corazones desgarrados (Is 61, 1-3. 10-11). Y María, fiel a su Hijo al pie de la Cruz, soportando un dolor inmenso, mereció de manera especial la felicidad que el Evangelio promete a los que lloran (Mt 5, 5); y después que el Señor la ha consolado con la resurrección de Jesús, ella puede consolar a sus hijos en cualquier lucha (2 Co 1, 3-5).  Asumpta a los Cielos, María no cesa de interceder con amor de madre por los hombres, afligidos por la tribulación. Por esto “la Madre de Je­sús … precede con su luz al pueblo de Dios peregrinante, como signo de esperanza segura y de consuelo” (LG 68).

 

  1. María nos remite a Cristo y, como a los novios de Caná, ella nos dice “haced lo que os diga” (Jn 2, 1-11). María quiere que nos encontremos con Él especialmente en la Eucaristía, en que actualizamos el misterio Pascual, de su pasión, muerte y resurrección. La Resurrección del Señor es la razón última de nuestra fe, de nuestro consuelo y de nuestra esperanza; en Cristo muerto y resucitado está nuestra salvación, nuestra salud integral.

 

Nuestro consuelo se basa en el amor infinito que Dios Padre nos ha manifestado y comunicado en la muerte y resurrección de su Hijo; un amor que quiere transformar y renovar nuestras vidas; un amor que quiere iluminar nuestra existencia, también en el dolor, en la enfermedad y ante la muerte. Para ello ha sido derramado en nosotros el amor de Dios por el Espíritu Santo que se nos dado. El Espíritu Santo es el gran don del Resucitado para todos los hombres y mujeres, jóvenes y mayores, sanos y enfermos.

 

El dolor y la enfermedad forman parte del misterio del hombre en la tierra; son propios de su condición humana, limitada. Es justo luchar contra la enfermedad, porque la salud es un don de Dios. Pero es importante también saber leer el designio de Dios cuando el sufrimiento llama a nuestra puerta. Y es cristiano dirigirse a El en la ancianidad y en la enfermedad para pedirle la salud integral, espiritual y corporal.

 

La clave para leer nuestra propia existencia es siempre y, en especial en la enfermedad, la cruz, la muerte y la resurrección del Señor. El Verbo encarnado acogió nuestra debilidad, asumiéndola sobre si en el misterio de la cruz y haciendo de ella camino de resurrección. Desde entonces, el sufrimiento tiene una posibilidad de sentido, que lo hace singularmente valioso. Desde hace dos mil años, desde el día de la pasión, la cruz brilla como suprema manifestación del amor que Dios siente por nosotros. Quien sabe acogerla en su vida, experimenta cómo el dolor, iluminado por la fe, se transforma en fuente de gracia, de esperanza y de salvación.

 

Ante las preguntas más profundas y personales del ser humano, las preguntas por el sentido de la vida, de la enfermedad y del futuro más allá de la muerte, ¿podemos confiar en algo o en alguien?  María nos invita a mirar a Cristo. “De la paradoja de la cruz brota la respuesta a nuestros interrogantes más inquietantes. Cristo sufre por nosotros: toma sobre sí el sufrimiento de todos y lo redime. Cristo sufre con nosotros, dándonos la posibilidad de compartir con El nuestros padecimientos. Unido al sufrimiento de Cristo, el sufrimiento humano se transforma en medio de salvación. El dolor y la muerte, si son acogidos con fe, se convierten en puerta para entrar en el misterio del sufrimiento redentor del Señor. Un sufrimiento que no puede quitar la paz y la felicidad, porque está iluminado por el fulgor de la resurrección” (Juan Pablo II).

 

  1. Mi paz os dejo, mi paz os doy”, nos dice el Señor. La paz de que nos habla Jesús, es él mismo. Por eso es diferente de la que el mundo puede ofrecer: es una persona, es vida eterna, es amor sin fin. Jesús habita en el corazón del creyente para hacerle capaz de amar; el hombre, amando, se abre cada vez más a Dios y se vuelve cooperador de la salvación, irradiación de paz y profecía del cielo con Él.

 

A nosotros -siempre inquietos e inseguros, sobre todo cuando nos encontramos con el dolor y la enfermedad propia o ajena- nos da hoy Jesús su paz; una paz diferente quizás diferente a la que queremos y buscamos. A buen seguro, más preciosa para el tiempo y para la eternidad. Del mismo modo que en la última cena entregó su corazón y todos los tesoros encerrados en él a sus discípulos, así hace con nosotros hoy, ofreciéndonos la clave de su paz y dejándonos entrever su desenlace. La clave de su paz es el amor, la adhesión confiada a su Palabra, que hace de nosotros morada de Dios; su desenlace es, ya desde ahora, la alegría sin fin.

 

La paz del Señor es un dinamismo de amor: si le abrimos la puerta del corazón, podrán entrar en él todos los hermanos, con todas sus preguntas apremiantes, especialmente las que plantean la enfermedad y la muerte. Es entonces cuando el “Padre de los pobres”, el Espíritu Santo, se vuelve Paráclito en nosotros y nos enseña, antes que nada, a escuchar sin presunciones a los otros, a los cercanos y a los alejados, a los enfermos y a sus familias. El Espíritu nos enseñará a recordar la Palabra de Jesús, que se vuelve en nosotros luz que indica el camino del consuelo, de la esperanza y de la paz a los hermanos.

 

  1. A María, Salud de los enfermos y Consuelo de los afligidos, le encomendamos hoy a todos los que sufren la falta de salud y a sus familias; ella es la Madre solícita y compasiva de la humanidad que sufre. Bajo su protección maternal ponemos a todos cuantos trabajan en este Centro: a la dirección, a los capellanes, a los médicos, investigadores y enfermeras, a los farmacéuticos, al personal de servicio. Bajo su manto protector ponemos también el servicio desinteresado de tantas personas, que atienden generosamente a los enfermos, a los que sufren y a los moribundos.

 

¡Acerquémonos, hermanos, con corazón bien dispuesto al sacramento de la a Eucaristía! ¡De manos de María, acojamos a Cristo, nuestro Salvador, nuestro consuelo y esperanza! Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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